18 de enero de 2020, 13:33:49
Opinion


Amy Winehouse, repentina muerte anunciada

Alicia Huerta


Después de una semana cargada de informaciones, con los Murdoch, padre e hijo, Rebekah Brookes y David Cameron dando explicaciones en el Parlamento británico, la esperada dimisión de Francisco Camps y, sobre todo, las que desde Noruega conseguían poner los pelos de punta hasta a aquellos que pensaban que después del 11-S, del 11-M y el 7-J ya habíamos visto todo lo que se podía ver de la crueldad humana, la noticia del fallecimiento de Amy Winehouse se abría paso el sábado entre comentarios que mostraban de todo menos sorpresa. Si puede hablarse de algo tan aparentemente contradictorio como de repentina muerte anunciada, la de la reina blanca del soul es, sin duda, un buen ejemplo de ella. La cantante inglesa llevaba tanto tiempo dando tumbos encaramada a un peligroso precipicio que hasta su padre ha reconocido que su muerte era sólo cuestión de tiempo.

Las últimas imágenes públicas que habían recorrido el mundo mostrando a la artista, ya completamente rota, en un escenario de Belgrado, donde en vez de su voz lo que se escuchó fue el unánime abucheo de quienes se habían gastado el dinero para presenciar su actuación, hacían presagiar que el final podía estar muy cerca. No el final de su vida, porque eso es algo de lo que seguramente sólo su familia estaría realmente preocupada, pero sí de un estilo de vida en el que, arropada por sus fans, Winehouse había decidido meterse de todo y renunciar a cualquier tipo de rehabilitación, haciendo incluso de esta negativa suicida un himno que aún se sigue aplaudiendo. Desde que la fama convirtió a la peculiar chica de voz cavernosa, que empezó a componer sus autobiográficos y rebeldes temas a los catorce años, en una estrella, Winehouse había izado la bandera de la extravagancia y su emblema exhibía orgulloso cigarrillos y botellas de alcohol, símbolos que desde que se conoció su muerte depositan los fans a las puertas de su domicilio en Camden Town. Reencarnada en mito, algunas de las estrofas de sus canciones se escuchan ahora con más atención y todos coincidimos tranquilamente en que la chica era carne de cañón.

Parece como si con su muerte, Amy Winehouse hubiera sido coherente hasta sus últimas consecuencias con lo proclamado en su carrera artística, y desde que ha desaparecido nos fijamos, también con bastante más atención, en sus tatuajes, en su imposible delgadez y en su grito de guerra “No, no, no”. Incluso se habla del dudoso honor de haber entrado a formar parte del maldito Club de los 27, esa lista de nombres que permanecen imborrables, tal vez sólo porque quienes los llevaban se convirtieron en cenizas mucho antes de que la decadencia, la enfermedad o simplemente el paso del tiempo les condenara a la indiferencia de sus “fieles” seguidores. Y en vez de asustarnos por ese trágico final de quienes pudieron triunfar jóvenes gracias a su don, quizás deberíamos reflexionar sobre la forma de impedir que nazcan nuevos mitos incorruptos en las filas de la música. Que lo mismo que ya ha empezado a mirarse raro a las modelos que parecen pajarillos fuera del nido, los fans no se congratulen con los artistas que viven acariciando el borde de la vida, exigiéndoles incluso peligrosas aventuras, como si a través de ellas pudieran olvidar el tedio de sus mediocres existencias. Igual que pasó después de la muerte de Michael Jackson, los discos de Winehouse han vuelto a ocupar las listas de los más vendidos y, aunque ella aún pudiera estar lejos de que se apagara su estrella profesional, su muerte, más que una desgracia, muchos la ven como una consagración, algo así como el último sacrificio necesario para auparse a los altares que no sucumben al olvido.

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