18 de enero de 2020, 13:43:47
Cultura

SENSUS COMMUNIS


Aristóteles y Scheler



Hay personas que al leer estos dos nombres sentirán una gran inquietud por leer este artículo, aunque acabarán decepcionados por la ligereza con que utilizo estas dos grandes figuras, pero soy consciente de que a otros muchos lectores —posiblemente la inmensa mayoría, que es tan distinta y distante de la inmensa minoría juanramoniana— estos mismos nombres les harán pensar que el tema puede ser abstruso y aburrido, y pasarán raudos sus ojos por la pantalla hacia otro titular. Además, y lamentablemente, sé que a muchas personas estos dos nombres no les dicen nada y el de Max Scheler es posible que ni siquiera les suene. La incultura filosófica de nuestras sociedades, mucho más amplia aun que la literaria, histórica, musical, pictórica o de otras formas de alta cultura, me preocupa más por el rechazo que siento que hay hacia la misma que por su extensión y profundidad.

La filosofía es el intento —sometido siempre a una dosis importantísima de potencial fracaso— de comprender el mundo en el que estamos y, dentro del mismo, a ese extraño ser que es el hombre. Todo el mundo tiene su metafísica, su interpretación del mundo con la que se hace una cosmovisión, que le permite ir tirando con sus ideas y sus creencias, como decía Ortega. Esa cosmovisión puede ser tosquísima y nada original, pero es imposible vivir sin ella, por eso siempre me ha extrañado la conformidad con que la mayoría de la gente asume su visión del mundo sin apenas cuestionársela y la incapacidad para aceptar incluso mínimos cambios. Y es que, en el fondo, el hombre es conservador, como ya mostró Hobbes al exaltar por encima de otras motivaciones el instinto de conservación, lo que no quiere decir que el hombre no tenga también su parte aventurera y arriesgada, o que conservación y riesgo se combinen de forma diferente en cada hombre.

Dentro de los filósofos que uno ha tratado con demora, Aristóteles y Scheler me parece que son los que más profundamente han mirado lo humano, los que han sabido ver al hombre —pienso en cada hombre concreto— con más perspicacia. Si algo distingue para mí al buen filósofo del malo, al verdadero filósofo del erudito que juega con ideas de la historia de la filosofía pero sin ir más allá de ellas por muy enrevesado que sea el lenguaje en que las presenta, es su capacidad para observar al hombre, su capacidad para estar atento a todo lo que atañe a la humano, incluido aquello que transciende su propia humanidad concreta.

Hay pocas páginas de la historia de la filosofía —sí más de la literatura— donde se puedan ver tan bien caracterizados a los hombres como en el Tratado del alma y en la Ética nicomaquea de Aristóteles y en los ensayos de Scheler sobre el resentimiento y la simpatía. Se ve perfectamente ahí que Aristóteles y Scheler estaban siempre atentos a los hombres concretos y que iban por el mundo mirando inteligentemente las almas con las que se encontraban, y supieron entender qué movía a cada uno: éste hace todo por el lucro económico; este otro porque tiene un afán incorregible de recibir honores y parabienes de los demás, sobre todo si sus aduladores representan una papel social considerado elevado; aquel lo hace todo por amor a los demás y por simpatía hacia los otros; aquél está ensimismado y, en realidad, le importa un bledo la opinión de los demás, y va a la suya, pero no egoístamente sino porque no encuentra en los otros las satisfacciones que le dan sus propios pensamientos; ése… No hay aquí espacio para un tratado del alma —en el fondo todo filósofo es psicólogo— sino sólo hueco para algunas recomendaciones de lecturas veraniegas que se salgan de los clásicos y manoseados bestsellers.

Les aseguro además que estas lecturas les serán de gran provecho en las frecuentes y anodinas reuniones familiares, no porque con ellas puedan deslumbrar a su cuñada o a su suegra, ni siquiera a esa amiga de buen ver que aparece de vez en cuando como una ninfa —en realidad, es mejor no citar a Aristóteles y a Scheler fuera de determinados ambientes si uno no quiere parecer presuntuoso y prepotente, incluso aunque sea profesor de filosofía—, sino porque uno podrá desentenderse disimuladamente de la conversación y aplicar lo aprendido con estos grandes autores y decirse para sí mismo: mira, mira, éste es el que Aristóteles decía…, aquel otro es un resentido como Scheler explicaba…

Pero si no quieren ustedes ser pillados en infragante distracción por su esposa o su marido mientras su mente retornaba a las sabidurías de los filósofos, les aseguro que estas lecturas son también muy provechosas para analizar los personajes que representan esa gran tragicomedia que es toda campaña electoral. Tenemos un largo verano por delante para jugar al crucigrama de caracterizar a Rajoy, Rubalcaba, Cayo Lara, Rosa Díez, Duran i Lleida…, según las enseñanzas de Aristóteles y Scheler, e ir decidiendo poco a poco, durante este prolongado espacio preelectoral y estos lentos ritmos de la política y de la burocracia —tan distanciados de los de la vida—, el voto para el 20 N.

¡Qué fecha para movilizar a una izquierda descreída de sus propios ideales tocando resortes de nuestra triste historia reciente y alentando esas reminiscencias de fanfarria cuartelera con eso de la derecha extrema que dice Zapatero para no decir extrema derecha! Pero me temo que ni así se parará el tsunami de votos populares. Claro, que si los calores de verano nos deslumbran, siempre queda el inmaculado voto en blanco, que algunos podríamos ejercer contra los unos y contra los otros.
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