22 de enero de 2020, 1:21:16
Opinion


El terrorismo sacude a Noruega



Los ataques terroristas que ayer vivió Noruega han hecho saltar todas las alertas. El país escandinavo había disfrutado hasta ahora de una tranquilidad segada de cuajo con las explosiones y tiroteos que se saldaron con la muerte de casi un centenar de personas. Personas, sin más; en ocasiones se habla de víctimas “inocentes” cuando, en realidad, todas las víctimas del terrorismo lo son. Los primeros análisis cayeron en la perversa trampa de buscar los “motivos” por los que Noruega podría haberse hecho acreedora de semejante barbaridad. Una pregunta que revela el síndrome “mea culpista” de la cultura judeo-cristiana (André Glucksman); un exorcismo más que un análisis racional de la realidad.Y la respuesta debe ser clara y sin matiz alguno: no hay motivos; en todo caso, pretextos, que no siempre son incompatibles con un análisis clínico.

Ni Estados Unidos se merecía el 11-M, ni Madrid el 14-M ni Londres los atentados en su red de transporte público. Nada justifica un ataque terrorista de esta naturaleza. Y tampoco lo explica. Es un error común, con frecuencia derivado de la peculiar interpretación etnicista de la historia, rebuscar en la mito-genética del conflicto en la errada presunción que estos fenómenos de violencia responden siempre a legados de un pasado de opresión, pesadillas de un remoto y recurrente conflicto histórico, nacional, cultural o religioso. Muchas veces son opciones del presente; acciones que no reacciones. Estrategias de poder. De poder totalitario, se entiende, que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones.

La pregunta del porqué en fenómenos multi-casuales e infinitamente complejos es racional pero no siempre es razonable. Y, desde luego, nada tiene que ver con factor político alguno, sea del signo que sea: ninguna actuación política puede justificar jamás aberraciones semejantes como el atentado de Noruega. Los profesionales del terror están mucho más interesados en los propósitos y objetivos de la violencia que en investigar sus causas. No las necesitan: actúan donde, cuando y como pueden. Esas son las preguntas relevantes para ellos. Y del enemigo, el consejo: el objetivo último del fundamentalismo islámico es un poder teocrático que modele sociedades al estilo del Irán de Jomeini o el Afganistán de los talibanes; “la Patria lejana” del nacionalismo etnicista es la implantación de un poder totalitario que logre la limpieza étnica y coadyuve a la construcción de una sociedad nacional-socialista. Lo demás son pretextos y coartadas, como mucho etapas.

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