16 de noviembre de 2019, 2:37:40
Opinion


Romney cabalga de nuevo

Javier Rupérez


Después del susto de Carolina del Sur, Mitt Romney se ha hecho airosamente con las primarias en Florida en las que no sólo ha ganado a Gingrich por una cómoda distancia de 14 puntos sino que además le ha batido en todos los segmentos identificativos del votante: mujeres, hombres, conservadores, centristas, laicos, religiosos, jóvenes, mayores. Los republicanos del “Sunshine State” han apostado masivamente por la elegibilidad del ex gobernador de Massachussets, sin dejarse obnubilar por los reclamos conservadores del que fuera Presidente de la Cámara de Representantes. Aunque éste no dé la batalla por perdida y anuncie, ominosamente, que todavía quedan 46 estados donde dirimir la contienda. No sería de extrañar que planee llevarla hasta la misma Convención republicana en Tampa, en el mes de agosto, y con ello prolongar la incertidumbre hasta el último momento posible. La relativa generalización del sistema proporcional para la elección de los compromisarios puede propiciar, si entre tanto no se ha producido un vuelco electoral, que Romney no consiga su mayoría antes de ese momento. Se prolonga la fiesta, pero también la incertidumbre y un tanto la agonía: ¿será capaz el partido de mantener su integridad y su atractivo electoral después de una larga pelea entre dos candidatos empeñados en destrozarse mutuamente antes de comenzar a exponer sus programas?

Gingrich está todavía vivo, aunque su voto reciba más impulsos de los descontentos con Romney que de los entusiastas de su propia figura. Y es difícil imaginar su recorrido en el momento de la verdad, frente a la poderosa maquinaria demócrata del actual inquilino de la Casa Blanca. Es Gingrich un personaje de cuestionable integridad personal del que cuelgan valores de un conservadurismo oportunista y ramplón y al que acompaña una deteriorada presencia física: fondón, mal encarado, abundante en tripa y en malos humores, sobrado de arrogancia y falto de maneras. No deja de tener sus seguidores, como las primarias están demostrando, pero significativamente sus peores detractores son los que a lo largo de su larga carrera han tenido la ocasión de trabajar en su cercanía. No sería de extrañar que algún maligno publicitario estuviera ya pensando el cargarle el sambenito que persiguió al peor Nixon durante toda su vida política: “¿Compraría usted a este individuo un coche de segunda mano?”.

Con todo, las espadas quedan en alto y Romney, contrariamente a lo que se podía pensar hace todavía pocas semanas, antes que comenzara el proceso en Iowa, no tiene en absoluto garantizada su candidatura. No acaba de encontrar el tono visionario que a la postre es definitivo para convencer al votante propio –tanto más si es ajeno o independiente-, su carta de presentación como empresario de éxito no cubre por completo lo que serian sus responsabilidades como Comandante en Jefe de los Ejércitos de los USA, debe recorrer un cierto trecho para convencer al ala conservadora de sus credenciales y al mismo tiempo explicar que sus vacilaciones ideológicas no fueron tales sino simples movimientos tácticos. Pero, qué duda cabe, en las actuales circunstancias es con mucha diferencia lo mejor que puede ofrecer el Partido Republicano en las elecciones presidenciales de noviembre de 2012.

Los demócratas lo saben y al menos parcialmente lo temen, mientras no dejan de poner una vela a Santa Rita para que fuera Gingrich el elegido: estudios demoscópicos e intuiciones viscerales les anuncian que ello se convertiría en una corrida en pelo para el hoy capitidismunido Barack Obama. Quien por cierto ha sumado en los últimos tres años los peores déficits desde 1946 en las cuentas públicas de los Estados Unidos.

Si a todo ello se añade la persistencia en la carrera de Rick Santorum y de Ron Paul se comprenderá la dificultad del análisis y de la predicción. Aun a considerable distancia de los dos principales contendientes, ambos encarnan todavía bolsas de adhesión y/o descontento por la derecha y por la izquierda del espectro. No es previsible que Paul se haga con el santo y la señal de un partido como el republicano, pero nadie excluye, empezando por el mismo, y con consecuencias devastadoras para los republicanos, su presentación como candidato de un tercer partido. Y Santorum es el conservador al que, a diferencia de Gingrich, el americano medio le gustaría sentar a su mesa: convincente, honesto, monógamo, bien parecido y mejor educado. Si por arte de ensalmo Gingrich despareciera de la palestra no lo tendría fácil Romney con ese tipo. A no ser naturalmente que le invitara a participar en su “ticket” electoral como candidato a la vicepresidencia. Todo se andará. Aunque muchos dijeran que eso de tener en la Casa Blanca a un mormón y a un católico es demasiado para la república de puritanos y protestantes. Cierto es: todavía la religión no ha hecho acto de presencia en el debate electoral. ¿Es ese el próximo capítulo de la novela?

Javier Ruperez
Embajador de España

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