Opinión

Este Estado autonómico huele a cadáver

José Antonio Sentís | Miércoles 07 de marzo de 2012
La hojarasca de las noticias sobre la crisis económica ocultan un cadáver a punto de aparecer: el del Estado Autonómico tal como lo hemos conocido. El gran invento de la transición, compuesto al modo del doctor Frankenstein de un cuerpo con órganos de otros, caminó aparentemente vivo mientras tenía de qué alimentarse, básicamente con la electricidad de las emociones, hasta que el monstruo consumió todos sus recursos.

Por eso, este modelo de Estado está a punto de desaparecer. Y no porque la crisis lo haga inviable, sino porque es su inviabilidad un componente sustancial de la crisis. Porque durante cuatro años hemos permanecido en un debate metafísico sobre el por qué de nuestras desgracias económicas, sobre si nos venían de fuera, o eran por nuestros pecados urbanísticos; o si eran por nuestra falta de competitividad, o por si derivaban del ultraliberalismo o del keynesianismo. Y nos hemos preguntado por qué nos han afectado más a nosotros que a otros, y por qué nos cuestan más paro que a cualquiera.

Todo ello se puede estudiar, en efecto, y abordar con mayor o menor fortuna. Pero un factor fundamental del caso hispano ha quedado para última hora, y ahora se revela fundamental. Tenemos un Estado carísimo y casi imposible de mantener, por supuesto cuando las cosas van mal dadas pero incluso cuando hay bonanza. Sólo que en este último caso, el fenómeno del Estado insostenible se nota menos, porque se paga con deuda, y sólo cuando ésta escasea, porque se abusó reiteradamente de ella, es cuando nos damos cuenta de que hemos tocado fondo. Que es el caso.

Se ha abierto en España, por ello, el debate sustancial sobre el Estado. Primero, en términos populistas, cuando nos escandalizamos por la infinita capacidad de derroche de algunas Comunidades Autónomas. Por casos de corrupción de algunos dirigentes. Por abuso del dinero público en fantasías de poder. Por los treinta y cinco mil móviles de la Junta andaluza o por las encuestas sobre independencia del Gobierno catalán.

Pero esto es sólo un aperitivo del análisis del fenómeno. Por ejemplo, a la vez que criticamos los dispendios de algunos dirigentes autonómicos (como en Andalucía o Valencia), tendríamos que elogiar a otros, como en la muy sensata actuación de la Comunidad de Madrid. Pero éste no es un problema de buenos y malos. Es de sistema, es de modelo.

El problema no es si unos lo hacen bien y otros mal. La cuestión es que el formato autonómico encierra hoy tal condición de discrecionalidad y arbitrariedad que lo hace no fiable. Si se da a unos dirigentes territoriales la capacidad de administrar a su albedrío, la tentación clientelar se puede abrir paso. Y se puede insistir que no en todos los casos, pero no es cuestión aquí de apelar a la honradez de unos y otros, o a su capacidad de gestionar bien o mal los recursos. El asunto de fondo es que un cuerpo troceado en la mesa de autopsias se queda con una salud tirando a frágil. Y que aunque las Autonomías son Estado, primero prefieren ser Autonomías, y serlo cada vez más se ha convertido en el termómetro del éxito.
No es posible que en España se diferencie el tamaño exigido para los esparadrapos entre una región u otra. O las normas de embalaje, las de reciclado. O las compras de medicamentos, o los calendarios de vacunación. O, aún más grave, las disposiciones fiscales, las desgravaciones. O las normas concursales o las societarias. Esto es un cachondeo y, además, es carísimo. O es carísimo porque es un cachondeo.

Ya hay quien se ha dado cuenta. Rajoy no se calla ya cuando habla de duplicidades, pero tampoco cuando anuncia normas sobre el mercado único.

Montoro le echa la bronca a la representante andaluza en el Consejo de Política Fiscal y Financiera por su rebeldía ante el déficit, y amenaza con represalias. El Gobierno empieza a trasladar la idea de que esta fiesta de cantos y bailes populares tiene que ser racionalizada, armonizada. Sí, armonizada, la palabra tabú aplicada a las Autonomías que tanta escandalera montó cuando la LOAPA y que el muchísimas veces malhadado interprete constitucional tumbó hace veinte años por el ataque de soberbia nacionalista que es el que ha tirado del Estado hasta hacerlo inviable.

La clave de cualquier Estado es la eficacia, y ésta se basa en la cohesión, clave a su vez de la adecuada distribución de recursos. Por supuesto que el Estado puede ser eficaz con Comunidades Autónomas, siempre que éstas tengan también conciencia de que son Estado, y no taifas independientes y competitivas con el Estado.

El Estado de las Autonomías es factible, siempre que tenga como pauta de comportamiento su papel de acercar la Administración a los ciudadanos, en coordinación armonizada con la Administración nacional. Pero pierde todo su sentido cuando se traspasa el límite de la gestión y se sumerge en el de la política.

Una cosa es tener diferentes escalas administrativas (nacional, regional y municipal), y otra es intentar la suma de entes políticos dispersos, con capacidad legislativa, institucional, o económica exclusivas. Porque, en el segundo caso, la conclusión es evidente: clientelismo y derroche; ansias de poder independiente e incontrolado.

Todavía hoy no está cerrado el mapa de transferencias. Más aún, según la Constitución, ni siquiera las competencias exclusivas del Estado lo son tanto, porque también pueden ser cedidas. Tenemos Autonomías de varias clases, y la iluminación de la etapa de Zapatero abrió el melón de cambios estatutarios que sólo podían predecir otros nuevos cambios más adelante, como si España pareciera en permanente construcción, cuando, como Nación, está en permanente derribo.

¿Puede valer el Estado Autonómico? Sí, si de una vez se abordan reglas definitivas. Sí, siempre que las Autonomías respeten los principios básicos que la Constitución prescribe como fundamentales para la igualdad de los españoles ante la Ley. Sí, siempre que se garanticen iguales servicios públicos en Educación y Sanidad. Sí, siempre que una capacidad estatal supervise en última instancia los derechos y libertades (sobre la lengua, por ejemplo) o inspeccione los nichos de posible arbitrariedad.

Bajo la hojarasca de la crisis, empezaba este artículo, está emergiendo (entre otras muchas cosas sobre valores, comportamientos, percepciones) el cambio estructural del Estado. Ahora, con un partido estatal también hegemónico en las administraciones regionales, puede ser el momento de recomponer los desajustes del sistema, en lo económico y en lo político. Claro que siempre se puede perder la oportunidad. O no.

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