Víctor Morales Lezcano | Jueves 23 de febrero de 2012
Parece ser NO discutible que la “primavera árabe” ha sido el catalizador efectivo de toda una Región: aquélla que en la geopolítica hoy en boga -y en la nomenclatura de sus pupilos- se denomina “Gran Oriente Medio”. Dentro de este vasto constructo de cuño americano, el Oriente Próximo de siempre vuelve a situarse en el eje de rotación de diferentes aspiraciones a protagonizar hegemonías transcontinentales (Estados Unidos) y regionales (Turquía e Irán). Por su parte, pequeñas potencias como Israel juegan una partida crucial para ellas mismas en este tablero de ajedrez. Salta a la vista que la encrucijada (cruce de aspiraciones enmarañado donde lo haya) está bien servida en la Región; tanto más si tomamos en consideración el drama sirio en su calidad de conflicto interno que está haciendo de revulsivo regional en el orbe religioso del Islam árabe, turco e iraní. Un revulsivo, en suma, cuyas irradiaciones internacionales llegan a Naciones Unidas y a la Liga de Estados Árabes, hasta alcanzar en su onda expansiva a Rusia y China.
Aquí y ahora, sin embargo, proponemos separar, para observarlo, un caso de antagonismo creciente entre dos naciones ex-imperiales que se sitúan al norte y sur de la Región de marras. Hablamos de Turquía e Irán. E invitamos, sólo por un instante, a recordar que el imperio de Persia (Irán a partir de 1934) tuvo en su pasado variadas formaciones estatales y burocráticas forjadas en torno a su núcleo mesetario. El imperio ruso al norte (Tabriz) y el británico desde su apostadero en las Indias orientales al este, inquietaron siempre las fronteras persas durante las dinastías kayar y safaví. El otro vecino antagonista de Persia, fue el imperio turco-otomano a partir del siglo XVI. Historia, pues, de un antagonismo imperial entre dos pueblos, dos culturas y dos ramificaciones islámicas diversas: la sunní en Turquía y la chií en Irán. No hay a quien pase desapercibido, empero, que la interferencia de los imperios británico, ruso y francés -en menor medida éste último- condicionaron el curso de la historia económica y cultural del hoy llamado “Gran Oriente Medio”. Es cierto que en el siglo XX los dos ex-imperios antagonistas de antaño fueron olvidando sus “rencillas”: Turquía devino república nacionalista y laica en 1923; Persia permaneció, por el contrario, bajo el manto de la monarquía encarnada en una dinastía impregnada secularmente de la variante chií del Islam -los Pahlevi (pretendidamente “arios”, y de ahí la denominación de Irán)-.
Fue así como ambas naciones capearon los temporales que arreciaron sobre el cambiante sistema internacional que hubo entre la primera guerra mundial y la guerra fría soviético-americana. Con una diferencia, eso sí, entre ambas. La Turquía kemalista hizo por salir del estancamiento, mientras que Persia se esclerosó agudamente.
El respeto mutuo entre Ánkara y Teherán siguió abriéndose camino hasta, prácticamente, el arranque del siglo XXI, indistintamente del signo republicano turco y del viraje teocrático que experimentó Irán en 1979. La cuestión que aquí subyace es: ¿qué ha ocurrido para que aquella relación se haya enturbiado recientemente?.
Las revueltas árabes que se desencadenaron a partir de enero de 2011, transformándose en levantamientos populares contra los regímenes autoritarios de los presidentes Ben Ali, Mubarak y Gaddafi, han venido a romper el estado estacionario del norte de África y del Oriente Próximo y Medio que prevaleció hasta el año I (2011), de auténtica remontada islámica en la Región. De otra parte, las tornas habían cambiado un tanto en el seno de Turquía e Irán a partir de los primeros años de nuestro siglo. La política del partido republicano estadounidense consistente en combatir el terrorismo islámico “in situ”, desencadenó en 2003 una guerra malhadada en Iraq, mientras que las elecciones generales celebradas en Turquía un año antes dieron el triunfo en las urnas al Partido de la Justicia y del Desarrollo (PJD), de inclinación religiosa moderada. En Irán vino a consolidarse un populismo clerical de signo anti-sionista y, por ende, muy anti-estadounidense. Los clérigos chiíes vinieron a demostrar, en consecuencia, tanto su supremacía interna como su candidatura a liderar un enfrentamiento entre naciones con fines divergentes en la Región.
El seísmo que supuso la “primavera árabe” repercutió en febrero de 2011 en algunos focos rebeldes en la ciudad siria de Homs, hostiles al régimen de Bashir al-Assad. Lo que empezó siendo un desafío improvisado al “stablishment” en Damasco, ha terminado por convertirse ahora en la más aguda crisis interna, e internacional, que haya experimentado el mundo árabe desde hace un año. En torno a esa crisis, Turquía e Irán, se han posicionado de manera diametralmente opuesta, guiados subrepticiamente por una tradición histórica de supremacía en la Región que detentó, desde un pasado remoto, el control de acceso al continente asiático. Veremos, en otro capítulo por qué se han distanciado Ánkara y Teherán en los tiempos que corren: se trata de un aspecto nada desdeñable del “Gran Juego” en curso en el Oriente musulmán.