Opinión

Los españoles como colonizadores

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 02 de marzo de 2012
Aunque los españoles de la etapa imperial aspiraron a ser, en su liderazgo planetario, unos segundos romanos, es lo cierto que su deseo no se vería satisfecho por la historia. En la actualidad son el dicterio y el olvido los dueños de la reconstrucción imperante acerca de su formidable pasado colonizador. En su teatro principal, el americano, las voces hipercríticas y aun cerradamente negativas sobre el inmenso esfuerzo cultural desplegado por la monarquía hispana en la inabarcable geografía del Nuevo Mundo son hoy legión, reclutados sus miembros no sólo en una extensa porción de la elite gobernante e intelectual, sino también de muy amplios –y, con frecuencia, crecientes- de la opinión pública. Paciencia y barajar… Posiblemente, en efecto, sea ésta la mejor fórmula para que un día las aguas se remansen y quepa alcanzar una visión serena y equilibrada del sin duda gran aporte de nuestro país a la marcha y progreso de la Humanidad.

Junto a la condena, el olvido, de cuyos efectos no sabría decirse si son más o menos letales que los de aquélla. Pues, en efecto, a la fecha, el viajero por los que fueran, en el inicio de los tiempos modernos, territorios integrados en la Corona de los Austrias, se encuentra recurrentemente cara al vacío de memoria histórica en torno a dicha época del lado de sus habitantes de hodierno. Ni alabanza, ni censura: solo olvido. Ya no hay “Demonios del Mediodía” y ni acaso Inquisición…, pero tampoco “Soberanos de Europa” a la manera del César Carlos, ni Lepantos ni Universitas Christiana.

Sin duda, uno de los escenarios de la proyección hispana en el Mare Nostrum en que más desconocida o relegada permanece su herencia es la bella isla de Malta y su prolongación –más hermosa aún…- la de Gozo. Tanto su pasado catalano-aragonés como el de sus siglos XVI-XVIII, en los que la presencia española vehiculada a través de mil canales fue pujante y muchas veces decisiva, se hallan sumergidos en el silencio más lancinante. Pese a su alto nivel educativo, el ciudadano medio permanece por entero al margen del legado hispano, sin mención ni huellas destacadas en sus libros de historia y en la muy amplia literatura turística de guías, folletos y compendios. Ni la confrontación religiosa –según se recordará, la República maltesa es una de las naciones con mayor densidad católica-, ni la política o doctrinal –la Orden de Malta, establecida hoy en Roma, ha mantenido y mantiene excelentes relaciones con los distintos gobiernos madrileños- pueden aquí aducirse para explicar distanciamiento tan sorprendente. Y a buen seguro, nuestros embajadores en la Valetta desde la independencia de la isla -1964- trabajaron recio para potenciar dicho capítulo de su ayer.

Es, por consiguiente, en la dinámica contemporánea de nuestro país, en sus comportamientos culturales y en el diseño y rodaje de su política exterior en donde hay que buscar las causas principales del escaso eco que un muy amplio y decisivo tramo de su pretérito despierta en el pueblo maltés de los comienzos del siglo XXI. Si los enigmas, incógnitas y fracturas de la propia identidad española son tantas como habitualmente manejan sus estudiosos y encarecen en no pocas ocasiones miembros conspicuos de la dirigencia gobernante, resulta del todo comprensible que, al contrario de lo que acontece en Gran Bretaña o Francia, seamos los iberos del 2012 los que cuestionemos con mayor énfasis el valor de nuestro pasado.

En tales condiciones, convertirlo en producto de exportación, se ofrece más que como empresa condenada de antemano al fracaso, empeño desprovisto de sentido y deshabitado por completo de espíritus ardidos y animosos. Quédese, pues, por su magnitud, el trabajo de glosar tan paradójio fenómeno, para otra ocasión.