25 de septiembre de 2021, 17:45:10
Economía

POLÍTICAMENTE INCORRECTO


Alemania y el euro



La posición del gobierno alemán ante la crisis económico-financiera que asola el Viejo Continente está condicionada por una serie de elementos que ayudan a entender su dubitativa actuación hasta el momento. Por un lado, la población alemana no aprecia las ventajas que la existencia del euro ha proporcionado a su país; por otro no percibe los potenciales costes para la economía teutona de la ruptura de la unión monetaria. Este coctel perverso se ha traducido en un deterioro político interno del gabinete liderado por Merkel cuyo resultado ha sido la sucesiva pérdida de elecciones en los länder y una seria amenaza de derrota en los próximos comicios nacionales. Los alemanes están hartos de pagar la indisciplina de sus socios, en este caso, simbolizada por la dramática situación de la periferia continental. Cierto o no, este es el sentimiento de la opinión pública germana. Esto constituye una restricción de primera magnitud para los movimientos de la coalición CDU-FDP y explica que Alemania haya ido sistemáticamente a remolque de los acontecimientos.

Una de las razones por las que Alemania apoyó la creación del euro fue la tendencia estructural a la apreciación del marco en el período anterior a la creación de la UEM. Tanto el modelo de cambios flotantes como el Sistema Monetario Europeo se tradujeron en permanentes presiones apreciatorias sobre la divisa germana, lo que lesionaba la competitividad de la economía de la entonces RFA y, a la vez, generaba una alta inestabilidad cambiaria y monetaria en Europa. Este escenario se agravó cuando la reunificación alemana llevó a una combinación de políticas presupuestaria expansiva para financiar la absorción de a RDA y monetaria restrictiva para controlar la inflación que se tradujo en un altos tipos de interés en ese país que atrajeron capital exterior y crearon tensiones alcistas sobre el tipo de cambio. La introducción de la moneda única ha permitido que la tasa de cambio con la que ha funcionado la economía alemana desde la instauración del euro haya sido más baja que la que hubiese soportado el marco tanto en un régimen cambiario flotantecomo en uno de cambios fijos pero ajustables. Desde esta óptica, la desaparición de la valuta continental y la vuelta al Deutche Mark se traduciría en una fuerte apreciación de éste y en un deterioro de la capacidad competitiva de Alemania cuyo crecimiento reposa básicamente en el dinamismo de su sector exportador.

Por otra parte, la posición acreedora de la banca alemana en la actual coyuntura europea sufriría un duro quebranto si, por ejemplo, los Estados periféricos de la eurozona decidiesen o se viesen forzados a abandonarla. En este contexto, ese retorno a las monedas nacionales se vería acompañado de una intensa depreciación de las mismas y, en consecuencia, en masivas pérdidas de capital para las entidades crediticias germanas que ahora poseen activos del sector privado y público de la periferia denominados en la moneda común. En otras palabras, el sistema bancario alemán, cuya solidez es cuestionable, se sería abocado a una situación extrema. Si bien es cierto que Alemania podría absorber el desplome de la suspensión de pagos de Grecia, es impensable que cuente con los recursos para recapitalizar sus bancos si Irlanda y Portugal hacen default por no hablar de que esa posibilidad se materializase en Españae Italia. Desde esta óptica, la patria de Goethe está en una posición de extrema fragilidad si la UEM estalla.

Ahora bien, Alemania tiene razón en dos temas centrales: Primero, los problemas económico-financieros de Europa se han convertido en un riesgo sistémico porque los países miembros de la Eurozona que amenazan con desestabilizarla no han hecho los deberes; segundo, la solución a la presente situación implica que esos Estados han de aplicar ajustes fiscales para recuperar su solvencia, medidas reales de saneamiento de sus sistemas financieros y reformas estructurales para crecer. Sin esos elementos, cualquier salida de la crisis es ilusoria. Esto es verdad y resulta imprescindible pero también lo es que el panorama ha llevado a un extremo de tal gravedad que, por si solos, los esfuerzos individuales de los Estados pueden ser insuficientes para estabilizarla. En este sentido, el temor de Alemania es que los fondos empleados para rescatar a los deudores eliminen los incentivos para poner en marcha políticas ortodoxas.

En ese sentido, la tesis de que imponerles reglas desde fuera y/o condicionar las ayudas a que cumplan garantiza aquel objetivo es cuestionable. De entrada, eso no ha sucedido hasta ahora. Por otra, si los Estados rescatados no aplican estrategias macro y microeconómicas rigurosas, se reproduciría el mismo problema que en la actualidad, es decir, la opción de dejarles caer en la bancarrota o volverles a inyectar fondos. Si en estos momentos, una default de uno o varios Estados de la UEM se considera inaceptable porque pone en riesgo la supervivencia de la zona, mañana sucederá lo mismo. Es, valga el casticismo, la pescadilla que se muerde la cola, un dilema que resulta imposible o muy difícil resolver. Esa es otra de las dudas que han paralizado hasta ahora una acción más decidida de Alemania.

¿Qué sucederá? Predicción compleja…Al margen de los indudables costes que para Alemania supondría el estallido de la UEM existen factores adicionales importantes que avalarían una política más pro activa de ese país. Por un lado, la ruptura del euro pondría en cuestión la propia viabilidad de la Unión Europea, sería un fracaso histórico del que se culpabilizaría a los alemanes. Este no es un factor baladí si se tiene en cuenta la historia de Alemania desde el final de la II Guerra Mundial; por otro, la posible alternativa de crear una unión monetaria más reducida, con los virtuosos en torno a Alemania produciría el efecto inmediato de una apreciación brutal del nuevo euro frente al resto y además no eliminaría el impacto negativo de esa decisión sobre la solvencia de las entidades acreedoras cuyos créditos pasarían a ser denominados en una o varias monedas muy devaluadas.

En este contexto, la única salida real que sería aceptable para Alemania para implicarse hasta las últimas consecuencias en el “salvamento” de la UEM supondría la aceptación de facto de una “dictadura” económico-financiera del país liderado por Merkel. En caso contrario, el compromiso alemán con cualquier fórmula imaginable para salvar el euro será débil y de improbable viabilidad. Se adoptarán, como hasta la fecha, medidas insuficientes y además tarde.
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