24 de septiembre de 2021, 14:27:15
Opinión


S. XX: Memoria de un fracaso

Rafael Núñez Florencio


Al escribir en el título “memoria de un fracaso”, me doy cuenta de que el lector puede pensar no ya en los innumerables fracasos del siglo anterior sino, sobre todo, en los fracasos por antonomasia, los hondos, los insondables pozos de sufrimiento y horror de la pasada centuria, de las trincheras del Somme a Pol Pot, del Gulag al Lager, de Hiroshima a Srebrenica. No en vano diversos historiadores al intentar compendiar los sucesos del precedente siglo han empleado en la propia portada de sus libros el término de “barbarie”. Así, por limitarme a autores de prestigio y a obras recientemente publicadas en nuestro ámbito editorial y centradas en la reciente historia europea, Gabriel Jackson (Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX , Barcelona, 2004) o Bernard Wasserstein (Barbarie y civilización. Una historia de la Europa de nuestro tiempo, Barcelona, 2010) pueden servirnos de referencia ineludible.

Pero no, no es de esos colosales fracasos –aunque el concepto se antoja corto en estas coordenadas- de los que quiero hablar en esta ocasión. Quiero por el contrario referirme a otro tipo de fiasco, mucho menos aparatoso sin duda pero con una hondura distinta, la hondura que resulta de los grandes ideales mancillados, los sueños prostituidos, las ilusiones que se transforman en pesadillas. Dicho claramente, me refiero a esos procesos bien conocidos desde 1914 ó 1917, por poner fechas simbólicas, en los que por intentar construir el cielo en la tierra muchos hombres de sucesivas generaciones construyeron metódicamente diversas modalidades del infierno, a cual peor. Los llamados intelectuales –surgidos en teoría como grupo influyente con la voluntad de ser conciencia crítica del poder- descollaron sin lugar a dudas como los más conspicuos responsables de ese espejismo que terminó siendo no sólo un gran error sino –no juguemos con las palabras- un crimen de proporciones monstruosas. Lo que algunos autores han llamado “la seducción de Siracusa” –en alusión a la catastrófica materialización de la utopía platónica-se reveló no ya como un virus letal sino más exactamente como la gran pandemia del siglo XX, desde la civilizada Europa a las selvas tropicales y los desiertos inhóspitos, es decir, a lo largo y ancho del globo terráqueo.

Estas reflexiones vienen ahora a cuento y, sobre todo, se renuevan y se robustecen con la lectura de las Memorias de un revolucionario, de Victor Serge, en una nueva edición que acaba de aparecer en nuestro mercado editorial. ¡Y eso que podríamos decir, a bote pronto, que en ese libro sólo se habla de la primera mitad del susodicho siglo! Da igual, es más que suficiente para el balance que cabe establecer, siempre en la línea de interpretación que antes pergeñábamos. Serge, que nació en Bruselas en 1890, hijo de exiliados rusos, fue un revolucionario vocacional. Por familia, por ambiente, por cultura y hasta por la época que le tocó vivir –su “circunstancia” en sentido integral- se sintió llamado a cambiar el mundo de manera compulsiva, entendiendo ese cambio (¡claro está!) a la usanza del momento histórico, es decir, de modo radical. Lo confiesa así en el párrafo inicial de sus memorias, cuando dice que aun antes de salir de la infancia tuvo claro el sentimiento ambivalente que le dominaría buena parte de su existencia: el de vivir en un mundo sin evasión posible, donde el único remedio era luchar por una evasión imposible.

Un hombre como aquél en una época como aquélla entendía la liberación personal indisociable de la liberación colectiva. Podríamos aquí utilizar también el término de salvación tanto para una parcela –la individual- como para la otra, o decir igualmente que ese impulso era, además de un requisito indispensable para la autorrealización, una especie de imperativo moral al modo kantiano. De hecho, no es una interpretación sesgada pues él mismo, tras la exposición de su agitada trayectoria vital, termina admitiendo que su directriz suprema fue (y, asegura, seguirá siendo hasta el final de su vida) una condición “convertida en imperativo categórico: no renunciar jamás a defender al hombre contra los sistemas que planean la aniquilación del individuo”.

El problema es que la mencionada liberación, salvación, realización o como llamársele quiera, llevaba aparejada el uso de la violencia, la gran partera de la historia en la convicción marxista y de los revolucionarios de cualquier pelaje. No es casual que el relato de Serge comience con un episodio anterior a su propio nacimiento, que no es otro que el atentado de Narodnaia Volia (Voluntad del Pueblo) que costó la vida al zar Alejandro II en 1881. El joven Serge, un niño todavía, se convierte en “malhechor” (es el término que él mismo emplea) como un estado natural de rebeldía o de resistencia contra un injusto orden de cosas. De ahí que la legitimación de la violencia constituya una consecuencia casi natural. En un sentido más amplio, el socialismo primero, el anarquismo después, las ideologías revolucionarias en suma, daban pleno sentido a la vida. La famosa pregunta de Lenin, “¿qué hacer?” era fácil de responder: pasar a la acción.

Y Serge entiende la acción básicamente como la “acción directa” de los ácratas. ¡A las barricadas!, parece decirse como objetivo vital y político (todo en uno): donde haya un grupo de audaces capaces de hacer frente al orden establecido, allá estará él. En Francia primero, en la España convulsa de 1917 después y, como era inevitable, en la Rusia revolucionaria inmediatamente. Lo que diferencia esta trayectoria juvenil de la de incontables profesionales de la revolución es que en Serge esta etapa no constituye el curriculum vitae para instalarse cómodamente en una poltrona burocrática con la nueva clase dominante. ¡Y bien que lo tuvo a mano, con sus colaboraciones inicialmente entusiastas con Zinoviev y la elite bolchevique! En vez de disfrutar de las mieles del triunfo, Serge es de los pocos que deja hablar a su conciencia para exclamar “¡no es esto, no es esto!” Cuando más posibilidades tenía de gozar de las prebendas del poder, constata un desaliento que se sobrepone al entusiasmo de primera hora. Tiene la sinceridad suficiente para exponer con crudeza que el enemigo “está en nosotros mismos”. Se refería con ello a un proceso revolucionario realizado a sangre y fuego, con los ideales pisoteados en nombre de una realpolitik cada vez más groseramente concebida.

Y pasó evidentemente lo que tenía que pasar. En la Unión Soviética, más todavía que en las dictaduras capitalistas, también llamaban de madrugada… y no era el lechero. Lo que sigue ya lo sabemos por miles y miles de testimonios. Detenciones, interrogatorios, mazmorras, incertidumbre, torturas… Para Serge son los largos “años de resistencia”, la resistencia de un hombre solo frente a la presión aplastante y permanente de un régimen totalitario. ¡El mismo que él había contribuido a crear! Su peripecia en sí no sería más que mera anécdota si no fuera porque sabemos que representa más bien la norma: la revolución devorando a sus hijos con tanta más fruición cuanto más sincera y abnegada había sido la entrega de aquéllos a la causa. Desde ese momento y en adelante, la vida de Serge –que no termina de extraer las últimas consecuencias de los reveses que sufre- es básicamente la historia de una inmensa decepción, una profunda sima que no le deja más opción, como se ha dicho, que resistir. Resistir para preservar al menos la dignidad. En su caso poco importa que la represión no le costara la vida. En el fondo fue un privilegiado. Lo que para él constituyó una debacle política y vital para otros –para millones de personas- fue persecución atroz, sufrimiento indecible, muerte ominosa. Si sus memorias representan la historia detallada de un fracaso, estas páginas pueden leerse de manera complementaria como una pesadilla grotesca: pero desgraciadamente no podemos decir que fue un sueño.
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