28 de septiembre de 2021, 21:17:03
Opinión


Ser español en Buenos Aires

Rafael Núñez Florencio


Buenos Aires está cansada y eso se nota en su acelerado pulso cotidiano, en la obstrucción de sus arterias por un intenso, pesado y ruidoso tráfico urbano, en una respiración disonante que diríase quejumbrosa, en la fisonomía ajada de tantos edificios señoriales y hasta en su aliento de humos descontrolados procedentes de miles y miles de tubos de escapes de vehículos vetustos. Se dirá que sucede todo ello como en cualquier otra gran urbe contemporánea y ciertamente hay que conceder que buena parte de esas notas pueden adjudicarse al inevitable peaje de deterioro y contaminación -entiéndanse ambos conceptos en su más amplio y profundo sentido- que han de pagar las metrópolis de nuestro tiempo.

Lo que pasa es que uno contempla Buenos Aires no como miraría a cualquier otra ciudad significativa de nuestro ámbito cultural, sino con un afecto particular, con una cercanía casi entrañable, con una complicidad hecha de guiños históricos y memoria compartida. Tengo para mí que, exceptuando quizás Roma -aunque en un registro muy diferente- no hay en el mundo otra capital en la que un español pueda sentirse tan a gusto, casi podría decirse -si no se me malinterpreta- como en casa. La cordialidad de sus habitantes con el español es abrumadora. La efusividad que despliega el porteño con el forastero peninsular es de tal calibre que éste, normalmente más parco y hasta más brusco en modales y expresiones, no sabe cómo corresponder a tantas manifestaciones de amabilidad.

Por eso la situación de Buenos Aires nos puede doler como le dolía España a Unamuno: porque la vemos no como algo ajeno o externo, sino todo lo contrario, como algo cercano, próximo, que en cierto modo es también nuestro, porque común ha sido nuestra historia, común es nuestra lengua, comunes son nuestros referentes culturales. En este sentido la crítica no surge nunca, como hubiera dicho un regeneracionista decimonónico, del escalpelo frío del forense sino de la empatía y la solidaridad. Y lo que vemos en Buenos Aires -¿precedente quizá de lo que podemos ver en nuestras calles en algún tiempo?- es la dureza inclemente de la coyuntura económica, el deterioro progresivo del tejido social, el hundimiento incesante de esas clases medias y profesionales que son el soporte de la democracia, la hosquedad de la vida ciudadana.

No voy a tratar empero esos temas, simplemente porque, como extranjero, carezco de los datos y las claves para un análisis adecuado. Los he mencionado simplemente porque quiero dejar patente que no es mi intención trazar un cuadro idílico y ñoño de ese contexto argentino en el que intento ubicar unas consideraciones que pretenden transitar por otros vericuetos. Mi reflexión se encamina hacia un terreno en el que creo poder decir algo con el mínimo bagaje de conocimientos que serían exigibles: la historia y, más concretamente, la historia española en Buenos Aires, con su repercusión en el presente y su corolario en asuntos tan candentes hoy como la cuestión de la identidad.

Como es sabido, la formación de una conciencia nacional argentina se pretendió hacer en un primer momento (y, grosso modo, podría decirse que a lo largo de todo el siglo XIX) no sólo ignorando a España sino frente a España y, sobre todo, frente a un pasado colonial tachado de abyecto y ominoso. No quiero decir que todas las elites políticas y culturales coincidieran en el diagnóstico pero es indudable que tal consigna marcó en buena medida la impronta del período. Desde finales del XIX y a lo largo de las primeras décadas del XX esa tendencia se vio menoscabada por, al menos, tres factores fundamentales: el incremento -cuantitativo y cualitativo- de la presencia española en estas tierras, la madurez de la propia sociedad argentina y el despunte como nueva potencia hegemónica de los Estados Unidos, sobre todo a partir de la guerra de 1898.

Sin necesidad de airear ahora viejas retóricas como la de la Hispanidad, lo cierto es que la mirada argentina del siglo XX no percibe ya a España como enemigo ni, me atrevo a decir, como la odiada metrópoli de antaño. Por el contrario, se hace cada vez más patente una búsqueda de las propias raíces en la cultura hispana y hasta se encuentra en la vieja nación ibérica un amigo y un aliado ante los nuevos desafíos geopolíticos, en especial los provenientes del mundo anglosajón. Es verdad que persiste un reducto -de Borges a Victoria Ocampo- que desdeña lo español por decadente y trata de mirarse en el espejo francés o inglés. Pero en buena medida incluso ese núcleo termina por sucumbir y se rinde ante el desembarco cultural español de los años veinte y treinta (de Ortega a Lorca), luego potenciado por la presencia dramática de los exiliados de la guerra civil, los protagonistas de nuestra edad de plata. Más adelante otros avatares no menos desgarradores, los que jalonan la segunda mitad del siglo XX, contribuirán a entrelazar los destinos de españoles y argentinos.

El resultado de todo ello es que hoy en día el historiador español o el simple curioso o cualquier interesado por el ayer apenas puede dar un paso por el Buenos Aires céntrico, el Buenos Aires histórico y monumental, sin que le salten a los ojos de manera incesante las huellas de la labor hispana. Sin ir más lejos, y yendo a lo más palmario, toda la columna vertebral de la ciudad, desde la Casa Rosada al Congreso -que es, al mismo tiempo, el eje simbólico de la nación- constituye una especie de apoteosis de la presencia hispana, inextricablemente unida al desenvolvimiento de la República. Luego, da igual que sigamos deambulando por la parte histórica, como el Cabildo o la Manzana de las Luces, que continuemos hasta el teatro Cervantes o que vayamos a intentar descontaminarnos con la atmósfera más respirable de los bosques de Palermo. En forma de estilos constructivos, como estatuas o fuentes monumentales, como motivos decorativos, como soluciones estéticas, atestiguados en placas conmemorativas o explicados como tales en las guías turísticas, los elementos de la herencia española, los motivos hispanos, las referencias del influjo ibérico son sencillamente aplastantes. Unas huellas, conviene subrayarlo, internalizadas por los propios porteños, asumidas con orgullo, convertidas de este modo en signos y símbolos de su idiosincrasia y su trayectoria histórica.

Y he aquí, en fin, donde quería llegar. Como pasa a menudo cuando viaja fuera de España, es en el extranjero donde el español termina por reconocerse a sí mismo, sin tantas reservas, dudas o mezquindades como derrochamos de puertas adentro. Sólo que en Buenos Aires esta constatación adquiere categoría de evidencia incuestionable, demoledora. Todos los problemas de identidad desaparecen de un plumazo: aquí están, con una franqueza y una resolución que a nosotros nos parecen hasta ingenuas, todas nuestras referencias históricas, culturales y mentales. Una de las más activas comunidades hispanas en Buenos Aires se reconocía con el adjetivo de “patriótica”, un concepto poco menos que tabú hoy en España. Las publicaciones llevaban siempre con orgullo el adjetivo español, cuando no directamente acudían sin más al sustantivo “España”. La iconografía abusaba sin empacho del recurso a la bandera, cuando no de otros símbolos que aquí han caído en desuso. Nunca he sido muy devoto de tales enseñas nacionales y la verdad es que he sentido más rechazo que atracción hacia ellas por motivos generacionales fáciles de adivinar. Pero, dado que ahora estamos en el extremo opuesto, admítanme al menos que mucho se simplificarían algunos problemas enconados de nuestra vida colectiva si ser español en España fuera tan fácil como serlo en Buenos Aires.
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