14 de mayo de 2021, 9:46:45
Opinión


Putin, a veinte años de la URSS

Alejandro Muñoz-Alonso


Rusia está viviendo, en este mes de diciembre que se acaba, una larga serie de manifestaciones de protesta por los patentes fraudes que se han cometido en las recientes elecciones a la Duma. Pero, al mismo tiempo, todos los observadores ven en estas manifestaciones populares una anticipada protesta por la perspectiva de que Putin se instale de nuevo en la presidencia de la Federación a partir del próximo mes de marzo. Nadie duda de que durante estos últimos años el Presidente nominal, Medvedev, ha sido poco más que una marioneta en manos de su teórico primer ministro; nadie duda tampoco de que la popularidad de Putin sigue siendo suficientemente elevada como para que su elección en marzo –fraudes aparte- no corra ningún peligro. Pero también parece evidente que el sector contrario al “putinismo” es cada vez mayor y más decidido a dar la batalla política, por más que sus actuales posibilidades sean muy escasas. Lo que parece claro es que el “putinismo” empieza a dar señales de agotamiento y su época dorada se desfleca a ojos vista.

Y todo esto ocurre exactamente veinte años después de que la Unión Soviética se desmoronara, dejando un vacío que ninguna de las tres grandes figuras de estos veinte años, Gorbachov, Yeltsin y Putin, han sido capaces llenar. Y, menos aún, de alcanzar algo más que una apariencia de estabilidad. O de configurar un sistema político que merezca razonablemente la etiqueta democrática o que haya hecho de los derechos humanos y del Estado de Derecho una seña de identidad. Tras Stalin, la URSS abandonó el totalitarismo duro para instalarse, de Kruschev a Brezhnev, en un Estado policiaco y autoritario, que conformaba un totalitarismo más suave. Vinieron después los ensayos liberalizadores de Gorbachov y Yeltsin, fracasados en definitiva, tras iniciales apariencias positivas y ha desembocado con Putin en un nuevo Estado policial que ha renovado la metodología KGB y algunas de las prácticas del sovietismo. El autoritarismo sigue imperando en Rusia como la constante más definitoria de su historia. ¿Dónde está Rusia veinte años después de que se hundiera la Unión Soviética?

Tuve ocasión de vivir sobre el terreno -en Moscú y en conversaciones con los más destacados dirigentes soviéticos- el último intento de evitar la desintegración del gran conglomerado soviético. Fue en la semana final de noviembre de 1991, cuando, ya disuelto el Partido Comunista, se intentaba mantener, sobre bases diferentes, aquel enorme conjunto de pueblos y etnias tan distintos y alejados entre sí. El desconcierto era total. Por aquellos días se había celebrado en los alrededores de Moscú, en Nova Ogarova, una reunión de los dirigentes de todas las repúblicas que habían constituido la URSS en la que se había redactado un proyecto de Tratado de la Unión que debía sustituir al que en 1922 había creado la URSS. La nueva entidad se debía llamar, según Gorbachov, Unión de Estados Soberanos y tendría un carácter confederal, es decir los lazos entre los componentes serían más laxos que los existentes en una unión de carácter federal, como teóricamente había sido la autoritaria Unión Soviética. Pero faltaba que ese texto lo ratificaran los Parlamentos de todas las repúblicas, ratificación que nunca llegó a producirse. Y la URSS se desnmoronó.

Era curioso oír a Lubenchenko, último presidente del Soviet de la Unión, afirmar: “Dios lo ha decidido todo… solo nos queda cumplir los planes de Dios”. Como lo era escuchar a Gorbachov decir –todo ello en privado, por supuesto- “Ni Jesucristo podría resolver los problemas que se producirán si se llega a la desintegración”. El mismo Gorbachov afirmaba: “No tenemos tiempo. Solo nos queda 10, 15 o 20 días, un mes como máximo”. Pero no se llegó al mes. En buen medida porque Yeltsin solo pensaba en Rusia y le importaban muy poco el resto de las repúblicas. Cuando yo le pregunté cómo pensaba que se podría solucionar la cuestión tan importante del Tratado de la Unión me contestó a voces que el Tratado no era importante. “Eso se lo habrá dicho a usted Gorbachov”, lo que era totalmente cierto. La tensión entre los dos hombres estaba resuelta desde que en agosto anterior Gorbachov había sido detenido en Crimea por los golpistas llamados “conservadores” que deseaban mantener las esencias comunistas y Yeltsin, encaramado en un tanque, había salvado “a la democracia soviética”, si es que tal cosa existía.

Las dos banderas que ondeaban en dos torres distintas del Kremlin, la roja con la hoz y el martillo y la tricolor blanca, azul y roja de la vieja Rusia simbolizaban esa tensión. Creo que fue precisamente el 25 de diciembre cuando la primera fue arriada definitivamente. Yeltsin había ganado la partida, Gorbachov dimitía como Presidente de la URSS y se iniciaba una experiencia democrática poco afortunada. Al amparo de la libertad, más amplia sin duda que anteriormente -aunque con Gorbachov ya se notaban los nuevos aires- las mafias hicieron su agosto a costa de una oleada de privatizaciones mal planteada, que ha dejado en los rusos un amargo sabor por la democracia y la economía de mercado. Según una reciente encuesta del Pew Global Attitudes Survey, casi el 60 % de los rusos prefieren “un líder fuerte” a un “gobierno democrático”, que solo alcanza el 30 % de las preferencias. Y por la “libertad frente a la interferencia del Estado” solo apuestan el 25 %.

Putin, que hace algunos años dijo que la desaparición de la URSS había sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX no desea reconstruir el imperio soviético, seguramente porque sabe que es imposible. Pero sus métodos de trabajo y de gobierno tienen sus raíces en la época soviética. Uno de los aforismos que repite con más frecuencia es bien indicativo a este respecto: “Quien no lamente la desaparición de la Unión Soviética, no tiene corazón; quien quisiera volver ahora a aquello, no tiene cerebro”. Pero el objetivo principal de su política exterior es una Unión Euroasiática, que trata de crear una amplia zona de influencia sobre los territorios que constituyeron el imperio de los zares primero y, después, el imperio soviético. Como en los viejos tiempos (y me refiero no solo a los soviéticos sino a las tendencias eslavófilas del siglo XIX) cualquier tentación de occidentalismo está mal vista y Putin ha recuperado uno de los temas favoritos de Stalin, el de la Rusia acosada por el imperialismo, como muestra su reacción ante los proyectos de defensa antimisiles, puestos en marcha por los Estados Unidos. Pero a Putin no le preocupa solo la potencia americana sino también China, un enemigo mucho más tradicional de lo que se piensa en Occidente.

Pero no lo tiene fácil Putin. En el reciente Foro Parlamentario Transatlántico, celebrado en Washington a principios de diciembre, varios expertos han analizado la actual situación de Rusia y sus conclusiones no son demasiado optimistas. Putin quería que Rusia creciera al 7 % para poder convertirse en la quinta potencia económica del mundo, pero las previsiones la dejan en el 4 % lo que impedirá alcanzar esa meta. Si el precio del barril de petróleo se situara en torno a los 80 dólares, Rusia se instalará en el déficit. Sobre todo si se tiene en cuenta que necesitará un gasto de defensa del orden de los 613.000 millones de dólares para modernizar sus anticuadas Fuerzas Armadas. Uno de los expertos washingtonianos, Jan Brzezinski -hijo del asesor de seguridad nacional de la época Carter- advertía que esperar más democracia en Rusia iría contra el ADN de Putin. François Furet, en su gran libro Le passé d’une illusion, escribió que “la manera como se descompuso la Unión Soviética y consiguientemente su Imperio, sigue siendo misteriosa”. Pero si misteriosa fue la desintegración de la URSS no menos misterioso es el futuro de la Rusia de Putin y de lo que venga detrás de él.
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