11 de diciembre de 2019, 21:42:21
Cultura

La feria de arte contemporáneo, que concluye este domingo, reúne a 215 galerías


ARCO: en busca de la pureza de la creatividad entre el arte comercial


Un total de 300 coleccionistas internacionales han sido invitados a la 31 edición de ARCO, que abrió sus puertas en Madrid el 15 de febrero y concluirá este domingo. En los dos pabellones habilitados para el evento, 215 galerías y 29 países muestran sus propuestas de arte contemporáneo. Estos son los datos, pero ¿qué sensaciones despierta visitar esta feria?


El ritmo en ARCO es frenético. Los visitantes, profesionales o curiosos, pueden moverse con libertad por los pabellones habilitados por Ifema para albergar las obras de arte contemporáneo que 215 galerías muestran en la 31 edición de la feria. No hay un recorrido establecido ni indicaciones que guíen el camino, algo que se agradece si uno sabe a dónde debe dirigirse, ya que la libertad de movimiento permite toparse con lo que uno busca de forma rápida y, al mismo tiempo, con piezas que pueden despertar la sorpresa del entendido. Quien no sea un experto en la materia y su curiosidad por el arte esté exenta de un vínculo profesional con esta disciplina, se sentirá por partes iguales abrumado e interrogado ante lo que contempla.

El grado de complejidad que entraña la comprensión y el análisis derivado de observar este tipo de arte hace complicado que la visita pueda llevarse a cabo en no menos de dos horas si el visitante quiere cerciorarse de que ha captado la esencia de lo expuesto. Pese a todo, ni siquiera en ese tiempo logrará ver todas las obras, ya que son tantas y ocupan tal cantidad de recovecos que es probable que pase de largo por alguna, por lo que conviene armarse de espíritu crítico para seleccionar lo imprescindible o bien documentarse antes de la visita.

Principiel, de Antoni Tàpies, expuesta en ARCO.


El pequeño tamaño de las cartelas que acompañan a las obras tampoco ayuda a hacerse una idea de su valor. En ocasiones, su ausencia hace imposible al curioso discernir entre técnicas y materiales elegidos por el artista, una información que siempre ayuda a tomar conciencia de qué ha exigido la elaboración de cada pieza. En otras, si bien es cierto, estas fichas suministran suficiente información como para hacerlo sin mayor dificultad, pese a que muchas de ellas estén escritas en inglés; un detalle que hay que entender como un guiño a los coleccionistas internacionales.

La fotografía ocupa un lugar destacado en todo el recorrido, siendo una de las disciplinas artísticas más presentes en la feria, en la que también hay pintura, escultura, piezas audiovisuales o instalaciones. De todas ellas, resulta curioso encontrar obras ciertamente complejas de ejecutar al lado de otras de una simpleza que deja anonadado a quien las observa. Enmarcadas en estilos bien diferentes, pero todos herederos de las vanguardias del siglo XX, no es extraño toparse con piezas vinculadas al arte minimal, de un alto grado de contenido intelectual, pero no así de manufactura; al arte conceptual, en el que importa el proceso que lleva a la obra y no la obra en sí misma que, incluso, el artista puede llegar a hacer desaparecer; o el arte povera, en el que se utilizan materiales de fácil obtención o de desecho como denuncia por la comercialización del arte.

Study from the Human Body. Figure in movement de Francis Bacon.


Entre las piezas con las que el visitante se topa nada más entrar destacan los óleos sobre lienzo de gran formato del estadounidense Ben Grasso, quien es capaz de representar el proceso de desmembramiento de una casa tras lo que parece el paso de un tornado. Más adelante, una estructura geométrica sobre el suelo elaborada mediante la unión estratégica de recogedores de basura despierta una sensación encontrada por la dificultad de comprender qué ha querido transmitir el artista. Pasa lo mismo con otro trabajo colindante que consiste en una fila de calcetines enrollados insertados en una grieta metálica en la pared.

Obra titulada León XII, expuesta en ARCO.


Sin embargo, contemplar la obra León XII invita a volver a creen en el espíritu creativo de los artistas, ya que este trabajo de gran formato está hecho con 300 fotos cosidas a máquina. También resulta interesante un trabajo de Guillem Nadal, a quien su galería Pelaires define como un “maestro en el afán de generar superficies”, en el que el artista parece simular el corte transversal del tronco de un árbol con una tonalidad muy suave de color que casi se desvanece.

La sencillez cromática de Nadal coincide con la de Javier Garcerà, cuyos dos paneles de un rojo intensísimo atraen la atención por la viveza de su propuesta. Y de nuevo con el color como elemento distintivo merece la pena fijar la atención en la pintura Fantasma de la crisálida de Veronique Bour, quien no hace sino remitirse a una evidente herencia impresionista por el trazo de su pincelada y por la importancia de la paleta cromática como factor determinante de la composición.

Pede vento, pe de vento, de Isaque Pinheiro.


Hay quienes utilizan objetos cotidianos para sus creaciones, por lo que resulta bastante habitual encontrar obras en las que el visitante es capaz de distinguir con acierto los elementos utilizados para su obtención. Así ocurre con Des captures de la boliviana Carmen Perrin, quien hace uso de peonzas a rayas dispuestas unas sobre otras para crear un atrayente efecto óptico.

Las obras de pequeño formato comparten el espacio con las de gran formato, que son mayoritarias. Una de ellas es Pede vento, pe de vento, firmada por el portugués Isaque Pinheiro, quien ha creado un abanico gigante con madera de cedro, papel y latón de 270 x 480 x 30 cm. Otra escultura que merece un reconocimiento es El alma de Marruecos, de Jaume Plensa, en la que representa una figura metálica hueca sentada sobre sus talones creada a base de letras y números entrelazados.

Phillip Prioleau, de Robert Mapplethorpe (izq.) y Nocturno Beyeler, de José Manuel Ballester (dcha.)


ARCO también reserva un hueco para los nombres del arte consolidados en la escena internacional. Prueba de ello son las fotografías expuestas de Alberto García Alix, José Manuel Ballester o de Robert Mapplethorpe, cuyo trabajo es descrito por los organizadores como “provocador, amplio y poderoso”. También es posible contemplar un lienzo de Fernando Botero, quien comparte el espacio de la galería Marlborough con otros tres grandes: Francis Bacon, presente a través de su obra Study from the Human Body. Figure in movement, en venta por 11 millones de euros; Luis Gordillo, autor del óleo sobre lienzo Procreación retiniana; y Manolo Valdés, quien más allá de sus famosas meninas, presenta el retrato de grandes dimensiones de una mujer de perfil creada a partir de la superposición de telas pintadas, lo que aporta al conjunto un efecto en relieve.


No son los únicos artistas de renombre cuyos trabajos acoge hasta el domingo esta feria. El fallecido Antoni Tàpies está presente a través de Collage de la fusta, Principiel y Mans i fletxa, así como Damien Hirst, en el espacio de la galería británica Paragon Press, y Ai Weiwei, quien figura como creador destacado en IvoryPress con una selección de seis obras, entre ellas Watermelon, Oil spill y Untitled.

Más allá de una lectura fácil de ARCO basada en comentar los trabajos que generan polémica, que terminan por ser las que más expectación levantan entre los asistentes -basta con observar a la gente que se agolpa para ver la obra Always Franco de Eugenio Merino, valorada en 30.000 euros- merece la pena atender al laborioso trabajo de los creadores que, a día de hoy, continúan investigando sobre la materia artística con idea de encontrar un hueco en el mercado del arte, no exento de tintes comerciales.
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