Opinión

¿Los partidos vertebran España?

Juan José Laborda | Domingo 26 de febrero de 2012

En el reciente congreso partidario del PP, José María Aznar ha pronunciado un discurso que se ha interpretado como una recomendación ideológica dirigida al presidente Rajoy. Desde mi apreciación, hay dos elementos en su intervención que me han interesado, y sobre los cuales voy a desarrollar este artículo.

El primero, la orientación política de Rajoy no es la misma que la de Aznar, y esa diferencia tiene consecuencias en el plano de las ideas con las que se deciden y se justifican las acciones de cualquier gobierno. Eso se deduce del discurso del antiguo líder del PP, que después lo comentaré.

El segundo, la idea de Aznar de cuáles son las funciones de los partidos políticos está equivocada, aunque ese error sea común a muchos otros dirigentes políticos, con ideologías muy distintas.

En Sevilla, Aznar dijo en su intervención: el PP es “la única fuerza política que es capaz de vertebrar España”.

Los partidos políticos no “vertebran” la nación (España) y tampoco el Estado democrático (que se organiza a partir de ella). El artículo 6 de la Constitución de 1978 define a los partidos políticos y sus funciones, y para nada se menciona que tengan asignado el cometido de “vertebrar” esas dos entidades políticas. Ese artículo señala que los partidos “expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento (subrayo: “instrumento”) fundamental para la participación política.” La Constitución se refiere después a que los partidos deben ser “democráticos”, y que su actividad será libre, dentro del respeto a la Constitución y a las leyes.

La elección del verbo “vertebrar” adolece de influencias organicistas, características del pensamiento escolástico-tomista. Podría haber utilizado el término “integrar”, afirmando que un partido o los partidos políticos “son capaces (o no) de integrar España”. Pero sería igualmente erróneo. Con un sistema político liberal-democrático como el nuestro, lo que “integra” (si se quiere: “lo que vertebra”) la nación y el Estado, no son los partidos, sino el funcionamiento correcto de sus instituciones, dentro de las cuales los partidos tienen la función de canalizar el pluralismo político como “instrumentos” de la participación popular.

El problema de nuestro tiempo, común en las democracias europeas continentales, es que los partidos han invertido la lógica democrática y constitucional. Son más que instrumentos. Las instituciones son instrumentalizadas por ellos. O más exactamente, las cúpulas dirigentes de los partidos condicionan el funcionamiento de los sistemas políticos en una proporción impensable hace medio siglo.

En el caso español, la estrategia de Aznar de identificar al PP con España y con la Constitución se saldó con un sonoro fracaso. Cuando se produjo el atentado del 11 de marzo de 2004, su Gobierno y su partido no pudieron salirse de aquella estrategia: no fueron capaces de buscar una respuesta conjunta a la crisis con las restantes fuerzas políticas, y sobre todo, con las diversas instituciones estatales. La derrota electoral fue su consecuencia.

Aquélla orientación traería consecuencias negativas hasta hoy mismo.

De manera que podríamos calificar que el periodo que se inicia el año 2000, y que podría finalizar en 2012, como el de “la polarización partidista y la exclusión del rival transmutado en enemigo”. Esa caracterización supuso, entre otras consecuencias desagradables, una pérdida del pluralismo, dentro y fuera de los partidos, y su derivada social: el alejamiento de la sociedad civil de los mismos.

Unas palabras sobre las diferencias ideológicas entre Rajoy y Aznar. El estilo de Rajoy (recuérdese lo que significó “estilo” con Ortega y Gasset) está mucho menos acompañado de ideología que el de Aznar. Ése es uno de los reproches implícitos del discurso de este último. Buscando comparaciones en el pasado (¡hoy no existen utopías del futuro!), lo que significa ideológicamente Rajoy lo encontramos en los años 70 del siglo anterior: “el dominio de los tecnócratas”. El nombre de Manuel Fraga, “el fundador del partido”, me permite concretar las comparaciones. Las diferencias políticas de Fraga fueron a Laureano López Rodó como las de Aznar son a las de Rajoy. Los tecnócratas de López Rodó desplazaron a Fraga del gobierno de Franco. Después ambos estuvieron juntos en el Congreso constituyente (1977-1978); López Rodó participó en la redacción del Estatuto de Cataluña; pero en 1979 Fraga lo sustituyó como diputado por Barcelona. Los tecnócratas huían de las definiciones políticas, y rehuían los conflictos políticos. Llevadas las comparaciones a nuestros días, me parece significativo que Aznar eligiese a Álvarez Cascos como referente partidario, mientras Rajoy hace lo propio con Cospedal.

¿Qué influencias tendrá todo esto con partidos políticos que “vertebran” las instituciones? No parece plausible que Rajoy siga la senda de Aznar. Rajoy y Rubalcaba deberían tener intereses coincidentes en fortalecer el pluralismo de las instituciones, especialmente de las instituciones autonómicas. Los primeros cambios electorales serán ahí, y ambos querrán estar preparados cuando éstos sucedan: uno disminuirá su presencia territorial, y el otro verá crecer el poder de su partido: ambos tendrán dificultades con sus “barones”.

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