Opinión

Felipe III y la delegación japonesa de Tsunenaga

Hidehito Higashitani | Lunes 05 de marzo de 2012
El Comité Nacional Japonés de la Unesco acaba de hacer pública su propuesta ante el Comité Consultivo Internacional del Programa Memoria del Mundo (Memory of the World Programme) para pedir la inclusión en su lista de registro de los documentos relacionados con la conocida misión diplomática japonesa a Europa de Hasekura del siglo XVII, conservados actualmente en los archivos y museos japoneses y españoles. El listado del registro de este patrimonio histórico documental de la Unesco, lo componen, hasta la fecha, más de 160 titulos de documentos, pinturas y películas, como por ejemplo la partitura de la novena sinfonía de Beethoven, el diario de Ana Frank, el Tratado de Tordesillas, las películas de los Hermanos Lumièr, etc. etc.

La misión diplomática de Hasekura a Europa fue enviada en 1613 por el ‘daimyo’ Date Masamune (Gobernador de la región de Sendai) y llevada a cabo por la iniciativa y la intervención enérgica y directa del sevillano Luis de Sotelo, misionero franciscano en Japón en los comienzos del siglo XVII.

La delegación tenía dos misiones importantes que cumplir: primero, negociar con el gobierno de Felipe III el establecimiento de relaciones comerciales entre el reino japonés de Sendai y España a través de Manila y Nuevo México y en segundo lugar, solicitar a Roma el envío de nuevos misioneros europeos para la propagación del cristianismo en Japón.

Pero la misión diplomática dirigida por Hasekura y Sotelo tenía que regresar a Japón en 1620 con las manos vacías sin ningún resultado positivo después de 7 largos años de viaje en vano. Se había entrevistado con el virrey español en Nuevo México, con el Rey Felipe III en Madrid en 1615 y con el Papa Pablo V sin poder obtener nada de lo que les había propuesto. Y además por las constantes evoluciones marcadas en la política japonesa de la época, ya el Japón del shogunato Tokugawa había tomado un viraje inesperado durante la ausencia de Hasekura y de Sotelo de siete años con las drásticas medidas de la prohibición del cristianismo y el cierre de todos los puertos japoneses, lo que remató fatalmente el fracaso de esta misión diplomática. Hasekura, todo desilusionado, tuvo que vivir en el anonimato para morir dos años después de su regreso a Japón. El viaje de Hasekura y las vicisitudes de su destino están descritos magistralmente por el escritor Shusaku Endo en su novela Samurai (1980), publicada también en español por Edhasa en 1987.


La lista de documentos presentada esta vez incluye cerca de 50 materiales de interés histórico. Entre ellos se destacan sobre todo la acta en pergamino en la que el Senado Romano certifica la concesión del título de Ciudadano Romano a Hasekura, el retrato del Papa y el de Hasekura, aparte de algunos objetos de la liturgia católica y de devoción, traídos de España por la delegación como objetos exóticos de curiosidad.

Actualmente todos estos materiales históricos ya están catalogados como tesoros nacionales y conservados en el Museo Municipal de Sendai. De España también se prevé el ofrecimiento de unos 90 documentos relacionados a la delegación japonesa para poder complementar los ya conservados en Japón. Entre ellos se encuentran muchos documentos de incalculable valor histórico como la carta oficial del gobierno japonés dirigida a Felipe III y la copia de la respuesta del rey español a Date.

Me acuerdo todavía de aquella grata sorpresa, en mi época de estudiante, al encontrar en el Archivo de Indias de Sevilla, entre los vetustos legajos conservados allí, una carta de Tokugawa Ieyasu, el máximo dirigente de Japón de los comienzos del XVII, confiada a la delegación de Sotelo y de Hasekura para entregar a los máximos dirigentes de la política española. La carta está escrita en japonés con una elegancia caligráfica impecable dirigida al valido Duque de Lerma pidiendo su mediación ante el Rey Felipe III para hacerle saber de la buena disposición por parte del gobierno japonés para el establecimiento de relaciones comerciales entre las dos naciones a través de Manila y México. “En cualquier parte de todo el territorio japonés –decía la carta– donde llegase el navío será bien recibido, y no se le dará agravio alguno sino todo favor y regalo. De todas las demás cosas menudas les tratará el padre Luis Sotelo.”

Pero lo que más me impresionó fue la excelente calidad de papel japonés que mantenía su consistencia a perfección y la nitidez de las letras escritas con ‘sumi’ (tinta china) nada deteriorada a pesar del transcurso de tiempos de cerca de cuatrocientos años.
Parece que Felipe III, pese a su apoteósico recibimiento que dispensó a la delegación de los samurais, no se mostró demasiado interesado por la propuesta del gobierno japonés, quizás por las noticias que llegaban a Madrid de los misioneros residentes en Japón del inestable curso que tomaba la política japonesa.

¿Hizo bien el Rey con su valido Duque de Lerma en no hacer caso de la buena disposición de la delegación? Lo tendría que juzgar la Historia, es cierto, pero creo al menos que no se había equivocado en haber sabido evitar los inútiles choques con la rigidez del gobierno japonés que iba derecho por su camino hacia el encerramiento nacional y la prohibición del cristianismo por el temor, sea infundado o no, de que la religión católica se convirtiera en buena aliada de la conquista imperial hispana en las Indias Orientales.

Sería estupendo que la esperada aprobación por parte del Comité Consultivo a favor de este proyecto propuesto por el Comité Japonés de la Unesco pueda servir de buen motivo y aliciente a los jóvenes estudiosos para dedicarse seriamente al estudio y el análisis histórico de las relaciones hispano–japonesas de este apasionante período y para sacarnos de algunas incógnitas todavía no aclaradas del todo.