16 de octubre de 2019, 5:11:38
Opinion


Amiguismo y partidismo como fundamento de la política exterior



Uno de los ámbitos donde peor se han hecho las cosas durante estos últimos años ha sido en política exterior. Lógicamente, el desempleo y la crisis económica están focalizando toda la atención durante la precampaña, aunque sería bueno que también se le dedicase su cuota de atención a la imagen e influencia de España a nivel internacional. Tanto Felipe González como José María Aznar supieron llevar a cabo una labor eficaz en este campo, basada en una definición coherente de los intereses españoles y servidos por una política de personal seria y profesional. Una política desbaratada desde la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero con una política caprichosa y partidista, que no fundada en los intereses objetivos del país, cuya estrella es una ingente dotación presupuestaria para un esfuerzo de cooperación que han sido incapaces de gestionar con eficiencia y menos aún de relacionar con objetivos internacionales de interés para España. Primero con Miguel Angel Moratinos y en la actualidad con Trinidad Jiménez, la carrera diplomática ha vivido a caballo entre ingerencias e improvisaciones, teniendo como resultado la pérdida de peso específico en el concierto internacional.

No se trata únicamente de la desordenada ejecutoria de Moratinos y Jiménez en cuanto a sus decisiones de política exterior -que también- sino de la practicada en el marco doméstico. Se ha reducido el número de puestos en el extranjero, pero en distinta proporción que la oferta de empleo público. Ello ha originado que casi un centenar de diplomáticos de carrera estén a la espera de destino en Madrid, mientras otros muchos aún no saben cuál será su primer destino. Tratándose de un cuerpo con la función exterior como su principal característica, se da la circunstancia de que casi la mitad de los diplomáticos españoles se hallan en territorio nacional. Por contra, son más de cuarenta los “nombramientos digitales” en comisión especial, encabezando una embajada o sin un cometido claro; el único requisito es estar en el entorno del PSOE. De hecho, la señora Jiménez ha procedido a nombrar decenas de embajadores en estos últimos meses. Dejando a un lado la obscenidad del gesto poco antes de las elecciones, este tipo de actuaciones de naturaleza clientelar y pandillesca erosiona la profesionalidad e independencia de la administración, haciéndonos retroceder a tiempos caciquiles que creíamos haber dejado atrás desde la ley Maura de 1918.

En todo caso, la representación de España en el exterior es algo demasiado importante como para dejarla en manos de gentes sin oposición ni profesión, cuya única credencial es el carnet y sus únicos conocimientos, el amiguismo y el partidismo.
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