22 de septiembre de 2021, 17:28:52
Opinión


Libia, aún en el candelero: Ojeada al pasado y presente (I)

Víctor Morales Lezcano


Libia ha estado en el candelero mediático durante los últimos meses. Lo explica el estado de guerra en el Mediterráneo central que se desató con el beneplácito de Naciones Unidas y el compromiso de la OTAN de anular desde el aire los recursos antiaéreos y de artillería pesada de que disponía el ejército libio para fines devastadores.

La justificación de una operación aliada de cierto calibre bélico residió en impedir a Gaddafi el aplastamiento de un foco de rebeldía antigubernamental, cuyo epicentro ha sido Bengasi. Es decir, en el confín oriental de una nación-estado que inventaron de consuno el “Foreign Office” en Londres, el secretario general adjunto de Naciones Unidas y las compañías petrolíferas más poderosas en torno a 1950: “Standard Oil”, “British Petroleum”, “Mobil”, “Shell” y “Texaco”, entre otras.

Fue así como hizo acto de aparición formal una monarquía en pleno desierto, administradora de los pingües beneficios de origen extractivo que convirtieron a Libia, en menos de un decenio, en un estado rentista donde lo hubiera entonces.

Luego de ser derrocada la monarquía por el coronel Gaddafi en 1969, bajo los auspicios de un panarabismo fervoroso, no parece que se consiguiera la integración de las tres inmensas regiones que constituyen Libia -Cirenaica, Trípoli y Fezzan-. Todavía, hoy, es una realidad no verificable.

Sin embargo, el aparato del régimen que controló Gaddafi y la red de tribus incondicionales que le permanecieron leales hasta hace menos de un año, permitieron llenar, durante cuarenta años, un vacío de poder milenario que ha encontrado en Libia un marco de referencia histórico que es de manual al uso.

Al verse involucrada esta ex-colonia italiana (1911-1945) en la oleada de revueltas árabes que se han propagado por el norte de África y Oriente Medio desde el arranque del año en curso, los fautores del sistema internacional emergido al final de la guerra fría, no han titubeado en convenir que se acabara en coyuntura propicia con el poder del dictador, su camarilla palaciega, entorno familiar nepotista, y redes militares y tribales propias.

Nadie que no sea malpensante de oficio puede negar que el aplastamiento de otra dictadura es una noticia alentadora para aquellos que seguimos añorando un sistema internacional gobernado por los principios de libertad y equidad.

Ahora bien, ello no ha de impedir el contemplar cómo en Libia la consigna de Obama (“lead from behind ”), de un lado, y la del tándem Sarkozy-Cameron (realce de la actuación exterior de dos viejas metrópolis coloniales), de otro, parece obedecer al castellanísimo refrán de “no dar puntada sin hilo”.

Cierto es que con el transcurso del tiempo, han ido surgiendo otros actores interesados en aplastar el régimen de Gaddafi. Los siete meses de conflagración escenificada en el Mediterráneo central lo han permitido cómodamente. Véase el caso de Qatar, emirato de bolsillo hiperbillonario, además de sede del transversal canal televisivo “Al-Jazeera”. O de la misma Turquía, cuyo creciente protagonismo, en calidad de mediador amigable en aguas del Mediterráneo centro-oriental, ha culminado, sin embargo, con la retirada del embajador turco acreditado en Israel y, prácticamente, con la expulsión del embajador israelí destacado en Ankara. (Recuérdese que Ahmet Davutoglu, ministro de Exteriores en el gabinete que preside Erdogan, había cursado un ultimátum a Netanyahu, primer ministro de Israel, para que se excusara por los acontecimientos navales del 31 de mayo de 2010 frente a la costa de Gaza. El “episodio” costó la vida a nueve activistas de nacionalidad turca, lo que ha sido calificado como “inaceptable” en el Informe Palmer que Naciones Unidas comisionó en su momento, y que acaba de ser difundido).

Volviendo al asunto de la ronda de posicionamientos que ha provocado la guerra en Libia, no deja de resultar subrayable un repaso de su elenco más llamativo. Lo veremos en la próxima entrega.
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