23 de septiembre de 2021, 16:07:58

columna salomónica


El picadero de Gadafi


José María Herrera asegura que en Libia llegan diariamente noticias de escándalos protagonizados por la prole de Gadafi.


A mediados de Junio, la OTAN bombardeó la Universidad Al Fateh de Trípoli, principal centro de estudios de Libia. Estudiantes y profesores protestaron por lo que parecía un ataque a la ciencia y el saber. Aunque la agresión tuvo lugar en día festivo y no hubo víctimas, sirvió de excusa al régimen para probar que las fuerzas occidentales no apoyaban a los rebeldes, sino que perseguían sus propios intereses. La OTAN, por lo que sé, ni siquiera insinuó que se tratara de un error.

El misterio ha quedado resuelto esta semana con el descubrimiento en la Universidad de un complejo clandestino formado por una habitación lujosamente amueblada, un cuarto de baño dotado de todas las comodidades y un consultorio médico preparado para operaciones ginecológicas de urgencia. El rector magnífico, conmocionado tras el hallazgo, declaró primero ante las cámaras de televisión no saber nada de todo esto, aunque segundos después acusó a Gadafi de utilizar este sitio para reunirse con sus ligues, violar estudiantes y practicar abortos ilegales.

Como cualquier tirano, Gadafi es responsable de muchas cosas execrables, por las que algún día tendrá que pagar. Ello no impide, sin embargo, que él mismo se haya convertido hoy en víctima de todo género de especulaciones. Es lo que suele ocurrirles a los tiranos cuando les llega la hora. Sus propios partidarios son los primeros en marcar las distancias y para ello no dudan en acrecentar su elenco de maldades. Ensañándose con el caudillo que antes veneraban buscan una vía de escape. Libia no es una excepción. Diariamente llegan noticias de escándalos protagonizados por la prole de Gadafi. Aunque no hay motivos para dudar de ellas, los detalles resultan a menudo sospechosos. Sin ir más lejos el otro día unos rebeldes entraron en la casa de una hija del dictador y se fotografiaron en su cama, que hallaron deshecha, con las sábanas de satén revueltas y una botella vacía de Dom Pérignon sobre la almohada. El peor guionista del mundo no habría imaginado un escenario más tópico.

A mí no me ha llamado la atención que Gadafi dispusiera de una estancia clandestina en la Universidad de Trípoli. Sí, en cambio, la prisa con que se ha decidido que se trataba de un picadero y, sobre todo, los motivos que algunos han esgrimido para demostrarlo. En un medio español he leído que la cosa no dejaba dudas porque las instalaciones reunían los requisitos habituales: “una cama doble, alfombras de estampados de flores, lámparas que emiten una luz anaranjada y hasta un jacuzzi en el baño contiguo”. Me abstengo de comentar la descripción, pero comprenderán ustedes que me sonría al mencionarla.

Sospecho que la gente joven no sabe con claridad qué es un picadero. Usan el término imprecisamente y como quien ha oído campanas. Una página muy popular de la red llama así a los lugares apartados donde los enamorados acuden con el automóvil sin temor a los mirones. No digo que un descampado no sea un lugar perfecto para entregarse a los deleites carnales, pero les aseguro que, sensu stricto, no es un picadero.

Lamentablemente, he perdido el tiempo hablando sobre Gadafi y ahora no me da para hacerles una historia del picadero, como pretendía. Me hubiera encantado contarles por qué utilizamos una palabra procedente del mundo ecuestre -estrictamente, el picadero es un lugar vallado donde conviven caballos y jinetes- para referirnos al lugar donde se reúnen en secreto los amantes y la relación que esto tiene con los pabellones de caza que solían usar los viejos aristócratas para sus amores clandestinos. Luego les hubiera hablado de la burguesía y de la época de las mantenidas, deteniéndome, claro, en la descripción de los casinos venecianos, pisos de pequeño tamaño donde patricios y patricias se refugiaban para escapar del protocolo de sus grandes mansiones. Como venetólogo, hubiera disfrutado describiéndoles el casino del señor de Bernis, embajador de Francia a mediados del XVIII y luego cardenal, que disponía, entre otras cosas, de una habitación dotada con ventana camuflada desde la cual observar las evoluciones eróticas de los invitados. En fin, y para añoranza de muchos de ustedes, hubiera rememorado la época en que se recurría a los apartamentos de los amigos solteros y, a falta de ellos, a los hoteles de carretera, establecimientos de bajo presupuesto que, sin embargo, disponían a veces de camas con dosel, espejos en el techo y otros detalles de noble abolengo. Para concluir, les hubiera hablado del fin histórico del picadero, relacionándolo primero con la época de la burbuja, tiempo ya remoto en el que cualquier gañán se podía pagar un crucero, y luego con la crisis, por culpa de la cual hay gente que cree que es lo mismo un descampado que un pabellón de caza, un apartamento veneciano o un hotelito de las afueras. Les hubiera hablado de esto y del periodista que piensa que en todo picadero debe haber una alfombra de flores y luces anaranjadas. Y hubiéramos pasado un buen rato, claro que sí.

Lástima de tiempo.
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