Andrea Donofrio | Domingo 04 de marzo de 2012
Esta semana se cumplieron cien días desde que Mario Monti asumiera la presidencia de Italia y el país cambiara su rumbo tras unos años difíciles y críticos. Pasado el plazo que se suele conceder a los Gobiernos para valorar su labor, la prensa nacional e internacional ha valorado al Gobierno italiano, elogiando, la gran mayoría, su gestión y sus medidas. Sería hipócrita no reconocer el cambio y la seriedad de un nuevo Ejecutivo, muy pendiente de las directivas Europeas y de la aprobación de los mercados. Aún así, tras las reformas emprendidas, mucho queda por hacer y, también, se debe recordar el alto coste que está suponiendo para el país la acción del nuevo ejecutivo.
Monti y los técnicos se están preocupando por lograr el equilibrio presupuestario en 2013, relanzar la economía italiana, ejecutar los compromisos exigidos por la UE y llevar a cabo unas reformas estructurales necesarias para salir de la crisis. Hasta el momento, el Gobierno ha aprobado 25 medidas dividas en dos paquetes: Salva-Italia y Crece-Italia. No cabe duda que gracias a la acción del nuevo Gobierno, Italia está recuperando su credibilidad internacional y generando mayor confianza en los inversores –y los mercados-, aunque sigue presente el interrogativo de que a qué coste se está obteniendo esto. Monti ha sido capaz de plantear una serie de reformas y ajustes que su predecesor ignoraba por falta de interés y, sobre todo, a sabiendas del alto coste político que comportaban y su consecuente impopularidad. Por eso, fuera de Italia, la figura de Monti resulta particularmente bien valorada tanto que hace unas semanas, el Time le dedicó portada y algunos ministros extranjeros se preguntan si, una vez solucionado los problemas de Italia, podría resolver los de otros países.
Es evidente que el nuevo mandatario ha construido un Gobierno meritrocrático (aunque con una u otra excepción), formado por personalidades reconocidas e intentado superar la parálisis política-económica que vivía Italia, atrapada en una situación que Fukuyama definiría de vetocracia, -donde predomina el populismo personalista y los intereses de los partidos. Por eso deben elogiarse sus intentos de acabar con los privilegios y corporativismos de algunos sectores de la sociedad italiana y castas económicas, con los despilfarros de la pública administración, con la exención de impuestos de los bienes eclesiásticos destinados a actividades comerciales. Se trata de dinamizar la economía italiana, recortando el derroche y luchando contra la evasión fiscal. Aunque genera perplejidad e inquietud la próxima reforma del mercado laboral, hasta el momento, en sus palabras, se aprecia la idea de seguir invirtiendo en investigación e infraestructuras, en luchar contra la criminalidad organizada (tema nunca presente en la agenda política del anterior gobierno).
Al mismo tiempo, se presenta el reto de una necesaria regeneración de la clase política italiana, de parte de la sociedad civil y de la cultura imperante en los últimos años. Tras su humor socarrón y su retórica tradicional, Monti ha empezado a operar este cambio recordando a todos que quien defrauda a Hacienda no es un “hombre listo” (según la cultura berlusconiana), sino un ladrón. La evasión fiscal no se puede tolerar –inimaginable justificarla como hizo su predecesor- y debe ser eliminada, considerando al evasor como un parasito y un deshonesto que provoca el aumento general de la presión fiscal. Se debe operar un cambio de la mentalidad, convenciendo a los ciudadanos que pagando las tasas se obtiene a cambio unos servicios.
No se trata de una tarea fácil, ya que recuerda al país que es necesario pasar de los excesos al rigor, de la exuberancia a la austeridad, del vicio a la virtud, de la compraventa de diputados para salvarse del poder judicial a las reformas estructurales de gran calado. Por eso, según diferentes sondeos, los italianos parecen aprobar a Monti pero no tanto su acción. En esta nueva etapa, los italianos se muestran más preocupados por las curvas de la prima de riesgo que de la vedette de turno, de la realidad que de la ficción. Apartado Berlusconi y sus chistes, sus procesos y sus “elegantes veladas”, ahora preocupa el futuro incierto, un porvenir difícil. Sigue resultando paradójico que en un país con 945 parlamentarios, deba hacerse cargo de las reformas un técnico, ajeno –en teoría- a la política, encargado de llevar a cabo “el trabajo sucio” de las reformas. Por eso resulta necesario renovar completamente una clase política ineficaz e inoperativa, incapaz de reformar el país (por miedo al electorado o por mezquindad intelectual), conditio sine qua non para que la llegada de Monti no se quede en un cambio de superficie, de “maquillaje político” y se refleje en un cambio en la sociedad. Si no cambia, esta clase política volverá a tomar las riendas del país a la primera ocasión, quizás ya en las elecciones de 2013.
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