7 de julio de 2020, 15:23:48
Opinión


Lealtad a la Corona

Antonio Hualde


Acaba la última semana del año con las cuitas sobre lo que cuesta o deja de costar la monarquía en España. Allá cada cual con su opinión; personalmente, creo que no es oro todo lo que reluce y que tras tanta pompa y oropel hay más servidumbres al cargo de lo que muchos piensan. Es ésta una institución donde las formas tienen una importancia considerable, de ahí que se tienda a magnificar todo que la rodea, cuando no siempre es así. De todos modos, hay veces en que la realidad supera a la ficción.

Japón, por ejemplo, es un país donde la figura de su emperador llegó a concitar una devoción difícilmente imaginable en Occidente. Prueba de ello son los soldados que quedaron dispersos por algunas islas del Pacífico y que se negaron a rendirse tras el final de la Segunda Guerra Mundial, precisamente por su compromiso imperial. El último de ellos, Hiroo Onoda, se escondió en la selva filipina junto con tres compañeros, y allí se hicieron fuertes. Pensaban que Japón no había capitulado, y que los panfletos, periódicos y mensajes de su familia que el ejército filipino les arrojaba no eran sino estratagemas para que entregasen la posición. Finalmente, fue un estudiante universitario japonés quien pudo llegar hasta Onoda -sólo quedaba vivo él- e intentar convencerle para que regresara, pero éste se negó, alegando que sólo lo haría si su antiguo comandante se lo ordenaba. El estudiante logró dar con su antiguo oficial al mando y, entre ambos, consiguieron traerlo de vuelta a Japón, donde fue recibido como un héroe. Nada más aterrizar, lo primero que hizo Onoda fue pedir que le llevasen frente al Palacio Imperial, a cuya puerta se postró y pidió perdón al emperador por haberse rendido. Era 1974; 29 años, pues, del fin de la guerra. Y toda una vida de lealtad.

Claro que no todos los súbditos son igual de leales a su rey. Gustavo III de Suecia andaba siempre con miedo a que le asesinaran; hasta dejó de beber café porque pensaba que era un veneno. Para demostrarlo, ordenó a un reo tomar café todos los días y a otro tomar té. El experimento, seguido por una comisión médica, no obtuvo los resultados esperados: primero murieron los médicos, después el rey -asesinado en 1792 durante un baile de máscaras, lo que daría pie a Verdi para componer Un Ballo in Maschera- , muchos años más tarde el condenado a beber té y por último el bebedor de café.

Algunos monarcas fueron también ejemplares en sus últimos momentos, como Catalina Howard, una de las esposas de Enrique VIII: la noche antes de su ejecución, pidió ensayar su decapitación, porque una reina de Inglaterra debía morir como era debido. Algo más mundano, a la par de humilde, fue el gesto que tuvo Carlos I con uno de sus mejores generales, Antonio de Leyva. Vencedor en Pavía, cuando se presentó ante el emperador, fue éste quien se levantó a abrazarle -algo totalmente inusual en el rígido protocolo de los Austrias- y le pidió que le concediese el honor de alistarse en su regimiento como soldado raso. Eran otros tiempos, y otras la personas. Claro que por aquel entonces, no había yernos que jugasen al balonmano…aunque, si los hubiese, los motivos para ser leal tampoco variarían un ápice. Hay principios que resisten muy bien al paso del tiempo.

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