18 de enero de 2020, 8:22:08
Opinion


Zapatero, con faldas

José María Herrera


Rodríguez Ibarra, el montaraz político extremeño, ha dicho que Carmen Chacón es un “Zapatero con faldas”. A sus camaradas de partido no les ha gustado la declaración. Marcelino Iglesias se ha apresurado a lamentar públicamente en nombre de todos y todas las palabras de su compañero de filas y filos. Con la misma expresión de aquel lacayo que nunca abandonaba la presencia del sultán sin cerciorarse antes de llevar la cabeza sobre los hombros, comentó la lástima que le producía que un personaje de la categoría de Ibarra saliera con esas después de lo que han peleado los socialistas por la igualdad de hombres y mujeres. Boquiabiertos con el espectáculo, muchos ciudadanos se preguntan si esta gente no habrá perdido la cabeza tras el costalazo electoral. Sabíamos ya que los socialistas se llevan mal con el lenguaje (se empieza diciendo “todos y todas” y se acaba no pudiendo decir nada), pero que carecieran hasta este punto de ironía y sentido del humor es algo sobre lo que albergábamos todavía algunas dudas. Vanamente, parece.

Hay que ser un fanático exaltado, un auténtico martillo de herejes, el San Atanasio de la ultracorrección política, para censurar la declaración de Ibarra por machista. En las filas del socialismo, como en todas partes, hay naturalmente algunos especímenes de esta calaña, pero suponíamos que no la mayoría. El hecho de que todos se hayan rasgado ahora las vestiduras demuestra no sólo que estábamos equivocados, sino que Gibbon acertó al decir que lo que es falso para el filósofo resulta a menudo útil para el magistrado. Tanta unanimidad es milagrosa y hay que verla con ironía, como una escaramuza en la guerra que ahora libran entre ellos los adalides del progreso. El espectador lo único que puede hacer es plantear preguntas: ¿habrían reaccionado del mismo modo si Ibarra hubiera comparado a Carmen Chacón no con Zapatero, sino con Einstein?

Salvo las mentes oscurecidas por el dogma feminista, no creo que haya nadie a quien se le escape lo que ha querido decir realmente Ibarra. Todos sabemos, además, que no le falta razón. Hablando políticamente resulta difícil encontrar diferencias sustantivas entre Zapatero y la aspirante. La prueba es que el equipo ideológico del primero se ha pasado en masa a la filas de la segunda. Salvo que se crea que el secretario general de un partido es como un soberano absoluto que hace y deshace a su antojo, indignarse porque alguien diga lo que ha dicho Ibarra en román paladino resulta azorante. ¿Hasta dónde va a llevar esta gente su beatería?, ¿acaso piensan que los demás estamos ciegos? Ya en la antigua Roma, cuando el emperador moría, lo primero era estrellar contra el suelo sus estatuas. Todo el mundo sabía que era el paso previo a poner otras nuevas en el mismo lugar.

Carmen Chacón representa, en efecto, la continuidad de Zapatero. Afirmar que es este con faldas no constituye ningún dislate, aunque hubiera sido todavía más preciso añadir “y a lo loco”, pues: ¿qué clase de renovación representa para un partido al que el electorado ha dado la espalda cambiar el nombre del líder y dejar intacto todo lo demás? Su principal activo, ser a la vez joven y experimentada, es también su mayor lastre, pues semejante coincidencia hace pensar en aquel general romano del que se dijo que adquirió los achaques de la edad, aunque no su experiencia. Chacón ha crecido a la sombra de Zapatero y éste representa la inviabilidad de lo que podríamos llamar “política pastoril”. Si hace ocho años su programa era el símbolo de un partido que abandonaba definitivamente la ideología por el diseño y los sucios suburbios obreros por los barrios céntricos remozados al gusto de las orgullosas minorías, ahora encarna en el imaginario colectivo los peores vicios de una izquierda que ha perdido la conexión con sus principios. ¿Es esta desconexión el aire fresco que se quiere asociar con Carmen, o Carma, la catalana, o no, la andaluza?

A Rubalcaba todo esto probablemente le conviene porque aclara su posición. El apoyo de la vieja guardia lo confirma. El socialismo tiene que dejarse de zarandajas y volver a luchar por las mismas cosas de siempre. Hay que poner los pies en el suelo. Los derechos ciudadanos costosamente adquiridos, y no precisamente los últimos, están en peligro. La crisis amenaza con convertir el porvenir en algo muy desagradable. Si al progresismo le queda algún papel en el futuro es volverse conservador, luchar por los grandes logros del pasado, un trabajo que ni pintado para Alfredo Rubalcaba, un político que se parece como una gota de agua a Carino, el emperador romano que concentró todos sus esfuerzos en perseguir a cuantos fastidiaron su niñez.

PS. Cerrado este artículo se han conocido los resultados de las elecciones del Partido Socialista. El señor Rubalcaba se ha impuesto a la señora Chacón por veintidos votos, una diferencia minúscula que pone de manifiesto la existencia de dos tendencias en el progresismo español, ambas conservadoras.
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