27 de septiembre de 2021, 3:09:25
Opinión


Mal acaba lo que bien empieza



Estamos en una época de principios felices y finales desastrosos. Empezamos todo con una sonrisa, con una felicitación, con confetti al aire, y arroz al cabello. Nos ganamos a los demás con promesas, conscientes e inconscientes, verbalizadas o sugeridas, a veces incluso imaginadas.

Nuestra personalidad es una promesa, y nuestras vidas son campañas electorales contra miles de contrincantes. Fracasamos y lo intentamos de nuevo, hasta para ser presidente de gobierno. La gente nos mira, nos felicita, damos los primeros pasos bajo sonrisas… hasta que llega el final. Y el final casi siempre es desastroso. La cultura de los siglos XX y XXI es una cultura, por el momento --y nada indica que vaya a cambiar, más bien al contrario-- de principios mágicos, esperanzadores, ilusionantes: Hitler, Obama, ZP, la carrera de nuestros hijos, nuestras parejas, la última inversión, el último trabajo o cargo, la última visita al dentista. Y finales turbulentos. Todo comienza con una variante del final de los cuentos tradicionales : “y serán felices y comerán perdices.” Pero acaba como el rosario de la aurora, sin postre ni café. Quizá sea que antes nosolíamos comer perdices de aperitivo. Hasta que comenzamos a hacerlo y se fastidió el asunto.

He buscado entre mis autores favoritos, mis interlocutores de otras épocas, información relativa a los inicios y los finales. Me resisto a creer que sea verdaderamente la marca de nuestra época. Busco citas o indicios en el pasado, con mal final y peor suerte. De los finales, Montaigne no dice nada relevante; Platón dormita en su república tras un banquete, y Aristóteles, en la Poética, habla de inicios y finales, pero fundamentalmente los clasifica: comedia si acaba bien, tragedia si acaba en muerte. Y yo me pregunto (quizá con Unamuno), ¿qué no acaba en muerte? La clasificación de Aristóteles, por lo demás, me interesa; hoy mucha gente cree que la comedia es reírse, y que se puede hacer un club de ello, pero la comedia no es reírse sino acabar bien, algo que no es solo pasar el tiempo, sino que implica un trabajo.

Shakespeare sí dice algo en sus obras, pero remito al lector a ellas, para empujarlo al disfrute. Schopenhauer no habla de inicios, ni de cómo son los finales, quizá porque para él solo había finales y malos. Dickens siempre defendió el final “vermut”, dulce con amargor subyacente. Alguna vez le escuché a Benet algo defendiendo que si algo cambia, solo puede ser a peor. Becket los buscaba, aunque más bien evitaba cualquier tipo de final. El zen, la puerta sin puertas, no dice nada de comienzos y finales, quizá porque no cree en ellos. Pero eso es otra historia.

En cuanto a los principios, menos información aún. Excepto el proverbial “bien acaba lo que bien empieza” o su inverso “mal acaba lo que mal empieza”, poco más. Goethe, desde su clasicismo, dijo que “todo comienzo tiene su encanto”; Helen Rolland, algo más sarcástica, cercana a la actualidad, y fantástica recopiladora de las confesiones de la mujer número setecientos del sabio Salomón, escribió que “para una mujer, el primer beso es el final del comienzo; para un hombre, el comienzo del final”. Lo curioso es que hoy en día, las cosas están más cerca de lo que ella dijo que de otra cosa. “Mal acaba lo que bien empieza” podía ser el “motto” de estos tiempos, de nuestras vidas, de nuestros anhelos y de nuestras relaciones.

¿Y cómo evitarlo? En general, hemos optado por el esfuerzo. Lo que empieza bien tiene que acabar bien por narices. Hemos desarrollado toda un cultura de terapeutas, “coachs”, animadores familiares y extraños, para esforzarnos en que termine bien lo que bien empezó. Pero aun así no lo conseguimos. Los felices comienzos son fotos del pasado, diplomas, fiestas en la memoria, noticias de otra época. En este país, no hay presidente de gobierno que no haya salido “por patas” de la oficina. Acusado, vilipendiado, escarnecido. Consulten las videotecas o hemerotecas para ver cómo comenzaron. Y en nuestro corazón ¿cómo comenzaron las personas que acabaron mal? La pregunta es, si no nos valen entrenadores personales, terapeutas, confesores, ni cursillos de Pilates, ¿qué podemos hacer para salir de la infernal rueda --en el sentido budista-- de inicios felices y finales desastrosos? La respuesta es difícil. ¿No comenzar? Pero, ¿quién no comienza? ¿Quién no se lanza a intentar ser presidente del gobierno, con crisis y todo? Quizá lo más sabio sea no presentarse, lo menos imprudente. ¿Prudentes Rajoy o Rubalcaba? El simple hecho de presentarse voluntariamente como candidatos a la presidencia del gobierno español en las actuales circunstancias los certifica como dos de las personas más imprudentes del reino. “Mal acaba lo que bien empieza”, el lema de nuestro tiempo.

O es posible que la solución sea no acabar nunca. Seguir el ejemplo de la catedral de Toledo; convertirnos en catedrales y dejar una torre en eterna construcción. Para que así nos puedan admirar con cierta tranquilidad por algo más de tiempo.
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