22 de noviembre de 2019, 16:29:09
Opinion


Segunda estación, New Hampshire

Javier Rupérez


A estas tempranas alturas de la película nadie duda de la privilegiada posición que Mitt Romney ocupa en la historia: el primero, con diferencia de varias cabezas. Su contundente triunfo en New Hampshire, con una diferencia de más de catorce puntos sobre su inmediato seguidor, le sitúa en privilegiada posición para hacerse con la candidatura republicana. Aunque el camino hacia la meta no esté ni mucho menos despejado: son necesarios 1144 delegados para alcanzar la gloria y apenas son 200 los ya elegidos. El 21 de enero la prueba será en Carolina del Sur y el 31 en Florida. Y así, el rosario de todos los estados hasta llegar a la convención en Tampa, Florida, el mes de agosto. Y luego, claro, la campaña contra Obama. Para los amantes de la política, el mayor y mejor espectáculo del mundo. Pero, qué duda cabe, el millonario mormón que fuera Gobernador de Massachussets tiene ya mucha de las papeletas para hacerse con el santo y la limosna para enfrentarse al hoy presidente en nombre del Partido Republicano.

Claro que New Hampshire era terreno abonado para Romney pero no por ello deja de ser significativa la composición del voto que ha recibido: ha obtenido la mayoría de hombres y mujeres, de cristianos evangélicos, de seguidores del “tea party”, de universitarios y de los que no lo son y de todos los grupos de edad a partir de los 30 años. Solo ha quedado en inferioridad relativa con relación al voto de los independientes y de los jóvenes entre 18 y 29 años -en los que ha sido superado por Ron Paul, el veterano y libertario representante por Tejas-. Un resultado que parece describir el ánimo realista del electorado conservador y centrista: importa sobre todo llegar a la Casa Blanca y como el Paris de antaño, la mansión washingtoniana “bien vale una misa”. Aunque el candidato no llene las exigencias de todos. Cuando un razonable número de independientes y una mayoría de “tea partiers” confluyen en la misma persona, esta imponiéndose el criterio de la “electabilidad”. Y hoy por hoy para los republicanos de todos los colores la fuerza del sambenito la recoge Romney. Así son las cosas.

Como era de esperar, el pelotón no se conforma y anuncia medidas contundentes contra el que encabeza la carrera. Al frente de la disidencia se sitúa el que fuera Presidente de la Cámara de Representantes, el conflictivo, colorista y no siempre bien recordado Newt Gingrich, a lo que parece dispuesto a enterrar millones de dólares en una vigorosa campaña de anuncios televisivos en los que se critica al “capitalismo salvaje” que Romney habría practicado durante su carrera financiera. Amén de acusarle de “moderado” y por consiguiente insuficientemente “conservador”. Las primarias de Carolina del Sur, estado ideológicamente situado a la derecha del espectro, nos dirán el recorrido que la acción del ex Presidente merece, aunque en principio parezca peculiar que un republicano acuse a otro, en tonos que hacen recordar los de la izquierda sindical demócrata, de practicar el “capitalismo”. En la reclamación de los auténticos valores conservadores, bien que sin la agresividad de que hace gala Gingrich, le siguen Rick Santorum, descolgado en New Hampshire a una quinto puesto después del muy meritorio segundo que obtuvo en Iowa, y Rick Perry, al gobernador de Tejas, cada vez mas alejado del grupo de cabeza. Más centrado queda Jon Hunstman, que fuera Gobernador de Utah y con Obama embajador en China, que comparte con Romney la profesión de fe mormona, ausente de los caucus en Iowa y bien situado como tercero en las primarias de New Hampshire, que hace gala de un republicanismo suave e ilustrado. Quizás calcule que el eventual fracaso de Romney en las presidenciales de noviembre le sirva pata imaginar su candidatura a las de 2016, cuando Obama cumpliera los ocho años de mandato. Porque existe un puesto que Hunstman no podría ocupar: el de candidato a la Vicepresidencia con Romney. Dos mormones en el mismo menú resultarían indigestos para el cuerpo político americano, bien que la orientación religiosa del ex gobernador de Massachussets no haya sido objeto hasta ahora de mayores polémicas o cuestionamientos. Hasta la derecha protestante evangélica parece dispuesta a otorgarle su confianza. Signo indudable de la animadversión que en ciertos sectores suscita Barack Obama.

Que Romney no tiene todo bien atado lo demuestra el posicionamiento de Ron Paul, contra todo pronóstico situado en segundo lugar en las primarias de New Hampshire. Su éxito solo puede explicarse como índice del rechazo que todavía merece Romney en parte de las filas republicanas y no tanto como adhesión a planteamientos radicales imposibles de cohonestar con las corrientes mayoritarias del partido. Si los resultados de las consiguientes primarias le siguen concediendo algún favor, Romney puede encontrarse con una masa política fracturada que en el mejor de lo casos le anuncia una complicada convención y en el peor la presentación de Ron Paul como tercer candidato a las presidenciales. Ambos escenarios, y sobre todo este último, resultarían catastróficos para las aspiraciones presidenciales de Romney y del Partido Republicano. Los espectros de Ross Perot y de Ralph Nader ya vuelan opresivamente sobre el mapa político nacional.

Pero más allá de las incidencias del proceso, en sí fascinantes, queda la admiración que produce el funcionamiento del sistema. Claro que existen fallos e inconvenientes, entre los que habría que señalar su tremendo coste, la selección negativa que ello comporta, su longitud, a ratos su misma brutalidad. Pero al mismo tiempo es este un sistema que permite la confrontación de ideas hasta sus mas íntimos recovecos, no menos que el conocimiento de las capacidades personales y políticas de los candidatos, sus virtudes y defectos, sus historias personales y familiares, sus riquezas y pobrezas, sus negocios o la falta de los mismos. Y es además un sistema que pone en funcionamiento el cuerpo politico y electoral de todo el país, pueblo a pueblo, condado a condado, estado a estado. Los americanos, como cualquier otra comunidad, pueden equivocarse en la selección de sus gobernantes pero no pueden achacarlo a falta de información sobre los candidatos o a una insuficiente exposición pública de sus propuestas. La democracia en los Estados Unidos de America goza de buena salud.

Javier Rupérez
Embajador de España
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