Víctor Morales Lezcano | Lunes 05 de marzo de 2012
Entre Estados Unidos-Irán-Israel se ha ido tendiendo un cable de alta tensión, más nuclear que eléctrico.
En rigor, las pretensiones nucleares de Irán datan de hace unos diez años, cuando se instaló la planta primigenia de Natanz en aquella república. Desde entonces, el “gran guía” de la república iraní -actualmente el ayatollah Khamenei- negó ab initio que el proceso de enriquecimiento de uranio en Irán persiguiera finalidades belicosas. Es lo que continúa afirmando Khamenei hasta la fecha, aunque argumentando, también, que su país está en el derecho a pretender la fabricación de una fuente de energía tan importante como destructiva, llegado el caso.
Por su parte, los gobiernos de Israel llevan diez años sobre aviso -y superalarma- en torno al tema de la aparatología nuclear a la que aspira un régimen musulmán que le es tan hostil como, en puridad, lo demuestra ser reiteradamente el iraní. El hecho de que Siria y Líbano, vecinos inquietantes de Israel -y viceversa- cuenten como dos alfiles antisionistas amparados por Hezbollah, es cosa que agrava la situación internacional del país hebreo, así como la del Oriente Medio en general -polvorín localizado, pero de temibles repercusiones fuera de su ámbito-.
Finalmente, no hay que hacer ningún despliegue de “memoria histórica” reciente para recordar que Irán ya fue estigmatizado por la administración del presidente G. Bush (II), en cuanto uno de los “ejes del mal” que planea sobre el escenario mundial, como si de una plaga bíblica se tratara.
El advenimiento del partido demócrata al poder en 2009, imprimió, empero, un progresivo cambio de estilo en la política exterior estadounidense. Ello es perceptible tanto en Afganistán como en el mundo árabe. En apoyo de esta óptica se encuentra el discurso del presidente Obama en El Cairo, en junio de 2009.
Fue precisamente en vísperas de la elección de Barack Obama a la presidencia, cuando Benjamín Netanyahu -entonces jefe de la oposición en Israel- profirió esta premonición: “en cuanto llegue a presidente, muchos asuntos cruzarán el despacho oval, pero el más importante será, con mucho, el de detener a Irán en su pretensión de contar con armas nucleares”. Durante los años transcurridos desde entonces, una alarma generalizada ha permeado no sólo los círculos del poder político y de la defensa militar, sino también los cenáculos consagrados a la estrategia de supervivencia israelí en medio de un archipiélago surcado por pabellones enemigos.
A lo largo de la semana que transcurrirá entre el 5 y el 10 de marzo, Obama y Netanyahu volverán a encontrarse para plantear el caso de Irán, país refractario a sufrir los controles de la Agencia Internacional de Energía Atómica, aunque candidato firme a devenir potencia nuclear. Es evidente en este caso que nos hallamos ante dos líderes poco afines, que propondrán dos tácticas diferentes en cuanto respuestas adecuadas al órdago lanzado por Ahmadineyad no hace mucho tiempo: “Ha terminado la época de acobardar a las naciones. Las potencias arrogantes no pueden seguir monopolizando la tecnología nuclear. Aquéllas lo han intentado (con nosotros) mediante sanciones y resoluciones, pero han fracasado”.
Netanyahu es consciente hasta la saciedad del período electoral que ha ido permeando desde hace meses la vida pública de la ciudadanía americana. Ello puede impulsarle a adelantarse a “golpear” el dispositivo nuclear de Irán (como lo hizo, con éxito, en 1981 versus Iraq); o, por el contrario, el mismo factor electoral estadounidense puede aconsejarle esperar a que las urnas esclarezcan, en su cómputo final, si Obama prevalecerá durante el próximo mandato político de Estados Unidos en la sede de la Casa Blanca, buscando entonces el respaldo y la complicidad americanos ante el hecho consumado de un golpe certero y ¿a tiempo? a la república iraní.
El entorno de la Casa Blanca -el secretario de Defensa, el Pentágono y los reductos forjadores de estrategias y opiniones- no parece que converja totalmente en lo que a Irán, candidato nuclear, concierne. El ala política partidaria de una actuación disuasoria de la voluntad iraní de obtener un dispositivo nuclear para actuar bélicamente (si se alcanza una coyuntura conflictiva dada), está muy arraigada en relevantes círculos y personalidades de Washington. Tal es el caso del influyente Dennis B. Ross, ex-asesor de Obama en cuestiones afganas y medio-orientales entre 2009-2011.
A la luz de las consideraciones anteriores bien cruzadas, la pregunta sería: ¿se estará aproximando el cable de alta tensión nuclear al LÍMITE de su capacidad para transmitir controladamente -como hasta ahora- el flujo de energía atómica que transporta? Los tres políticos en la picota se juegan mucho en esta partida. Recordemos de nuevo y finalmente.
Netanyahu, y ello es sabido, tiene a gala actuar en consonancia con la afiliación ideológica de un sionista radical como Jabotinsky. En consecuencia, el Islam chií que se profesa en Irán es por el momento el objetivo de agresión prioritario para Israel -debido precisamente a la carrera nuclear emprendida por un régimen que acaba de dotarse poco limpiamente de la legitimidad parlamentaria-. Tanto Khamenei como Ahmadineyad -no obstante sus diferencias- parecen dispuestos a mantenerse firmes en la defensa de lo que consideran el derecho de Irán a devenir potencia nuclear, “con fines pacíficos”. La cuestión clave, aquí, reside en saber si el aislamiento y boicoteo que sufre el país farsi en dominios como el financiero, mercantil y energético, pueden inclinar la balanza del lado de la estrategia disuasoria a la que es afecta Barack Obama, en vez de hacerle oscilar hacia el golpe de fuerza que propugnan los halcones likudíes.
En lo que concierne a “Mr. President”, no habría que descartar la confluencia favorable de su habilidad, su inteligencia… y la benéfica complicidad del factor azar cuando llegue el momento de la verdad. Porque si áspero y arriesgado, es tratar con Teherán, Obama no puede erradicar de su memoria el reciente comentario de Abraham Foxman (director de la pro-sionista Liga contra la Difamación): “será la democracia israelí la que decida; a los judíos americanos nos toca apoyarla”.