Alejandro Barón | Miércoles 29 de febrero de 2012
Los turistas asiáticos ya son parte integrante del paisaje de las grandes capitales europeas. Las interminables hileras de visitantes con gorra de béisbol y gesto de victoria ya se han hecho un hueco en el gigantesco pastel de beneficios de industria turística europea. Sin embargo, los chinos habían quedado hasta ahora excluidos del cupo de turismo asiático en el Viejo Continente, tradicionalmente copado por japoneses, taiwaneses y otros visitantes de los “tigres” del Suroeste.
Poco a poco se está equilibrando la balanza. Como apunta Kevin Latham, de SOAS (University of London), en el período 2009-2011, el número de turistas chinos en Europa ha conocido un aumento anual del 20%, con el consiguiente incremento de los ingresos para la industria turística. España no se ha beneficiado de éste aumento tanto como otros países europeos, lastrada por la visión folclórica y orientalista (valga la paradoja) que domina en China, asociándonos el binomio gazpacho-toros, mientras que Francia e Italia sí han aprovechado el tirón que les proporciona la industria del lujo, en pleno boom en el gigante asiático. También ha influido el hecho de no tener vuelos directos al dragón desde ningún aeropuerto español.
Los responsables públicos y privados del turismo en España deberían de mostrar más flexibilidad en precios y productos para atajar éste problema, así como invertir en educación y formación para atraer a la piel de toro al casi inagotable filón de turistas chinos que previsiblemente desembarcará en Europa en el próximo decenio.
La relación también se produce a la inversa: la visión de China cómo superpotencia turística es ya un hecho aceptado en la industria europea. El dragón se ha deslizado sin hacer mucho ruido hasta conseguir situarse en la tercera posición mundial en número de visitantes en las previsiones para 2012, ya por delante de España. Mirando hacia el futuro, el macro-estudio “Tourism in China”, llevado a cabo por académicos americanos y chinos, confiere una clara ventaja a China en 2020: para aquél entonces podría tener casi el doble de visitantes que España (130 millones de llegadas en China frente a 70 en España). Los vaticinios apuntan a que China se aupará a la cabeza del mercado mundial hacia 2015.
No obstante, aunque los flujos son bilaterales –desde China hacia resto del mundo y al revés, las barreras y problemáticas no son iguales a ambos lados de la balanza.
A pesar su crisis metastásica, la Europa económicamente enferma goza de una relativamente buena analítica en el terreno de la democracia y de la gobernanza; por su parte, el dragón puede presentar serias deficiencias endémicas al visitante poco avezado. La precaria situación en materia de Derechos Humanos y la propensión al uso de métodos coactivos por parte del funcionariado comunista pueden minar la confianza de los turistas y turoperadores europeos. Las intentonas del régimen de crear idílicos “parques temáticos” para almacenar turistas no parece que pueda tener trazabilidad a largo plazo. Además, los daños materiales causados por la Revolución Cultural y la deficiente preservación del patrimonio histórico-artístico son un lastre para la promoción cultural china.
Desgraciadamente, éste tipo de prácticas ya han sido puestas en marcha. Todos los viajeros que visitan Pekín saben que la Ciudad Prohibida, aunque irrepetible y majestuosa, se ha convertido en un parque de atracciones en el que incluso Starbucks llegó a colocar una de sus famosas sucursales - oportunamente removida por causas “ideológicas”. Lo mismo ocurre con la Gran Muralla, convertida a tramos en una “Disneylandia” local.
A lo largo de su Historia, China ha sabido maravillar a los visitantes y enviar emisarios para estudiar y vigilar a todas las demás culturas existentes “bajo el cielo”. Así lo atestiguaron los personajes históricos como Zhang Qian o Lord Macaulay, y también Marco Polo, veneciano universal. Probablemente sin saberlo, ellos cumplieron con una de las funciones principales del turismo, la de generar externalidades positivas en términos de intercambio cultural y económico. Esperemos que la afluencia masiva del turismo occidental a China en los próximos años redunde en la creación de un turismo sostenible y ayude a suavizar sus deficiencias en materia de Derechos Humanos. En contrapartida, aprendamos a valorar la cultura China, visitándola y recibiendo a aquéllos turistas que quieran conocer la lejana Europa.