28 de septiembre de 2021, 6:34:00
Opinión


Mundo Árabe (I): Opciones políticas

Víctor Morales Lezcano


“El siglo XXI será religioso, o no será”, exclamó en una ocasión André Malraux. Como estamos comprobando en medios musulmanes, la sentencia lleva camino de encontrar en “Dar al-Islam”, su corroboración más genuina. Sin embargo, se imponen unas puntualizaciones que hacen al caso.

Richard Dearlove, ex-presidente del “Servicio Secreto de Inteligencia Británico” (MI6) entre 1999-2004, ha recordado últimamente que Ayma al-Zawahiri, vicario de Osama bin Laden en la jerarquía de Al-Qaeda, ha descalificado recientemente la vía islamo-moderada que acaba de ser la opción política predilecta para un 40% de tunecinos. Según Al-Zawahiri, se trataría de una suerte de perseverancia en el “error” por parte de gentes musulmanas tibias en su aproximación al credo del Profeta.

Según Al-Zawahiri siempre, la violencia como instrumento adecuado para impulsar la guerra tanto contra “infieles” como contra los “pactistas” del PJD en Turquía y ahora de “Ennahda” en Túnez (y mañana, quizá, en Marruecos, Egipto y Libia), es la vía única para ganar la Batalla. Dearlove reconoce desde su regiduría del Pembroke College (Cambridge) que, en escenarios de la complejidad que presenta el tándem afgano-paquistaní, sí siguen existiendo serias probabilidades de adopción del llamamiento al “jihad”.

Fuera de aquel escenario centro-asiático, quizá Arabia Saudí podría señalarse en calidad de bastión fundamental del Islam rigorista y militante, dispuesto a sumarse al “jihad” -si llegaran a exigirlo las circunstancias-.

Por el contrario, el resto de los países árabes que han sufrido recientemente las turbulencias de todos recordadas, al menos entre Egipto y Marruecos, no parecen expuestos a ser escenarios propicios al triunfo de la opción salafista, radicalmente extremista.

A partir del “11-S”, las consignas y medidas de seguridad que impregnaron las actividades transfronterizas a lo largo y ancho del planeta Tierra fueron duplicadas mentalmente con la creencia de que el Islam en sí, sin connotaciones diferenciales de tipo alguno, era un “enemigo público” a escala global. Se trata de una pauta mecánica de origen “neocon”, que ha calado hondo y que tardará un buen tiempo en desintegrarse.

Los indicios del Tiempo presente apuntan, empero, a que la “primavera árabe” ha logrado abrir brechas considerables en el constructo salafista, pero también en la fe ciega -e injusta- de quienes apostaron por las dictaduras “sultaníes” en cuanto regímenes políticos adecuados para gobernar sociedades subvertibles a través del Islam radical.

La aparición de lo que, con originalidad, ha venido a denominar la prensa en Francia, fenómeno de “islaïcité”, no deja de inspirar ciertas conjeturas en torno al futuro desarrollo de un Islam moderado y copartícipe del pluralismo religioso y político con el que Occidente se compadece mucho más que con otras fórmulas drásticas. O sea, aquéllas que alimentaron hace unos quince años los humores jihadistas que culminaron en el “11-S”.

Una vez más, la advertencia que se viene reiterando en esta columna de EL IMPARCIAL, es que no resulta juicioso “echar las campanas al vuelo”, creyendo que las heridas abiertas en el necesario diálogo de civilizaciones vayan a cicatrizar de hoy para mañana. Los indicios, aún así, son alentadores a la luz de las elecciones celebradas en Túnez. Queda por ahora pendiente de recorrer el tramo de este fin de año 2011 para ver algo más claro el estado de la situación que se analiza aquí.

No será banal, empero, hacer una digresión a propósito de la ausencia notoria de intelectuales en el elenco de personajes que están protagonizando esta transición del Islam norteafricano hacia fórmulas de compatibilidad impensables hace sólo diez años. Veremos este asunto por separado próximamente.
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