Opinión

Crisis y darwinismo social

José María Herrera | Sábado 25 de febrero de 2012
En la época en que estuvo de moda el conductismo, Skinner, uno de sus fundadores, se hizo tan famoso que hasta se inventaban historias para desacreditarlo. Durante cierto tiempo corrió la especie de que había trastornado a su propia hija usándola como conejillo de Indias. Era una objeción muy seria contra alguien que creía en la posibilidad de modificar la conducta de las personas y conducirlas hacia la felicidad. ¿Quién puede decidir sobre la felicidad ajena? Pero la historia era mentira, una patraña. Los adversarios del conductismo la hicieron circular malévolamente porque explicar el comportamiento humano sin recurrir al alma, la conciencia, la libertad o la voluntad, constituía para ellos una aberración y estaban dispuestos a oponerse con todos los medios. ¿Acaso no es ignominioso suponer que los seres humanos son simples organismos que interactúan a ciegas con el entorno? Stanley Kubrick popularizó la polémica en La naranja mecánica, un film basado en la novela homónima de Anthony Burgess. Su tesis era que el conductismo puede funcionar, algo que atestiguaría su carácter verdadero, pero que, a pesar de ello, sería mejor prescindir de él porque sus efectos morales resultan devastadores.

Aunque Hannah Arendt no intervino que yo sepa en aquella controversia, puso el dedo en la llaga al declarar que el problema del conductismo no es que fuera verdadero, sino que podría llegar a serlo. El sentido de su afirmación es evidente para cualquiera que esté al tanto del modo en que evoluciona la sociedad contemporánea, determinada en gran medida por el enorme desarrollo tecnológico. El predominio creciente de conductas estereotipadas, forzosas quizá para adaptarse a una organización cada vez más compleja, confirmaría las doctrinas de Skinner, aunque no sólo las suyas, también la de los partidarios de aplicar los principios de la evolución biológica a la comprensión de la sociedad humana.

La pretensión de explicar biológicamente el comportamiento humano no es nueva. Se remonta como mínimo al siglo XIX. Lo nuevo es el progreso extraordinario de la biología, una ciencia que tiene un impacto cada día mayor en nuestras vidas gracias a la genética. Fruto de ello ha sido el resurgimiento de las teorías que pretenden explicar la condición humana desde esa perspectiva, basada en los principios del evolucionismo. Partiendo de que la persistencia de ciertas conductas, o de los mecanismos psicológicos que las hacen posibles, descansa en su valor adaptativo, los evolucionistas están convencidos de que cabe abordar el devenir histórico de la humanidad en claves de selección natural. Aunque el progresismo recela de este punto de vista por lo que supone de justificación del status quo y, por lo tanto, de las estructuras de poder de una sociedad competitiva e injusta, lo cierto es que si se admite que la conducta del ser humano es un producto fenotípico adaptativo con cierta base genética, entonces no queda otro remedio que afirmar que lo que hace que unas prosperen y otras no sería, simplemente, su eficacia biológica.

¿Qué consecuencias podrían extraerse de aplicar los principios del evolucionismo a la interpretación de una situación de crisis como la actual? Yo, particularmente, no lo sé, pero leí el lunes pasado un artículo de Vicente Verdú en El País, “Sociedad de bajo coste”, en el que se propone una posibilidad tan interesante como embarazosa. Tras observar que el deterioro de nuestro sistema económico, social, cultural y político corre parejo con un empeoramiento de la calidad de las personas, indecente en el orden político, Verdú sugiere la hipótesis de que “ese peor sea –visto en claves darwinistas- una nueva cualidad para sobrevivir en la actual realidad del medio”. Vivimos en un mundo que cambia a toda prisa. Los viejos valores (la honradez, la lealtad a unos principios, el sentido del deber, la integridad), chocan con un sistema productivo y de consumo sustentado en la mudanza incesante. Adaptarse a él exige de los individuos una flexibilidad incompatible con la consistencia que estimaba la tradición por encima de todo y de la que dependía, en gran medida, su rectitud moral. “La consideración positiva que se confiere a la innovación en todos los ámbitos –dice Verdú- es consecuente con la inconsecuencia de las personas”. A mí me cuesta aceptar este análisis, pero la idea tiene relevancia y valdría la pena pararse en ella (les recomiendo su artículo), aunque si tiene razón y nuestro mundo favorece la licuefacción espiritual, por decirlo así, detenerse a pensar un poco quizá sea un indicio fatídico de obsolescencia.

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