Cultura

[i]Por amor al arte[/i], o por amor al dinero, último golpe de Erik el Belga

Crónica cultural

Martes 06 de marzo de 2012
Erik el Belga se atreve a reivindicar “Su amor al arte” en un libro cuando, aparte de robar, destruía a pedazos tapices, sillerías y cuadros españoles, nuestros tesoros, para sacar más dinero.


En los informativos de las 21:00, de La 1, el lunes por la noche, salió una entrevista con Erik el Belga que dijo, muy seguro de sí mismo, que le gustaría que su próximo robo fuera la Gioconda. Lo tiene difícil ya que, más que robar, lo que hizo este extranjero es destruir nuestro patrimonio más valioso, que estaba, hace unos años, sin ningún sistema de seguridad. Lo encarcelaron, tras tan horribles robos y destrozos, hasta que su abogada, con la que se casó, consiguió sacarlo de la cárcel. Así cualquiera, Erik, incluso un niño hubiera podido coger esas obras que estaban al alcance de la mano, pero un niño, en nuestro país, tiene bastante más decencia y honestidad.

Lo que más me sorprendió en la entrevista fue la ignorancia pasmosa de algunas personas en España que aun pueden hacer publicidad en el telediario de mayor audiencia a un hombre que no solo ha desvalijado nuestro patrimonio español, sino que lo ha destrozado, en trocitos, para venderlo a particulares y museos extranjeros, sin que el arte, aunque ahora insista en lo mucho que lo “ama”, le haya importado un comino. ¿Es que esas personas que hablan de un ladrón histórico no saben que, por ejemplo, destrozó con una sierra la Silla de San Ramón, del siglo IX, que permanecía intacta desde hacía mil años, en la Catedral de Roda de Isábena, provincia de Huesca? Y ello porque la pieza única era invendible y, en cambio, sí que podía comerciar con los fragmentos. Como ese destrozo, centenares, por el amor al dinero, que eso sí que lo ama el señor Erik, en un país como el nuestro que aun hoy es capaz de hacerle publicidad a su libro en el telediario de mayor audiencia. Bravo por nosotros.

Siempre recordaré, a mis veinte años, un domingo en dicho pueblo, declarado Monumento Nacional en 1924 por su catedral románica, pero cuyo tesoro, como muchas otras iglesias españolas, sufrió el expolio por culpa de este señor al que ahora le hacen publicidad. Ese día en misa, uno de los fieles exclamó, de repente, “pero si ese es Erik el Belga”. Había venido en momentos que tuvo de “mea culpa” y de “aunque rompa y destroce, no se equivoquen yo amo el arte”, para ganarse la confianza del pueblo español. Cuando escucharon tal grito los demás asistentes, lo acorralaron. Lo echaron con la mirada, lo llamaron impostor, mentiroso, falso, ya fuera de la iglesia, le tiraron tomates, pero nadie pronunció ni un solo insulto. A mis 20 años, me quedaron bien claras la importancia de la moral y la cobardía de este señor que, además, pensaba que todos, en España, íbamos a tener una memoria corta y que le íbamos a seguir entregando nuestro dinero.

Si hay algo que tengo claro es que yo seré la primera que no le compraré su libro, ni le entregaré mi dinero al impostor.

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