14 de junio de 2021, 16:17:24
Opinión


Chávez y el Caribe

Sadio Garavini di Turno


Las relaciones entre Venezuela y el Caribe anglófono están caracterizadas por una incomprensión de fondo que está basada en la historia. En efecto, mientras la cercanía geográfica “condena” a las dos partes a ser vecinos por la eternidad, la historia las ha afiliado a dos sistemas lingüístico-culturales, con la consecuencia de una profunda ignorancia mutua. Esta diferente afiliación, además, crea las condiciones para la suspicacia y la desconfianza. La clase dirigente caribeña de origen predominantemente de “color”, africana o hindú, ha tenido la impresión, exagerada en el caso venezolano, de que en las elites latinoamericanas los descendientes de europeos han tenido un dominio sobre los componentes de color. La elite política caribeña, formada en las mejores universidades británicas, y socializada en la cultura política de la democracia parlamentaria, modelo Westminster, mira con cierto “desprecio” la tradicional inestabilidad política latinoamericana, con sus frecuentes golpes y gobiernos militares. Recordemos que, en Barbados, funciona una Asamblea Legislativa electa, sin solución de continuidad, desde la mitad del Siglo XVII. Por otro lado, en América Latina, todavía no es raro que una persona, generalmente bien informada, manifieste su escepticismo en relación a la autenticidad real de la independencia de las ex colonias británicas en el Caribe. Esta desconfianza mutua crea las condiciones para múltiples malentendidos, simplismos estereotípicos, prejuicios y errores de apreciación.

La elección de Hugo Chávez a la presidencia fue bien vista por los gobiernos caribeños, que lo interpretaron como la llegada al poder de un miembro de los grupos raciales tradicionalmente “excluidos” más cercanos al Caribe. El fuerte aumento sostenido de los precios del petróleo a partir del 2004, creó las condiciones para que la tradicional cooperación venezolana en materia petrolera adquiriese una relevancia especial, entre los países caribeños, muy dependientes de las importaciones de hidrocarburos, con la excepción de Trinidad y, en menor medida, Barbados. Chávez a través del Acuerdo de Cooperación Energética PetroCaribe del 2005, por el cual Venezuela financia, a largo plazo y a intereses subsidiados, el consumo petrolero de los países miembros del acuerdo, tiene el objetivo de adquirir una influencia política sobre los Estados partes. Pero, la ineficiencia e incompetencia en el manejo de los acuerdos de cooperación, por parte del gobierno chavista, muy presto en prometer, pero escaso en concretar, ha reducido considerablemente la “auctoritas” venezolana en la región. Efectivamente, sólo San Vicente y las Granadinas, Dominica y Antigua y Barbuda, ingresaron al proyecto geopolítico e ideológico chavista del ALBA. Es interesante notar que las decisiones del ALBA vienen puestas de lado, cuando se oponen a las directrices de CARICOM, la Comunidad del Caribe. El ALBA, por ejemplo, había decidido no firmar la Declaración de Trinidad, el comunicado final de la última Cumbre Interamericana, pero los tres países mencionados anunciaron que la firmarían de acuerdo a la posición de CARICOM. A esto hay que agregar que, en contra de las posiciones “antiyankees”, promovidas por Chávez, la CARICOM reinició las negociaciones para el establecimiento de un tratado de libre comercio con los EEUU.

La expectativa de que la diplomacia petrolera chavista propiciara el ingreso de los países del Caribe en el ALBA o que por lo menos asumieran una posición similar frente a los EEUU, no ha funcionado. En cambio, el creciente armamentismo y el militarismo del régimen chavista han despertado nuevamente las suspicacias frente a un supuesto “subimperialismo” venezolano en la región.
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