15 de diciembre de 2019, 15:07:49
Opinion


LA COBARDÍA DE MURDOCH

Luis María ANSON


La libertad de expresión es el cimiento sobre el que se levanta el entero edificio de la democracia pluralista. El profesional del periodismo administra un derecho ajeno, el derecho a la información que tienen los ciudadanos. El periodista ejerce también, como segunda función esencial, el contrapoder, que consiste en elogiar al poder cuando el poder acierta, criticar al poder cuando el poder se equivoca, denunciar al poder cuando el poder abusa. Y al hablar de poder no me refiero solo al poder político, también al financiero, al religioso, al universitario, al deportivo… Las constituciones democráticas garantizan la libertad de expresión, por encima, dentro de la ley, de cualquier acoso torticero. Eso no quiere decir, por supuesto, que el periodista sea un ciudadano impune. Si infringe la ley, si hace apología del terrorismo, si no respeta a la infancia, si arrasa la imagen o la privacidad de la gente, los jueces harán recaer sobre él todo el peso del Estado de Derecho.

Las escuchas telefónicas ilegales, las escuchas telefónicas no autorizadas por el juez, constituyen una forma de delito. Aquellos periodistas de News of the World que lo hayan cometido deben ser, en su caso, procesados, juzgados y condenados, respetando, eso sí, hasta que se dicte sentencia, su presunción de inocencia.

El empresario Murdoch está en su derecho, en su deber, de avergonzarse de un delito cometido presuntamente por algunos de sus periodistas. Pero tenía la obligación, hasta la decisión del juez, de defender a sus empleados; de no introducir en el mismo saco a inocentes y a presuntos culpables; de no cerrar un periódico que compró y mantuvo sabiendo que era sensacionalista, redactado a ráfagas por periodistas galleteras. La actitud de Murdoch me ha parecido deleznable. Ha pretendido lavarse las manos al estilo de un Pilatos de pitiminí. Se ha portado como un charrán, como un palpucero, como un lamprea, al decir del Quevedo más hiriente.

El empresario Rupert Murdoch es un cobarde. Por miedo a que le exijan responsabilidades penales, por miedo a perder las prebendas de las que goza, ha cargado contra sus periodistas, ha cerrado una publicación centenaria, ha arremetido contra todos sin respetar la presunción de inocencia. Se ha ido, incluso, al Parlamento británico a cantar la palinodia sin llevar siquiera con él a los periodistas acusados para que pudieran defenderse. El espectáculo que ha dado el magnate felón es de vergüenza ajena. Estamos ante un acto cagueta sin precedentes.

El empresario Murdoch podía haber hecho público un comunicado en el que dijera: “Yo ni he autorizado ni autorizaré nunca escuchas telefónicas ilegales. Estoy al lado de mis periodistas y defenderé siempre su presunción de inocencia. Si el juez condena a algunos de ellos rescindiré sus contratos pero mantendré a los demás y también la publicación en que ejercen la libertad de expresión en beneficio de los ciudadanos”.

Pero no. Rupert Murdoch ha linchado públicamente a sus periodistas. Por fortuna, la inmensa mayoría de los empresarios de medios de comunicación en Australia, en América y en Europa están en otra posición. Rechazan, claro es, cualquier posible delito pero, en momentos de dificultad, no se dedican a linchar a sus periodistas sino que les respaldan y defienden, al menos hasta que la Justicia se pronuncie.


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