18 de octubre de 2019, 8:00:25

tribuna


Benedicto XVI: un liderazgo moral



La visita de Benedicto XVI a Madrid y los actos que ha celebrado, rodeado de cientos de miles de jóvenes católicos venidos de todo el mundo, ha mostrado -como, por otra parte, sucedió ya con su antecesor Juan Pablo II- que este Papa tiene una imponente capacidad de movilización y posee en grado sumo un auténtico carisma. Palabra esta, por cierto, que proviene del vocabulario religioso cristiano y que, como la define el DRAE, es un “don gratuito de Dios concedido a algunas personas en beneficio de la comunidad”. Un carisma bien distinto de ese otro del que presumen algunos políticos simplemente porque se ven guapetes, dan bien en televisión y leen de maravilla los discursos que les preparan sus nutridas tropas de asesores. Es un hecho que, a pesar de estos supuestos carismas que encandilan a las masas, a las actuales clases dirigentes les falta entidad. Recordando a Bertrand de Jouvenel, se suman (eso sí, poniéndose a la cabeza) a las corrientes predominantes de opinión, pero son incapaces verdaderamente de guiarlas que en eso consiste el liderazgo (to lead, guiar).

La incapacidad de los gobernantes occidentales ante la crisis que no cesa, ha hecho que se multiplique a un lado y otro del Atlántico una misma idea, que aparece una y otra vez en artículos y editoriales: No hay líderes, faltan líderes. Y a los que hay les faltan las cualidades indispensables para dirigir con éxito a sus países en estos tiempos turbulentos. Algunos echan la vista atrás y recuerdan los tiempos de los Churchill, Roosevelt, de Gaulle, Adenauer o Kohl, que se nos muestran como auténticos gigantes —aunque todos ellos tuvieron sus defectos y cometieron sus errores- comparados con la enanez de quienes ocupan sus mismos cargos, en estos tiempos de ahora.

El liderazgo de Benedicto XVI es, por supuesto, de índole moral lo que no lo minimiza sino que lo potencia. Tiene, además, una sólida base intelectual que, sin ninguna duda, desconoce la panda de desharrapados que se han echado a la calle para protestar por su visita y los articulistas y comentaristas que se les han sumado desde los sólitos medios haciendo una gratuita manifestación de su ignorancia y de su tosquedad. Basta leer los debates del entonces cardenal Ratzinger con el filósofo Habermas o con el italiano Marcello Pera para constatar que el actual Papa es un hombre de sólidas y bien asentadas convicciones que, al mismo tiempo, muestra una enorme capacidad de respeto y de diálogo respecto de quienes no piensan como él. Unas cualidades indispensables en sociedades pluralistas como las que vivimos pero que no pueden entender esos herederos del añejo anticlericalismo español, movidos exclusivamente, además de por su insuperable ignorancia, por la intolerancia, la agresividad y el odio más rastreros y emponzoñados.

Tratan de monopolizar esas montaraces y zopencas minorías el concepto de lo laico que ni saben qué quiere decir y que, por cierto, también procede del vocabulario eclesiástico (laico viene de “laixos” que en griego significa “perteneciente al pueblo” y que se utilizaba para distinguirlo del clero). Para ellos, el laicismo (herencia francesa y de la II República) es la lucha a muerte contra la Iglesia Católica (las otras les molestan mucho menos) a la que querrían hacer desaparecer o, al menos, que volviese a las catacumbas. En Madrid se acaba de comprobar que lo tienen difícil. Por eso les ha irritado hasta lo indecible que la semana pasada la Iglesia mostrara inequívocamente que sigue siendo universal, esto es católica. Y tampoco les ha gustado que esos tres o cuatro días se haya comprobado que Azaña se equivocó cuando dijo aquello de que “España ha dejado de ser católica”. Aunque sea cierto que en esta España de ahora, hablar de religión o declararse católico no sea políticamente correcto. Sí se acepta por la progresía imperante dar rienda suelta a ese feroz anticatolicismo, cuyo crispado rostro hemos visto en la Puerta del Sol y en algunos medios. Ninguna novedad: es la marca de la casa de la peor izquierda española, que a veces parece la única que existe.


Benedicto XVI ha vuelto sobre uno de sus temas predilectos: La necesidad de que Europa recupere sus raíces cristianas si quiere salir de la presente crisis que no es sólo económica sino, sobre todo, una crisis de identidad. Estos ignorantes anticatólicos todavía no se han enterado de que esos derechos humanos con los que tan a menudo se les llena la boca, no tendrían base ni sentido si no parten de la idea de conciencia que es un fruto del cristianismo (“De interniis neque Ecclesiae”). Así lo enseñó hace muchos años el mejor historiador de las ideas políticas de todo el siglo XX, el americano George H. Sabine, para quien las específicas propiedades del pensamiento político europeo son indisociables de la aportación cristiana. Este autor llegó a escribir que “desde el advenimiento del cristianismo ningún Estado puede ser justo, a menos de que sea también cristiano”. Y en otro momento subrayó que “la creencia en la autonomía espiritual y el derecho de libertad religiosa dejó un residuo sin el cual serían muy difíciles de entender las ideas modernas de intimidad y libertad individuales”.

Otra cosa, que Benedicto XVI sabe muy bien, es que Europa ha querido voluntariamente desconectarse de esas raíces cristianas, apostando por un relativismo que conduce no ya al agnosticismo sino a un ateismo declarado, que cada vez se exhibe más desafiante. Con la excepción de la experiencia soviética, es la primera vez que ocurre tal cosa en la historia europea, pues habría que recordar que si Voltaire dijo aquello de “aplastad al infame”, refiriéndose a la Iglesia Católica, también dijo que “si Dios no existiera, habría que inventarlo”. Con el pretexto de que la Unión Europea no debe ser “un club cristiano” se impidió que en los textos jurídicos que la regulan se aludiera a las raíces cristianas. Y así hemos llegado a esta Europa que ni sabe lo qué es ni sabe dónde está.

En una conferencia pronunciada en Berlín en 2000 y ampliada después en 2004 ante el Senado italiano, el cardenal Ratzinger decía lo siguiente que, por supuesto, tiene plena aplicación a España: “Hay aquí en Occidente un odio de sí mismo que es extraño y que puede considerarse como algo patológico; Occidente intenta, ciertamente, abrirse, de una manera digna de alabanza, a los valores externos, pero no se ama a sí mismo; en su historia sólo ve ya lo que es despreciable y destructivo, pero ya no está en disposición de percibir lo que es grande y puro. Europa, para sobrevivir, tiene necesidad de una nueva aceptación de sí misma, ciertamente crítica y humilde” Y terminaba con una advertencia acerca del debatido tema de la multiculturalidad: “La multiculturalidad, que es continuamente estimulada y favorecida con pasión, es quizás, sobre todo, abandono y negación de lo que le es propio”. Y en otro párrafo del mismo discurso advertía: “El renacimiento del islam no está sólo vinculado a la nueva riqueza material de los países islámicos, sino que está también alimentado por la consciencia de que el islam está en condiciones de ofrecer una base espiritual válida para la vida de los pueblos, una base que parece habérsele ido de las manos a la vieja Europa”. Ideas para meditar porque en ellas late no sólo un diagnóstico de la presente situación europea sino la clave para salir de la misma. ¿Se le escuchará a Benedicto XVI o será —y es también una referencia cristiana- una “vox clamantis in deserto”?
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