Opinión

Malvinas a treinta años

Marcos Marín Amezcua | Lunes 27 de febrero de 2012
¿De nuevo se oyen tambores de guerra desde el Cono Sur? En 2012 se cumplen treinta años de la Guerra de las Malvinas. Justo el 2 de abril es la fecha precisa, pero en ese contexto los roces entre Argentina y Gran Bretaña reviven. En el fondo se encuentra el dominio de aquella riquísima zona marítima revestida por ambas partes naturalmente, de orgullo nacional. Valgan unas cuantas notas para que no se nos olvide, pues los dimes y diretes entre Buenos Aires y Londres, las ameritan decididamente.

Hablamos de una guerra breve pero atroz, en que la Argentina dio la batalla y en muchas de las refriegas sacó ventaja a los británicos, en acciones que no fueron un paseo para estos. Conviene no olvidarlo, pues si bien la arenga de la dictadura costó demasiado al país sudamericano, no lo arredró. Tampoco nos olvidemos de que habiéndola iniciado la acción argentina, los Estados Unidos fieles a sus intereses y a sus componendas con los británicos, traicionaron la neutralidad, el TIAR y hasta su autopagada Doctrina Monroe en detrimento de los argentinos. Y Argentina se quedó sola sin un apoyo latinoamericano eficaz.

No puede olvidarse la alcahuetería de Pinochet para ofrecer a Thatcher atacar por la espalda a Argentina ni el bloqueo que contra ella efectuó la Mancomunidad Británica, solidaria con la Gran Bretaña. Siempre que lo pienso me acuerdo que se decía de la Thatcher que pensaba que a las reuniones bianuales con los países miembros de la Commonwealth las consideraba sostenidas con un grupo de pedigüeños que solo pedían dinero a su país, incapaces de destetarse. Menuda manera de corresponder el apoyo recibido en momentos en que Gran Bretaña no estaba para echar cohetes y la tuvo cruda para ganar aquella contienda, acaso no su última guerra imperial.

Mi memoria alcanza para recordar la expectación que causó el conflicto en la prensa y la sociedad mexicanas. Los adultos hablaban del tema sin la certeza de un final definido. En efecto, pues nunca lo hubo. Con los años, aunque desconocemos mayoritariamente muchos aspectos de aquella guerra como el posterior papel vivido y jugado por los veteranos argentinos, se ha sabido en cambio que el régimen que perdiera, caería. La derrota argentina fue un detonante más para el arribo de la ansiada democracia tras el gorilato montado por los militares, con todas sus trapacerías sabidas posteriormente. Costó su salida ante la deslegitimación acelerada por el descalabro bélico. Los reclamos de libertad y de justicia fueron bien oídos en México durante la siguiente década.

Mi impresión a la distancia en tiempo y espacio, es que de lo de Malvinas se habla poco y rápido. Quizás eso sea la mejor muestra de lo que entraña y provoca. Pero no menos cierto es que el audaz proceder argentino de aquel invierno del 82 en el Cono Sur, fue una apuesta que marcó a una generación de latinoamericanos, dejando secuelas y anécdotas de muy diversa índole y alcance. Desde aquel encuentro de los cardenales argentino e inglés estrechándose la mano frente a Juan Pablo II o el celebre partido de la Copa del Mundo México’ 86, con aquel encuentro entre Inglaterra y Argentina –tan cerca aún de la guerra librada– con el estadio Azteca efervescente y apareciendo la ‘mano de Dios’ que a Maradona le hiciera expresar: «ladrón que roba a ladrón…».

Aunque los dos países reanudaron relaciones diplomáticas en 1990, es cierto que ahora estamos en una nueva escalada de choques. La recién reiterada soberanía que reclama Argentina sobre las islas Malvinas, conlleva el riquísimo yacimiento de petróleo de allí y ser camino del todavía no repartido Polo Sur, que anticipa nuevos conflictos entre la comunidad internacional que lo ambiciona y son parte del trasfondo de ese reclamo, pues todos quieren estar en primera fila asegurándose un sitio cuando aquello termine por suceder. Un reclamo de Argentina que tiene el gran mérito de haber preservado el sabor a despojo perfectamente documentado y sufrido en 1833, pese a los intentos legitimistas británicos descalificadores pero que se estampan contra la Historia.

No hace mucho en un blog informal de temas militares expuse que no, que aquello no estaba vacío y lo impreciso de afirmar que ni fue ni de España ni de Argentina, ante versiones que niegan tal despojo. Apunté que en 2005 encontré en el Archivo General de Indias en Sevilla, las advertencias del embajador español en Londres dirigidas a Carlos III en 1766, acerca de los intentos británicos por quedarse con aquel archipiélago. El rey respondió que se comunicara a Jorge III que de proseguir su intentona eso acabaría en guerra, no indeseada ante la cercana catástrofe española de la guerra de 1762. Tales notas demuestran la soberanía española en las islas y se comprende ello solo si se da por hecho que eran de jurisdicción española y Gran Bretaña no podía fingir demencia. Lo cierto pues, es que las islas tenían dueños ya antes, en 1766 o en 1833 y la Gran Bretaña usurpó esas soberanías, ya sea que se adjudiquen a España incluso y por supuesto, a Argentina.

Hay una estrategia desde Londres intentando que Malvinas se respalde en la ONU y aspire a la autodeterminación para luego, sancionado el acto por un referéndum, Gran Bretaña obtenga ventajosas condiciones para permanecer y que la independencia sea una simple simulación, partiendo de que las islas hoy dependen en grado sumo de aquella nación y sin que, en efecto, a cambio Argentina hubiera podido convencer a los isleños de las bondades de unirse a su país. No es un panorama fácil a futuro, puesto que en todo caso, el statu quo vigente a veces parece agotado para todas las partes y apremia a cambiarse. Veo el proceder argentino cauteloso y correcto frente a los exabruptos británicos, ya que sus calentones de boca no están justificados.

Las confrontaciones presenciadas recién son un magnífico recuerdo de que el tema, pese a estar zanjado por las armas, bien que esta vivo en el mundo diplomático y llaman a la cordura. Por supuesto que hay que valorar cautelosamente cualesquiera apoyos recibidos por Argentina de la América del sur, que no pasan desapercibidos, pero…hay historia, pues nada sería peor que leer mal los mensajes de apoyo. Termino. No olvido las palabras respondidas por un buen amigo de a pie como yo, Miguel Macera, que desde Buenos Aires me externaba lo siguiente: «No queremos ir a la guerra; la propaganda belicista aquí iría en contra del gobierno; la guerra no la quiere nadie, pero a las Malvinas las amamos todos, como tú a tu D.F. con su smog y todo… Tenemos casi un sentimiento irracional con las Malvinas irredentas...(y todo lo recién ocurrido implica no) avanzar mucho en las cuestiones de fondo nosotros, y sí más Inglaterra, que, como en el Caribe hace 400 años, o en el Gibraltar, cuenta con el poder para imponer condiciones...».

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