Juan López Rodríguez | Miércoles 29 de febrero de 2012
Uno. La televisión ha mostrado a ciudadanos griegos quemando la bandera alemana. Es tradicional que las graves crisis internas se intenten explicar buscando fantasmas extranjeros con el objeto de aliviar el sentimiento de culpa colectiva nacional. ¡Cuántas veces los líderes han desviado la atención sobre las crisis sociales internas a través de conflictos en el exterior! No cabe duda de que el origen de la crisis en Grecia se explica en la desestructuración económica con la que se ha guiado acompañada con la irresponsabilidad moral de sus líderes que no podía sino acabar calando en ciertos comportamientos compartidos. Y, sin embargo, el contexto actual limita las posibilidades de reacción. Hay instrumentos económicos de los que ya no disponen y que han sido cedidos a Bruselas y a Frankfurt. De esta manera, hay algo de real en atribuir ahora responsabilidades al exterior. Hay algo de verdad en la demonización de Alemania, si es que la política que Merkel nos viene imponiendo es identificable con la opinión pública mayoritaria en su país.
Dos. Yo no he visto en las imágenes de televisión a los niños griegos que se desmayan en clase por hambre. Lo he sabido gracias a mis relaciones personales. Pero deberíamos todos poder ver las aulas de los niños que se sienten cansados, apoyan sus brazos en el pupitre, dejan caer sus cabecitas y cierran sus ojos en un sueño aparente que no llega a esconder la realidad de que la falta de firmeza de su gesto lleve a sus cuerpos a no aguantar su propio peso y su debilidad se deslice hasta caer al suelo. Cuando se acercan sus profesores, observan en la palidez de su rostro la huella del hambre. ¿Hasta cuándo nos quedaremos impasibles? Hay muchos europeos que se muestran reticentes a poner en marcha políticas de estímulo en Grecia por su coste, y lo hacen aposentados en unos niveles de riqueza de los más altos del mundo. Hasta que no hagamos todo lo posible por que sintamos a esos niños como nuestros, no conseguiremos construir una verdadera Europa.
Tres. Las ayudas financieras a Grecia, 240.000 millones, sumadas a las ofrecidas a Irlanda, 85.000 millones, y a Portugal, 78.0000 millones, alcanzan los 403.000 millones de euros. Y se trata de rescates en forma de préstamos que tendrán que devolver. Las ayudas a los bancos en Europa contabilizadas por la Comisión Europea han alcanzado hasta 2011 los 1,6 billones de euros. Los Estados han recibido un 25% de lo que han podido contar estos últimos. Además, del total del importe percibido por las entidades de crédito, una cantidad equivalente a la ayuda recibida por dichos Estados lo ha sido en forma de capital o compra de bonos basura – activos tóxicos – sin obligación de devolución. En cuanto a la parte que han consistido en créditos a bancos, se les ha prestado a tipos de interés entre el 1 y el 2%, cuando, por ser poderes públicos, aquéllos han tenido que pagar intereses auténticamente usureros.
Cuatro. Fueron los bancos quienes dieron entrada a la crisis. La causa, su ineficacia más que evidente debido al cruce de los intereses particulares con el descontrol en su funcionamiento. Podríamos pensar que actúan en el mercado bajo las leyes de la competencia. Hay economistas que piensan que así debería ser y se les debería haber dejado caer. Los políticos y sus asesores económicos tuvieron miedo de que se volviera a reproducir la caída de bancos y la crisis de 1929. Sobre la base de los intereses públicos y generales, decidieron rescatarlos. Cuatro años después nos encontramos con que los bancos vuelven a hacer beneficios y a pagar unos pluses magníficos a sus gestores. Pero la economía está pasando por una crisis tan tremenda como la del 29. Esos beneficios los hacen gracias, entre otras cosas, a tomar prestado de los Bancos Centrales, incluido el europeo, al 1 o 2% para, a su vez, prestar a los Estados de Europa a tipos que oscilan desde el 4 al 7% en el normal de los casos y, en algunos momentos al 20% ó más. Al mismo tiempo, el crédito no está llegando a los particulares ni a las PYMES. Esto es, los hemos salvado sobre la base del interés público en mantener una función que nos interesaba a todos, función con la que no están cumpliendo. Si hay tanto interés público en juego, si nos gastamos tanto dinero público para satisfacerlo y si los bancos, además de mostrar una gestión privada ineficiente y dañina, no cumplen con él, ¿Por qué demonios no disponemos de fórmulas públicas para arreglar la situación? Deberíamos recordar ahora que el proceso de privatizaciones de la banca se explicó en la mayor capacidad gestora de los operadores privados en un contexto de mercado competitivo. Lo escribo y me suena a sorna esto de la eficacia competitiva. También que Europa creció a tasas muy respetables en las décadas de los 50 y 60 con una fuerte presencia de banca pública.
Cinco. Por fin han surgido voces contestatarias a las políticas de Merkel y Sarkozy. La alternativa la presentan Monti y Cameron, a los que se unen el recién llegado Rajoy y el polaco Tusk. Dicen que no basta con la austeridad – sí, también lo dice ahora Rajoy – sino que hay que estimular la economía. Pero me temo que abogan por mejorar el funcionamiento del mercado europeo, que todavía encuentra rigideces. Y lo dicen cuando la iniciativa privada, incluso donde no encuentra tales rigideces, no acaba de reaccionar. Es necesario el estímulo y la actividad pública. A modo de la frase ganadora de Clinton en las elecciones en las que derrotó a Bush, les diría eso de "es el ciudadano, estúpido".
Seis. Existe un consenso básico acerca de la dimensión continental de la crisis y en la necesidad de una respuesta europea que la solucione. En los titulares de los periódicos relativos a la búsqueda de soluciones encontramos que es Merkel quien estrecha la mano de Sarkozy con la sonrisa esperanzadora – o la mueca forzada por la contradicción que supone su inseguridad y la necesidad de aparentar determinación – y son quienes anuncian nuevos planes salvadores. Se trata, como siempre, de iniciativas alemanas que buscan la complicidad del presidente francés para dar un tono internacional y europeo al encuentro. Luego refrenda el Consejo en Bruselas. ¿Dónde están Van Rompuy y Barroso? Ni están ni se les espera. Es una muestra de la crisis institucional de la Unión Europea o/y de las limitaciones de sus líderes. Si yo estuviera en su lugar, dimitiría. No tanto por la evidencia de su inoperancia como por la irresponsabilidad que supone permitir que se pueda pensar que sea Alemania, a quien parece sumarse Francia, quien nos diga que es lo que tenemos que hacer los demás.