30 de marzo de 2020, 6:56:25
Opinion


Sobre los indignados en Madrid

Ricardo Ruiz de la Serna


No sé si serán ciertos los rumores de que los indignados serán el ariete de la izquierda contra el PP en caso de que Rajoy gane las elecciones.

Desde luego, el movimiento que nació como una esperanza para muchos ha terminado siendo motivo de desesperación o de tristeza para muchísimos. Es necesaria una renovación de la política en España, pero no vendrá de estas frivolidades. Después de la agitación, la tienda de campaña, la frase brillante y los abrazos… ¿qué?

De las tiendas de campaña quería hablarles. El domingo pasado hubo en Madrid un reencuentro de quienes se pasaron casi un mes acampados en la Puerta del Sol. Algunos plantaron sus iglús en el Paseo del Prado, una de las avenidas más bonitas de Madrid, y otros se fueron a poner en el césped que rodea el monumento a los que dieron su vida por España, donde arde una llama que nunca se apaga.
El caso es que yo iba el otro día a la televisión bien tempranito y me encontré en torno al monumento varias tiendas, cartones, restos de pancartas, papeles y hasta alguno durmiendo al raso con la fresca. Cuando lo vi, me indigné con estos indignados.

Buena parte de los problemas que hoy sufre España se deben a que durante muchos, muchísimos años se olvidaron categorías como la dignidad, el sacrificio, el esfuerzo, el trabajo, la responsabilidad, el valor y, en suma, todo eso que inspira a los grandes pueblos en los mejores momentos de su Historia. Sin esas virtudes, las grandes civilizaciones perecen. Los atenienses, los espartanos, los tebanos y, en general, todos los pueblos de la Hélade consideraban un honor luchar y morir por la ciudad. Por eso eran pueblos libres. Los romanos afirmaban que era dulce y bello morir por la Patria. Desde entonces hasta hoy, Occidente se ha salvado cuando ha vuelto a los valores que lo fundaron y se ha traicionado a sí mismo cada vez que les ha vuelto la espalda. Así ha ocurrido con otras grandes civilizaciones del planeta.
Los grandes pueblos honran a sus muertos y rinden honor a los que mueren por el bien de todos. En Roma y Grecia sus hijos heredaban el honor ganado por sus mayores. En el Japón Imperial, el prestigio del héroe honra a la familia entera y el crisantemo señala a quienes sirvieron al Japón y merecen reconocimiento. Los hijos saben que deben estar a al altura de sus padres. En los Estados Unidos, los niños aprenden quién era Paul Revere y cómo fue su cabalgada épica para avisar a los rebeldes del avance británico. Uno de los días más conmovedores en Israel es la conmemoración de los caídos en las guerras y de las víctimas del terrorismo.

Les debemos mucho a quienes han muerto a lo largo de los siglos por aquello que amamos y que ahora tenemos. Por todo el mundo, ha habido españoles que dejaron su vida luchando por esta tierra que –con todos sus defectos- ha sido madre de pueblos y ha escrito en la Historia páginas gloriosas. Todos los pueblos las tienen pero sólo nosotros las olvidamos para recordar sólo las tristes, que también las tenemos como todos. Debemos mucho a los que han dado su vida por España en la paz y en la guerra y, a menudo, estamos en deuda porque ni se les recuerda ni se reivindica su memoria. Desde la distancia de los siglos, Blas de Lezo y el Comandante Benítez -el héroe de Igueriben- se hermanan con los soldados asesinados en El Líbano y Afganistán. Todos ellos, sea cual fuese su origen, han de contarse entre nosotros porque fue por España que entregaron su vida.

Ellos merecían algo mejor que el olvido, el desprecio y las tiendas de campaña. Está mal que haya un tipo durmiendo a pierna suelta junto a la llama que evoca a quienes dieron su vida por España. Lo prohíbe la Ley, pero sobre todo lo prohíben la razón, la justicia y el decoro.
¿No les parece?
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