28 de noviembre de 2020, 14:58:28
Opinión


Ventas a corto: Intervencionismo sin rumbo

Lorenzo Bernaldo de Quirós


En medio del ciclón que sacude la economía y las finanzas europeas, algunos estados de la Unión han prohibido las denominadas ventas a corto. De este modo intentan evitar la especulación y, su teórico corolario, la desestabilización de las bolsas. La legitimación que sustenta este tipo de restricciones es sencilla y resulta recurrente a lo largo del desarrollo de la actual crisis: responsabilizar a “terceros” de ella y además lanzar a la opinión el mensaje de que unos desaprensivos especuladores están cosechando beneficios extraordinarios a costa de la estabilidad. Este planteamiento es erróneo y, además, produce efectos distintos a los esperados. Los países europeos que han aplicado este tipo de medidas, España incluida, son los que en han registrado una mayor volatilidad en sus bolsas. Con sus intervenciones, los gobiernos, como los malos cazadores, disparan a todo lo que se mueve. Las restricciones introducidas sobre las ventas a corto son un ejemplo paradigmático del activismo sin rumbo que preside la gestión de la crisis económico-financiera europea.

¿Qué es una venta a corto? Es un mecanismo en virtud del cual un individuo o una entidad arriendan títulos a un tercero con el compromiso de recomprarlos en un período determinado, ganando o perdiendo las diferencias de precio entre ambas fechas. El objetivo de quienes las realizan es vender esos títulos en un momento inicial de tiempo y cuando caen, comprarlos más baratos. Al realizar este tipo de transacciones, existe el riesgo de perder más que el 100% del capital invertido, dado que las acciones no tienen un techo que limite sus alzas o sus bajas. Así pues, las pérdidas tienen serias posibilidades de superar el monto invertido originalmente. En consecuencia se trata de operaciones de alto riesgo. La cuestión es si existen motivos justificados para impedir esas transacciones.

De entrada no corresponde al gobierno decidir cómo y cuando la gente tiene que comprar o vender acciones. Al margen de este principio elemental, las ventas a corto juegan o pueden jugar un papel muy importante y útil en el mercado. Si los inversores consideran que una acción está sobrevalorada, prestan un valioso servicio al vender a corto y ajustar a la baja su precio. Esto priva a las empresas afectadas de un capital que utilizan de manera ineficiente porque no están bien gestionadas, porque sus expectativas beneficio, por las razones que sean, están infladas al alza. De este modo lanzan una señal al resto de los operadores del mercado de que la situación de determinadas empresas no es tan sólida o tan prometedora como generalmente se creía. Desde esta perspectiva suministran una información que ayuda a las acciones a converger hacia su verdadero valor y frenan dinámicas como las de las burbujas.

Desde luego, los vendedores a corto tienen posibilidades de equivocarse y deprimir el valor de las acciones más de lo justificado por los fundamentales pero eso no justifica la intervención gubernamental, entre otras cosas, porque los gobernantes no tienen capacidad de saber cuál es el valor de las acciones. Por añadidura porqué actúan cuando piensan que los inversores sobrevaloran el precio de los títulos o, en su caso extremo, se está en presencia de una burbuja Además, la prohibición o la limitación de las operaciones a corto equivale a decidir que sólo tienen derecho a participar en el mercado los inversores que consideran que el precio de las acciones está infravalorado, lo que presume que el recorrido de la bolsa, sean cuales sean las circunstancias, sólo es al alza. Esta presunción sí aumenta el riesgo de operar en el mercado de capitales, y genera inestabilidad y además impide que la bolsa funcione bien.

A pesar de lo que se cree, los vendedores a corto proporcionan un suelo a las bolsas durante los períodos de crisis e incertidumbre, como el actual, en lugar de agudizar de manera artificial su trayectoria bajista. Esto es, realizan una función estabilizadora para el conjunto de la economía Un ejemplo extremo ilustra esta afirmación. Así, por ejemplo, el 21 de septiembre de 1931, este tipo de operaciones fue prohibido para evitar el desplome de all Street. La restricción fue retirada dos días después para ser reintroducida en octubre, noviembre y enero de 1932. Como demostró Benjamin Anderson en su célebre libro Economics and the Public elfare, el resultado de esas iniciativas condujo a un declive del precio de las acciones mucho más agudo que el que se había producido sin ellas y también a una ralentización del posterior ritmo de recuperación de la bolsa norteamericana. En consecuencia no hay base empírica para sostener que la prohibición de las ventas a corto reduce la volatilidad de los mercados de capitales.

En suma, esta modalidad de intervención estatal en los mercados, introducida por algunos gobiernos europeos, pueden hacer las inversiones en las bolsas más arriesgadas y menos estables. Además reflejan una supina falta de conocimiento de cómo operan las bolsas. Si se califica de especuladores a quienes operan a corto, cabe señalar un hecho fundamental y elemental: sólo obtienen beneficios al amortiguar los movimientos de los precios no al hacerlos mayores. Desde esta óptica, las regulaciones de esta naturaleza se basan en un planteamiento teórico erróneo, fomentan la aparición de burbujas especulativas y protegen a las compañías menos eficientes. Impiden el correcto funcionamiento del mercado y debilitan los incentivos que impulsan la reactivacxión de la economía.
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