4 de diciembre de 2021, 8:03:32
Opinión


Cuando la civilización apoya a los salvajes

Martín-Miguel Rubio Esteban


Era de esperar que los fanáticos salvajes que lincharon a Gadaffi ( un despotismo pretendidamente benefactor ) en nombre de la libertad ( no hay nada como fundamentar la más brutal esclavitud en su sagrado nombre ), una vez aupados al poder, sigan ejerciendo su frenético salvajismo ilimitado como teoría política innata. Ni a Francia ni a la OTAN les interesa ahora salvar la vida a la gentes civilizadas que aún sobreviven en Libia. Una vez asegurados sus negocios petroleros en Libia, a Francia ya no le interesa perder un solo euro en salvar a los propios libios de la barbarie vesánica que ha asumido el poder. Sólo por ese patente cinismo demostrado por Sarcozy merece éste perder las elecciones ante ese rancio y anticuado discurso de la alternativa socialista. Pero la moral no admite componendas, y los habitantes de Libia no pueden, como ya dijese la máxima kantiana, ser vistos simplemente como medios para conseguir mis intereses, sino como fines en sí. Francia ha asegurado sus reservas de petróleo si Irán corta el suministro a Occidente, pero ha perdido su alma simbolizada en Santa Juana de Arco. El principio de responsabilidad de proteger, esgrimido contra el régimen de Gadaffi, fue sólo un efugio cínico para hacerse con la riqueza de Libia. Mientras el nuevo poder libio asesino siga siendo un fiel mamporrero de Francia, sus crímenes seguirán impunes.

La ejecución de los gadafistas y de las personas civilizadas se hace prolongada hasta que sufran mil muertes, por medio de torturas especialmente refinadas, y en las que se hace necesaria la presencia de los médicos extranjeros de organizaciones no gubernamentales beneméritas – como Médicos sin Fronteras - para lograr la resurrección una y otra vez del torturado a fin de dilatar su muerte de la forma más espeluznante. Todo el endemoniamiento de un país bárbaro y salvaje se desenvuelve aquí en su máxima expresión destrozando cuerpos sensibles que sufren indecibles dolores. Con horrorosa perseverancia, prosigue el nuevo poder libio su escalofriante tarea de verdugo y jifero. Tan lenta y cruelmente son despedazados los cuerpos vivientes, que hasta la hez del populacho de Misrata es presa del horror, que ya es decir en pieles tan poco sensibles. Hasta se despezada a seminiños que no cometieron otra falta que proporcionar un poco de pan a las tropas gadafistas cuando éstas, en su fuga, lo mendigaron. Verdaderamente el oráculo sagrado del Santuario de Amón, situado en el corazón del desierto libio de arenas ardientes y rodeado de centenares de fuentes con vapores sulfurosos, al que te conducen las serpientes divinas del desierto, ha quedado mudo y avergonzado. Y el dios ya no lo habita. Y el divino Catulo ya no compararía la cantidad de besos que daría a su amada Lesbia con el infinito número de arena líbica que rica en laserpicio yace entre el oráculo de Jove ardiente ( hipálage catuliana ), Amón identificado con Júpiter en el oasis de Siwah, y el sacro túmulo del viejo Bato, sino que compararía la cantidad de sus lágrimas con tales arenas.

Cuando uno recuerda las gélidas y espeluznantes palabras de la ex Ministra de Defensa, Carmen Chacón, tras conocerse las imágenes de la muerte de Gadaffi, en contraste con las palabras compasivas y humanas de Rajoy, valora uno una vez más la suerte que hemos tenido de sacudirnos de cierta gentuza. Y el que esa señora pueda convertirse en líder del PSOE nos indica el nivel de degradación moral y de mal gusto al que ha llegado este partido, que es capaz de encumbrar a la que ni puede aportar un mínimum de sensibilidad humana ni de inteligencia alguna.

Por otro lado, el linchamiento del coronel a Gadaffi ha convertido a éste en un mártir glorioso del Islam. A menudo la muerte heroicamente dramática a manos de una vesania bárbara y animal puede disculpar ante el mundo los trágicos errores de la vida de la víctima, y le suele ser otorgada ya una victoria en esta existencia: la especie de doliente crucifixión que padece. Sólo la trágica muerte del dictador Gadaffi será ante su pueblo el auténtico comienzo de su gloria; sólo ella aniquilará ante los ojos de la posteridad sus grandes culpas y eliminará sus graves faltas. Porque, además, todo el mundo sabe que a Gadaffi lo mató Francia a través del peor salvajismo libiofenicio. Estos salvajes sólo han quitado la “carga” de encima de los hombros de Francia. Y Francia nunca los ha dejado de ver como animales de carga, y como animales se han portado y se portan.

Es de esperar que la Democracia de Francia aporte un nuevo Presidente que vuelva al degaullismo prístino y a la misión civilizadora, casi latinizadora y órfica, de la Comunidad Francesa, incorporando a ella la fracasada colonización italiana de Libia. “Silvestris homines sacer interpresque deorum/ caedibus et victu foedo deterruit Orpheus, / dictus ab hoc lenire tigris rabidosque leones” ( El sagrado Orfeo, e intérprete de los dioses, apartó de las masacres y de su repugnante género de vida a los hombres salvajes, y se dice por esto que amansaba tigres y leones carniceros ). Francia, como en otros momentos España, Inglaterra o Alemania, recogió como relevo la antorcha romana de civilizar el mundo e imponer la costumbre de la paz.
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