Joaquín Albaicín | Sábado 03 de marzo de 2012
Si algo no falta en el mundo del espionaje son, como resulta lógico, espacios en penumbra. De los enigmas más sonados de las últimas tres décadas, el que más me fascina es, con diferencia, el secuestro de Emanuela Orlandi, la más inquietante de cuantas sombras chinescas interactúan en el guiñol de Ali Agca… Treinta y un años ya, y todavía concitó, hace sólo unas semanas, una manifestación de centenares de personas en la Plaza de San Pedro.
No es, claro, el único misterio cuyo meollo opone resistencia a ser abierto. Aunque mi novelista policíaca de cabecera sea, desde hace algún tiempo, Fred Vargas, no por ello dejé de zamparme en su momento la trilogía de Leif Persson, inspirada en el asesinato de Olof Palme, crimen de cuya ejecución se cumplen, en estos días, veintiséis años.
A Palme lo definió sin pelos en la lengua Indro Montanelli cuando, en el mismo artículo en que se refirió a él como “gran cruzado de la paz”, matizó que, si bien jamás hizo la guerra a nadie, se ocupó de promover el estallido de muchísimas lejos de su país. Hoy, en efecto, persisten muy pocas dudas en el sentido de que la “pista kurda”, tan sobreexplotada durante años, no fue sino una pantalla de humo similar a la desplegada –en el caso del atentado contra Juan Pablo II- con la “pista búlgara”. Y que, aunque oportunamente fuese corrido un tupido velo sobre las evidencias salidas a la luz, las trastiendas del asesinato de Palme parecen conducir a la implicación de la víctima en la venta encubierta de armas a Irán –entonces, en guerra contra el vecino Iraq- e India, operaciones por las que percibió, lo mismo que Rajiv Gandhi, jugosas comisiones.
Algo, por otra parte, nada infrecuente: por los mismos años, también el gobierno socialista de Felipe González hubo de responder ante el Parlamento por las remesas de material de guerra que, supuestamente, despachaba con regularidad a Irán, Libia y Siria. Y también por las de armas químicas a Iraq, si la memoria no me falla. Fernández Ordóñez, entonces titular de la cartera de Exteriores, se justificó alegando algo así como: “En calidad de Ministro de Asuntos Exteriores, mi misión consiste en que las cuentas cuadren”…
Gracias a los libros de historia, al cine y, sobre todo, a los escándalos de espionaje que saltan con regularidad a las páginas de la prensa, nadie ignora que, cada vez que les interesa, los políticos, financieros, servicios secretos y ejércitos de las naciones democráticas emplean, sin que el pulso les tiemble, exactamente los mismos métodos que los de los regímenes totalitarios. Lo que uno no termina de entender del todo es por qué razón, en su caso, tales prácticas no afectan apenas a su reputación y prestigio como pacifistas y liberales.
A lo mejor será porque el señor Nobel, que da nombre al más famoso galardón por la Paz, fue el inventor del trinitrotolueno… Puede, sí, que sea por eso.
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