24 de septiembre de 2021, 3:12:00
Opinión


Primer plano del Marruecos post-electoral

Víctor Morales Lezcano


El cuadro político del reino de Marruecos resultante de las elecciones del 25 de noviembre pasado, evidencia tres líneas de comprobación.

La PRIMERA de ellas -casi es ocioso constatarla- refuerza una vez más la institución monárquica. Las “concesiones” del Trono alauí, a partir de la Constitución avalada el 16 de junio de 2011, han sabido suavizar el poder inveterado de la Corona en tiempo no sólo de levantamientos revolucionarios en el mundo árabe, sino también del emprendimiento de un itinerario dirigido en el norte de África hacia regímenes constitucionales.

La SEGUNDA de esas líneas ha permitido que la corriente moderada del Islam marroquí, encarnada en el “Partido para la Justicia y el Desarrollo”, resultara ser la opción más votada en las urnas. Marruecos se inscribe de esta manera en la oleada reformista que pretenden aplicar “Ennahda” en Túnez, o “Libertad y Justicia” en Egipto.

Ahora bien, de resultas tanto de la ley electoral vigente en Marruecos, como de la dinámica histórica de su sistema pluripartidista, el PJD ha tenido que coaligarse con cuatro (¡!) fuerzas enraizadas de antiguo en la partitocracia marroquí. Sus apellidos son: “Istiqlal”, o piedra fundacional de la nación independiente; “Haraquíes”, o federación de intereses berberistas; “Movimiento Popular”, de rancia tradición conservadora; y “Partido del Progreso y del Socialismo” (PPS), cuya raigambre comunista recordamos todos aquéllos que estamos familiarizados con la promiscua relación entre la Corona y el sistema pluripartidista marroquí desde los años 70 del siglo XX. Recuérdese, a propósito, que los dos gobiernos que presidió el socialista Abderrahman Yusufi entre 1996-2001 fueron de inspiración real; o sea, concebidos por el difunto Hassan II y su entorno palaciego más próximo. Indistintamente del juicio que merezca la iniciativa de un gobierno de coalición o Liga (“Kutla”), la segunda edición de esta suerte de bloque de poder a varias bandas, sigue dejando al rey de Marruecos y al “Majzen” en una posición de privilegio que se ha visto reforzada con el nombramiento de nuevos Consejeros reales; tales como Omar Azziman -supuestamente hispanófilo, caso frecuente entre buenos tetuaníes- y Mustafa Sahel -de proclividad francófila manifiesta-. A estos Consejeros reales ha sumado Mohamed VI al polémico Fuad Ali el-Himma, malquisto por un sector popular de la opinión pública marroquí. Consejeros avunculares del Reino, del tipo de André Azoulay y Abdellatif Mennouni, han sido respetados en el reajuste con que Mohamed VI ha querido connotar el gabinete en la sombra instituido por su abuelo (Mohamed V) en 1956.

La TERCERA línea de orientación marroquí que se anunciaba, es la que agrupa a sectores críticos con dos ajustes diversos de última hora con los que la dinastía alauí intenta adaptarse a la cambiante tónica reivindicativa que predomina en todo el norte de África.

Ciertas élites marroquíes han expresado, en efecto, su escepticismo, cuando no su desconfianza, sobre el alcance y la bondad de las cíclicas reformas desde arriba constatables en la historia de Marruecos, como las que impulsaron los sultanes Sidi Mohamed ben Abdallah (1757-1790) y Muley Hassan I (1873-1894). A partir de la independencia de Marruecos, también lo intentaron los tres reyes que han cubierto los últimos cincuenta y cinco años de la historia contemporánea de este país. Figura epónima de esta corriente crítica es el príncipe Muley Hicham -primo de Mohamed VI-, actualmente destacado en la Universidad estadounidense de Stanford (California). Sin embargo, no sería justo no incluir en este esbozo apresurado del Marruecos post-electoral a vastos sectores populares antimonárquicos y, por ende, anti-sistema, que se agrupan desde hace cuatro decenios en torno al personaje carismático de Abdessalam Yassin y al movimiento social-caritativo y justiciero de raigambre islamista, reconocido como “Asociación para la Justicia y la Espiritualidad”. Junto con el frente de jóvenes “indignados” que han configurado el movimiento “20 de Febrero”, “Justicia y Espiritualidad” constituye una corriente callejera, urbana, de oposición a lo que podría denominarse como el Marruecos oficial.

En comentario de Omar Iharchane, mediador entre los numerosos adeptos con que cuentan, ahora, el movimiento “20 de Marzo” y las capas populares de obediencia islamo-contestataria, la tasa de abstención elevada que se registró en las últimas elecciones generales, hunde sus raíces -entre otras causas- en la convergencia insólita de jóvenes anti-sistema y de un Marruecos refractario a legitimar, con su apoyo en las urnas, la enésima reforma desde arriba que nuestro vecino meridional viene ensayando desde hace siglo y medio con suerte desigual.
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