7 de diciembre de 2019, 16:11:31
Cultura

crónica cultural


Catalá-Roca, en la Pedrera hasta el 25 de septiembre


Francesc Catalá-Roca, en la sala de exposiciones de La Pedrera, en Barcelona, hasta el 25 de septiembre. Historias entrañables a raíz de las fotografías de Josep Branguli y Luis Ramón Marín.


Hoy hablamos de fotografía documental con tres grandes fotógrafos ya fallecidos como protagonistas. Hace unos días, en Barcelona, en la sala de exposiciones CX La Pedrera, me paseaba viendo la exposición recién inaugurada del fotógrafo Francesc Catalá-Roca (1922-1998). A mi lado, dos señoras mayores iban comparando la España que ellas habían conocido y que se veía en las fotografías expuestas, y la de ahora. No hace tanto, la verdad, pero la España que retrató Catalá-Roca con una inmensa ternura yo no la reconocía. Pueblos blancos completamente sin asfaltar, una pobreza evidente, mujeres coquetas vestidas de negro y con mantilla.

La muestra de La Pedrera es un recorrido por los años cincuenta y sesenta de España. Representa un documento fundamental para el conocimiento de nuestro país. Fotografías sobrias, realistas, directas, tomadas sobre la marcha, como la fotografía absolutamente genial en la que se ve a Dalí saltando a la comba en el parque Güell…

Catalá-Roca nos ha dejado un legado de más de 200.000 negativos a lo largo de tres décadas, una mirada limpia sobre el campo y la ciudad que, a veces, hasta nos hace sonreír, como la del muchacho carbonero apoyado sobre una pared blanca, para mí la más bonita, la más emocionante. Se puede visitar hasta el 25 de septiembre.

El segundo fotógrafo del que quiero hablar es Josep Branguli (1879-1945), también catalán, cuya última exposición en Telefónica, hace ya unos cuantos meses, fue la causa de emocionantes sorpresas. Montserrat Segarra tenía dos años cuando el fotógrafo la retrató en brazos de su padre en la estación de Francia, en Barcelona, a punto de salir hacia Alemania como muchos trabajadores. Los padres se habían conocido nada más estallar la guerra. El padre, muy enfermo, murió al poco tiempo de que la foto fuera tomada.

La tercera historia es la de los archivos de Luis Ramón Marín (1884-1944), considerado uno de los primeros reporteros gráficos españoles aunque desconocido, durante muchos años, por el gran público por culpa de la dictadura y la guerra civil. Fue el escritor Jorge Semprún quien puso sobre la pista. Semprún siempre se quejaba de que no guardaba de sus padres ninguna imagen de antes de su traslado a Francia. El director de exposiciones de Telefónica, Francisco Serrano, se lo comentó a la hija del fotógrafo Lucía Ramón Marín y a uno de los nietos del artista. Como el fotógrafo había hecho reportajes de boda, existía una pequeña probabilidad de que hubiera trabajado en la de Semprún-Maura, los padres de Jorge Semprún. ¡Y sí! Ahí estaban, en la base de datos (18.000 placas que habían restaurado y digitalizado con motivo de la exposición en Telefónica).

Lo cierto es que las fotos de este artista desaparecieron durante décadas. Su hija Lucía solo tenía dos años cuando su padre murió. No tenía recuerdos personales, pero siempre supo que esas fotos existían, miles de imágenes de la España oficial y la España de tantos hombres y mujeres. Ese testimonio, pensó, debía esconderse en unos arcones que, de pequeña, había tapiado con su madre por miedo a las represalias. Allí, protegidas de los cambios de temperatura, las placas se conservaron perfectamente, hasta que Virgilio Zapatero, entonces rector de la Universidad de Alcalá, propuso a Lucía depositar los negativos en la Fundación Pablo Iglesias. Ahora, cada uno de los negativos, perfectamente identificados y fechados por el autor, están a disposición de los investigadores.
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