28 de septiembre de 2021, 22:42:28
Opinión


Placeres romanos, placeres de verano (I)



En aquellos tribulados tiempos en los que vivía en la casa paterna, teníamos un pobre. No nosotros, sino el vecindario. Nuestro pobre se pasaba el día en un semáforo de una calle de dirección única que confluía en otra calle mucho más ancha. Había elegido aquel semáforo, con inteligencia de mendicante, porque el tiempo que estaba la luz roja era mucho más largo que el de cualquier otro semáforo. Vamos, que era uno de esos semáforos desesperantes que nos encontramos a veces cuando vamos conduciendo. Un semáforo que te lleva a dudar de muchas cosas: de la planificación urbana, de la informática, de los alcaldes, del sentido de la vida, de la propia capacidad para aguantar los reveses... Un semáforo rojo de largo alcance es un agujero negro filosófico, uno de esos elementos ciudadanos y absurdos que pueden, una tarde, una noche o incluso una mañana, llevarnos a un cambio drástico en nuestras vidas.

Nuestro pobre del semáforo rojo de largo alcance, veraneaba. Cuando llegaba la segunda mitad de julio, desparecía con su bastón, y su lugar lo tomaba un ruso que a su vez desaparecía cuando nuestro pobre volvía a finales de agosto. El ruso era un hombre joven y atlético, que llegaba al semáforo como quien llega a la línea de salida de una carrera de diez mil metros: pelo corto, chandal azul, espalda estirada. No sé si hacía ejercicios de calentamiento; cuando yo lo veía, ya estaba allí, de ventana en ventana de coche, con su impasible gesto de funcionario despedido de la KGB. Nuestro pobre, el que veraneaba, era muy diferente: de estatura media, recio, con barba de varios días, chaqueta vieja, cojitranco y con un bastón que más bien era un garrote. El garrote lo blandía para ahuyentar a competidores. Aquel semáforo era suyo, y no ahorraba en amenazas cuando las veía o imaginaba. Veraneaba en Marbella.

De esto último nos enteramos por el que traía la carne a casa. La noticia corrió por el barrio como un reguero de pólvora. En el fondo, todos nos sentimos orgullosos de tener un pobre que veraneara en Marbella. Yo no sabía si imaginarlo en el semáforo rojo de más largo alcance de la costa marbellí, o en un chiringuito en alguna playa, de tumbona en tumbona, con su tranco cojo y su garrota. ¿Usaría bañador? ¿Se bañaría en el mar? ¿Dónde viviría? ¿Sería popular?

Cuando nuestro pobre desaparecía, Madrid comenzaba a llenarse de cuerpos en pena: las calles se llenaban de sol y sombra, de polvo volador, de estudiantes suspendidos, de aprendices de escritor, y de padres de familia que se atrevían a ir al trabajo sin chaqueta, mostrando unos antebrazos del color de la leche que desaparecían cuando las familias volvían en septiembre. La ciudad se quedaba sin mujeres, que eran reemplazadas por sus fantasmas. Todos, los estudiantes, los cabezas de familia, los pobres suplentes, los aprendices de escritores, se arrastraban por la ciudad buscando fantasmas de mujeres cálidas, tórridas, pasionales, inexistentes. Si había alguna mujer joven, estaba escondida tras las persianas cerradas de una casa de la que no salían para que no supieran que no veraneaba, como en los tiempos de Baroja. Pero su existencia en la sombra era solo una suposición más.

Eran otros tiempos. Ahora ha llegado el verano, y las mujeres jóvenes trabajan, se quedan en la ciudad, muestran sus antebrazos al ir a la oficina, y se mezclan con estudiantes suspendidos, agitadores del 15 M cesantes, y padres de familia con familia. Y divorciados y divorciadas, muchos divorciados y divorciadas. Aun así, el polvo volador y el sol y sombra acechan en el Madrid del casi agosto.

Impelido por la curiosidad y la nostalgia, el otro día me acerqué al semáforo de la niñez para ver qué ocurría allí. Me esperaba el vacío. Quizá es que los misterios de la planificación de tráfico han hecho que deje de ser un semáforo rojo de largo alcance. El caso es que no había nadie pidiendo dinero. ¿Estarían ya en Marbella? ¿Estarían los suplentes quizá en Benidorm?

Como estaba ya en un “money state of mind”, decidí ir a mi banco a regularizar mi situación con Hacienda. Me reconfortó ver que mi banco, una caja, todavía existía --es algo que me ocurre últimamente-- y me preparé para aguantar los treinta minutos de charla de rigor con mi bancario. Mi bancario es un hombre de imbatible optimismo, convencido del carácter eviterno de las cajas de ahorro. Un secuaz de Rato. “Eso es que se lleva comisión”, se decía siempre mi abuela al salir. El caso es que en un momento de la conversación saqué el tema. No era ninguna indirecta:

--Ya no piden dinero en los semáforos.
--Menos que antes. Es el aire acondicionado. Con el aire acondicionado, los coches van con los cristales de las ventanillas subidos. Si se usara menos, pedirían más. Para ayudar a la economía habría que apoyar a Sebastián.

Ya ven que mi bancario es muy listo. Casi tanto como mi chino, aunque este se inclina más a la microeconomía.

--¿Y piden préstamos?-- le pregunté.
--¿Quiénes?
--Los que piden en los semáforos.
--¡Claro! Y se los damos más fácilmente ahora. No piden para hipotecas ni para comprarse un BMW de segunda mano. Lo suyo es más seguro.
--¿Para que los piden?
--¿Que para qué los piden? Pues para veranear... Eso no está en la lista negra. Todavía...

Así que ya saben, veraneen. Es uno de los pocos placeres realmente romanos que nos queda. Quizá volvamos en septiembre con alguna A menos en nuestra calificación personal (estos de Moddy’s...), divorciados --ya saben que el el verano favorece esa coyuntura-- o con los oídos perjudicados por las ferias del pueblo cercano --una circunstancia de la que parece imposible escapar en la península ibérica en verano--. Pero veraneen. Produzcan vacío en las ciudades. Alimenten las mentes de los estudiantes suspendidos y, sobre todo, de los aprendices de escritores que siguen persiguiendo el fantasma de una mujer tórrida, pasional e inexistente cuando hasta los pobres veranean en Marbella.
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