26 de septiembre de 2021, 8:46:47
Opinión


Cuando las primaveras culminan en un lodazal de verano

Víctor Morales Lezcano


Con frecuencia bastante, la realidad de los acontecimientos con peso histórico muestra que puede ocurrir lo contrario de lo que se calculaba.

Así ha venido sucediendo durante la guerra en el Mediterráneo central desde el 17 de febrero, cuando las tropas leales al régimen del coronel Gaddafi ahogaron en el nido de Bengazi un foco de protesta antigubernamental. Desde aquella fecha, hasta el 23 de agosto que acabamos de dejar a nuestra espalda, ha llovido furia y fuego sobre la línea de costa que enlaza la CIRENAICA DE LOS REBELDES con la TRIPOLITANIA FAVORABLE AL RÉGIMEN DEL CORONEL.

La primavera árabe fue tornándose, en consecuencia, más y más violenta en la medida en que Naciones Unidas consideró delito de lesa humanidad la represión inclemente de la rebelión cirenaica contra un vetusto cancerbero llamado Muamar el-Gaddafi -otro de los autócratas magrebíes con el que las democracias liberales mantuvieron ambiguas relaciones políticas, militares y financieras a partir de los años 70 del siglo XX-.

La condena onusina y la voluntad intervencionista en Libia de los gobiernos de París y Londres -bienquista ésta tanto por el elusivo presidente de los Estados Unidos, como por la OTAN- desataron la guerra en el Mediterráneo central hace seis meses. A partir de marzo-abril, se inició la “danza de la muerte”. Ésta campó por sus respetos entre Brega y Bengazi, Darna y Tobruk al este; Misrata, Sirta y Trípoli, al centro-oeste de Libia -una suerte de expresión geográfica interpuesta entre Egipto y Túnez, poblada por tribus de diferente calado organizativo, y a la que los colonistas italianos dieron en llamar “bel suol d´amore”-. De aquella polvareda, ha salido el lodazal que tenemos a la vista. Un lodazal por varias razones, como es la fidelidad al Régimen de las tropas y la población tripolitanas, dispuestas a morir matando; como ha sido también pintoresco el modo de combatir contra el líder supremo de la “Jamahiriya” libia -entelequia, a propósito, que ningún oráculo ha sabido descifrar, aunque haya funcionado como impostura soberana durante cuarenta años-. Un lodazal, finalmente, debido a que la formación del Consejo Nacional de Transición (CNT), bendito por Sarkozy y Cameron, ha tardado en coagular eficazmente.

A la altura de la fecha, parece que no será fácil imponer su autoridad ni en la Libia costera ni en el desierto en la era post-Gaddafi. Previsión que avala la opinión de aquéllos que defienden la prolongación de la tutela de las fuerzas de la OTAN. Esto es, una vez que se haya puesto fin a la guerra en el Mediterráneo central y a la declaración de zona aérea exclusiva, y excluyente, que ha provocado ataques indiscriminados sobre Trípoli y el puerto de Ras Lanuf.

Para aquéllos que se han venido interrogando sobre si los levantamientos populares contra los regímenes de Túnez y Egipto podrían, o deberían, ser considerados revoluciones poco sangrientas y pasarelas “sine qua non” hacia la transición a la democracia en el norte de África, el escenario de Libia emerge ahora como un campo bélico, en cuyo subsuelo no va a ser cómodo implantar ley y orden a los actores de magnitud en este conflicto: el CNT; el grupo de contacto sobre Libia que preside Turquía; la OTAN; los gobiernos de París y Londres; ¡ y el mercado internacional de combustibles !.

El acoso, captura y pillaje de Bab al-Azizia o “Puerta Sublime” del reducto del coronel, por las milicias rebeldes, que ha tenido lugar el día 23 de agosto, ha venido a dotar a la “primavera árabe” de un escenario clásico en la historia de las revoluciones: toma del “palacio de invierno”; erradicación de la memoria del tirano y su entorno filial; bandera tricolor -vino nuevo en viejos odres-; y la consiguiente parafernalia de los despechados incontrolables. En suma, un lodazal, amén de un caos.
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