20 de septiembre de 2019, 16:21:36

una gran traducción


[i]Los Persas[/i], de Esquilo: un clásico de plena actualidad


Este viernes, El Imparcial estrena una nueva sección de críticas de teatro a cargo de Rafael Fuentes. Cada semana, radiografiará una de las obras más importantes que se estén representando.


Los persas, de Esquilo
Director de escena: Francisco Suárez
Adaptación: Jaime Siles
Escenografía: Marcelo Pacheco y Alberto Esteban
Intérpretes: Albert Vidal, Críspulo Cabezas, Jesús Noguero, Alicia Sánchez, Miguel Palenzuela, Inés Morales
Lugar de representación: Teatro Español. Madrid

Por RAFAEL FUENTES


La paradoja de Los persas estriba en que siendo la obra más primitiva también es la más actual. Pese a ser el texto más antiguo conservado del teatro occidental, esta tragedia de Esquilo enlaza con una multitud de noticias frescas e inmediatas que los medios de comunicación nos ofrecen a diario sobre la crueldad que se multiplica a cada instante en todos los rincones del mundo: catástrofes, peligros, guerras, crímenes, vejaciones, agravios, torturas causadas por todo tipo de déspotas, desprovistos de la más elemental consideración por la vida humana.

Esquilo se inspira en un episodio de esta índole que pudo vivir de primera mano: la inesperada derrota del rey persa Jerjes, tras la terrorífica guerra con la que su formidable ejército imperial trató de someter a Grecia. Históricamente, aquella derrota persa supuso la salvación de la todavía embrionaria cultura occidental, en el trance de ser aplastada desde sus inicios por las huestes orientales, de modo que el profundo optimismo religioso de Esquilo interpretó aquel triunfo como un castigo sagrado contra la inaceptable ambición de Jerjes, su codicia, su ferocidad, su impiedad contra los dioses y sus tiránicos delirios de grandeza. Como subrayase Nietzsche, el descalabro de Jerjes y su sufrimiento trágico es aquí una mortificación inflingida por las divinidades para restablecer “la norma de la justicia”.

En su puesta en escena, el director Francisco Suárez ha utilizado dos grandes pantallas en cada extremo del espacio escénico con el propósito de resaltar la vigencia de aquel drama histórico. Las imágenes sugieren tímidamente cierto ecologismo vengativo: el mar, utilizado como vía de guerra y conquista, se rebela contra el hombre mediante mortíferas tormentas y maremotos. Ideológicamente, esta naturaleza que sustituye al rol punitivo de los dioses, resulta el aspecto más endeble de su actualización. Muchísima más fuerza poseen las imágenes proyectadas sobre los paneles, que se toman de la reciente “primavera árabe” en las calles de Túnez, El Cairo o Trípoli. Al igual que el pequeño ejército griego se enfrentó con éxito a la opresión de Jerjes, la población musulmana se subleva hoy con imprevisible éxito contra sus siniestros gobernantes. Este paralelismo entre las imágenes de las pantallas y la representación escénica concede a la obra una saludable cercanía o, más aún, una hiperactualidad casi periodística, exacerbada hasta el extremo de identificar al personaje de Jerjes con Gadafi. Una equivalencia que, llevada a un punto tan extremo, quizá, más que sumar, limite el alcance universal de la pieza. La traducción y versión de Jaime Siles, el exquisito poeta de Himnos tardíos o Pasos en la nieve, sitúa en cambio la acción dramática en una justa intersección entre la historia y el presente, manteniendo la tensa espera de novedades en el palacio de Jerjes sobre el desenlace de la contienda en un perfecto equilibrio entre la expectación y la reflexión moral en torno a las graduales noticias del desastre sufrido: los dioses han favorecido a los que no son esclavos ni vasallos, a aquellos griegos que han defendido contra todo pronóstico su libertad.

El lenguaje de la adaptación de Siles posee una teatralidad de la mejor ley, es dramático pero no afectado, fluye armonioso y concreto, fuerte sin agresividad, profundamente poético aunque sin evasiones líricas decorativas. El máximo atractivo de esta sobria puesta en escena se halla en el placer de escuchar cómo cobran vida estas emocionantes palabras con toda su intensidad en boca de Jesús Noguero como mensajero, Alicia Sánchez y Miguel Palenzuela como cortesanos, Inés Morales como madre del emperador, y muy notoriamente Albert Vidal como espectro de Darío I, alcanzando una perfecta orquestación, dotada de una íntima armonía musical.

El factor sagrado de la obra ha sido resumido por Francisco Suárez en las brillantes imágenes de la escena final, acentuando el carácter sacrílego de Jerjes, a cambio de sacrificar una faceta clásica de este título del gran trágico griego: la piedad hacia el vencido y la renuncia al resentimiento contra el culpable, donde Esquilo nos hacia ver que en el respeto al dolor de los vencidos encontramos también una fuente de conocimiento y aprendizaje.


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