paso cambiado
Viernes 24 de febrero de 2012
Es muy interesante analizar la acción política de Rajoy en los dos meses que lleva en el cargo de presidente del Gobierno, donde se ha conducido como un malabarista que camina sobre el alambre mientras arroja antorchas al aire; y donde debe cuidar de que no se caiga ninguna, a la vez que no se cae él mismo.
Es muy interesante analizar la acción política de Rajoy en los dos meses que lleva en el cargo de presidente del Gobierno, donde se ha conducido como un malabarista que camina sobre el alambre mientras arroja antorchas al aire; y donde debe cuidar de que no se caiga ninguna, a la vez que no se cae él mismo.
El alambre de la situación española es conocido, y las teas incendiarias, una barbaridad. Pues llegó con un déficit espectacular que le quemaba en la mano y lo tiró al cielo con una subida de impuestos inesperada y desafiante para su propio electorado. Pero, según caía ésta, arrojaba una reforma financiera que volvía a reconciliarle con su programa y con el electorado al dar una colleja al sector financiero, lo que no impidió que el efecto apaciguador de esta medida no volviera a quemarle las manos con una reforma laboral que le iba a poner en el disparadero sindical.
Claro que esto era en casa, porque fuera había que bailar con Europa y con los mercados, y poner a la vez cara de penitente con ceniza en la cabeza por los pecados españoles y, simultáneamente, sacar pecho por la credibilidad de España.
Y, por si faltaba algo, entre reforma y reforma la herida izquierda derrotada tenía que recuperarse, los sindicatos empezar la carrerilla griega, los estudiantes jugar a la revolución primaveral y las bases populares sacar las uñas por la falta de belicosidad contra el mundo proetarra.
Con alguna bisoñez en los cuadros gubernamentales, alguna torpeza de éstos, pero numerosas iniciativas y notables aciertos, Rajoy ha empezado a navegar por la tormenta perfecta sin que parezca que la barca vaya a hundirse.
Empezando sólo por lo último, la desafortunada maniobra para convertir a los estudiantes en mártires ha sido aplacada radicalmente. Aunque no es descartable que tarde algún tiempo en pararse su ofensiva (porque ya no la hacen los llamados estudiantes, sino políticos profesionales y antisistemas que tienen tiempo para todo, porque viven del cuento), lo cierto es que el Gobierno ha ordenado parar el acelerador represivo, aún a costa de aceptar la humillación de que le cerquen las sedes de su partido, que es la democrática costumbre de la izquierda radical, siempre en celo estalinista contra la derecha.
Es cierto que por mucha mesura que quiera poner Rajoy, sus enemigos (sí, enemigos, aunque la palabra suene fuerte) pueden intentar agudizar la provocación para obligar a la respuesta policial, que pueda ser utilizada para la posterior agitación. Pero también es cierto que se les vería demasiado el plumero, porque quienes fuercen el umbral de la violencia callejera ya no serán imberbes colegiales sino esos tipos a quienes se ve de lejos su penosa catadura, que sólo hay que ver cómo me llevan los pelos las criaturas, que parecen el glosario de las tribus urbanas más impresentables.
Este frente le es problemático a Rajoy, como lo es el sindical, con ese señor Méndez, tan almibarado con los socialistas y tan arriscado con los populares o, por decirlo de otra forma, tan complaciente con el paro como intransigente sobre sus subvenciones.
Y también lo es el frente de un sector de los suyos, que quieren que Rajoy, a las primeras de cambio, se lance en una cruzada contra la ilegalizada Amaiur. Una cruzada que sería tan digna como testimonial, pues no sólo no conseguiría nada después de la sentencia del Constitucional que permite la vergonzosa presencia institucional de los proetarras, sino que se enfangaría en una refriega de difícil gestión, en uno de esos esfuerzos inútiles que sólo conducen a la melancolía. Porque, pese a la oportunista reclamación de Rosa Díez, aun siendo impecable en su fondo, hubiera sido relativamente fácil impedir la legalización en su momento, y es extremadamente complicado ahora. Por eso, Rajoy, de quien no se puede dudar su repugnancia y la de los suyos al entorno de Eta, no quiere ponerse estupendo en otra testimonial carga de la Brigada Ligera que termina con el ridículo de una derrota, eso sí, muy digna.
Rajoy ha ido sorteando estas celadas para acometer otras batallas que, como decía el más clásico estratega chino, sólo hay que darlas cuando se pueden ganar. Por ejemplo, como se ha mencionado antes, la credibilidad exterior. Y hete aquí que España, a la chita callando, está colocando su deuda con bastante fortuna. Una fortuna que le ha permitido abordar dos maniobras que han debido descolocar absolutamente a la izquierda, porque se suponía que estaban en el ideario de ésta: saldar la losa de la deuda de las Administraciones con los proveedores, gracias a una inteligente maniobra de derivarles los préstamos europeos a nuestra Banca, por un lado. Y atender al sector social metido ya en la exclusión al afrontar la dación en pago de las viviendas y el retraso en los desahucios a costa de la “voluntaria” colaboración de las entidades financieras.
No creo que Rajoy espere una manifestación a favor de los del 15 M por atender esa emblemática propuesta. Que es de justicia pero, también, una genialidad estratégica, que compensa en parte la petición de sacrificios (subida de impuestos y reforma laboral).
Quizá sea una percepción subjetiva, pero da la sensación de que hay un plan que se está entendiendo mejor fuera que dentro de nuestras fronteras, pero que da algunos síntomas positivos que aún no se pueden cuantificar. Si, además, Rajoy logra que no se cierre el dogal europeo sobre la exigencia del déficit del 4,4 por ciento, y consigue que el tajo al gasto público no sea irrespirable para la recuperación, Rajoy puede llegar a los Presupuestos con un mínimo margen de maniobra.
Después, le quedará mucho por hacer. Pero, de momento, lo que ha hecho ha sorprendido a propios y extraños. En todo caso, da la sensación de que sus medidas más discutibles (como sus incumplimientos preelectorales respecto a los impuestos y a los proetarras) parecen haber salido más de la necesidad que de la mentira, como si sólo tuviera una fijación en la meta económica y no notara el cabreo del caballo.
Supongo que sabe que si tiene éxito, y España sale del hoyo en que se encuentra, pocos le preguntarán cómo lo ha hecho. Asunto que está por ver, pero se atisba, mientras Rajoy camina sobre el alambre mandándose antorchas incandescentes de una mano a otra mano.
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