26 de septiembre de 2021, 0:34:54
Opinión


Nadie negará lo que es evidente en el oriente musulmán y norte de África

Víctor Morales Lezcano


Nadie negará que tanto la Unión Europea como los Estados Unidos tienen planteada en el oriente musulmán y norte de África una ecuación difícil de despejar; aunque no sea imposible conseguirlo. Para empezar, todo el complejo militar, tecnológico y diplomático americano que se fue construyendo en Oriente Medio a través de diferentes fases, entre 1947-1979, y luego de la revolución iraní hasta el 11-S, se ha visto retado por los cambios revolucionarios en la Zona a lo largo del año 2011.

Piénsese, sencilla y directamente, en el compás de espera a que se ve sometida la actividad política de Washington mientras no culminen del todo las elecciones egipcias y hasta que se sepa qué gobierno de coalición gobernará el legendario país del Nilo. (¿Coalición entre alas diferentes del Islam político redivivo?, ¿coexistencia de éstas con un gobierno civil “vigilado” por la cúpula del ejército?).

El viraje que pretendió imprimir Barack Obama a la actuación global de Estados Unidos en el eje egipcio y saudí del Mashreq con el discurso de El Cairo en junio de 2009, no se ha visto del todo realizado en cuanto que Israel continúa siendo para Estados Unidos un objetivo prioritario en el Mediterráneo oriental. Lo hemos podido comprobar en el seno de Naciones Unidas hace un par de meses, sin ir más lejos.

Por consiguiente, la opinión pública en Oriente Próximo y Medio permanece recelosa, por no decir adversa, a los acomodos de que se vale el complejo militar y diplomático estadounidense en esa parte del orbe mediterráneo. Recelo, decíamos, y hasta adversidad, que no desaprovecha en un ápice el gobierno iraní más rancio para arrojar desafíos, con cuentagotas, no sólo a la quinta flota americana en aguas del Golfo Pérsico, sino también a través de sus caballos de Troya en Siria (“Hezbollah”) y Gaza (“Hamas”). Claro está que el resultado electoral en Egipto, el despeje del conflicto interno en Siria, y el decisionismo del ala likudí y “asociados” en Israel, constituyen todas ellas variables que poseen su dinámica propia, pudiendo alterar el estado de la cuestión tal como se presenta a día de hoy. Y forzar, a la Potencia occidental de la Zona, a nuevos acomodos coyunturales.

En lo que respecta a la Unión Europea, el calvario de sus disensiones internas -agravadas recientemente por la defección británica que protagonizó David Cameron en Bruselas-, si es cierto que no ha impedido una prueba de demostración punitiva en la guerra contra Gaddafi, no lo es menos el hecho de que los miembros más conspicuos del invento han iniciado una trayectoria de descoordinación manifiesta en el escenario de marras.

Nadie negará, tampoco, que el espíritu y la letra de la “Unión para el Mediterráneo” (2008) ha sido objetivo casual de torpedeamientos reiterados y de calado considerable.

La república del presidente Sarkozy y el aparato institucional catalán, con Barcelona en calidad de sede vicarial del invento francés, están acusando los desajustes europeos en Túnez, primero; y en Libia y Turquía (por la cuestión del genocidio de la población armenia en 1915), en segundo lugar. Alemania, por su parte, prefiere evadirse tanto como puede de un avispero que le causa sarpullidos con reiteración molesta.

¿Qué hará la España del “Partido Popular” en el Magreb, para empezar por el principio de la buena vecindad, y, a la larga, con el resto de los conflictos en el Mediterráneo que han exacerbado los cambios revolucionarios iniciados en enero de 2011?

El tenor de la respuesta al interrogante anterior nos lo irá proporcionando la política exterior que el palacio de la Moncloa y el ministerio de Asuntos Exteriores se dignen ofrecernos a lo largo de una legislatura que promete de todo salvo aburrimiento.
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