Opinión

Picasso y las palomas

Pedro González-Trevijano | Jueves 08 de marzo de 2012
No estaría de más, ¡seguramente está pendiente!, la realización de un examen taxidermista de los diferentes animales que recorren la mejor historia de la pintura. Llegaríamos a descubrir, estoy seguro, presencias más que recurrentes de algunos de ellos en las obras de los grandes maestros. ¿Se imaginan un Trivial en el que haya que averiguar la vinculación de los distintos animales que habitan la tierra con un listado pormenorizado de los pintores y artistas que más atención les han prestado? No me dirán que el entretenimiento no tendría su aquél.

Vayamos con algunas de las asociaciones animal-pintor que me vienen a la cabeza. La primera, seguro que a muchos les acontece como a mí, las ovejas. ¿Qué con quién las ligo? Pues miren, no parece difícil: con Giotto. No en vano Giorgio Vasari, su mejor biógrafo, nos relata en su Historia de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos como durante su infancia el que sería emblema del Trecento italiano había trabajado como pastorcillo en los campos de Florencia. Discípulo de Cimabue, con sólo once años de edad, el joven Giotto demostraría su talento, cuando, pastoreando un grupo de ovejas, pasaba el tiempo pintando a una de ellas sobre una piedra plana con una tiza. Acertó a pasar por allí Cimabue, quien, impresionado por la naturalidad y belleza del dibujo, lograba convencer a su padre para que le dejara entrar en su taller como aprendiz. Si non é vero é ben trovato.

También con el gran Diego de Silva y Velázquez habríamos de ser capaces de hallar su taxidermia particular. Que tenerla, la tiene. ¿Cuál sería en el caso del artista sevillano el acompañante doméstico? Aquí el asunto, como casi siempre en Velázquez, no es tan sencillo. Es más complejo y hasta oscuro. No existe una iconografía animal tan novelada y unánime como en Giotto. Aunque si tuviéramos que elegir, la cuestión quedaría posiblemente entre el perro y el caballo. A favor del perro, su presencia en las mismísima Meninas, pero también en otras muchas composiciones del autor: La Túnica de José, El Príncipe Felipe Próspero, Felipe IV, cazador, El príncipe Baltasar Carlos, cazador, así como el Infante don Fernando de Austria, cazador. Pero no faltan tampoco sus poderosos y musculosos caballos en los retratos ecuestres de Felipe III, Felipe IV, la reina Margarita de Austria a caballo y la reina Isabel de Francia a caballo, El príncipe Baltasar Carlos, a caballo, y en el picadero, El retrato ecuestre del Conde duque de Olivares, La rendición de Breda y El caballo blanco.

Y llegamos, como casi siempre en la actualidad, a Picasso. Aquí la pregunta de nuestro Trivial sería una de las más fáciles; o, por seguir el argot del juego, una pregunta chupada. En Picasso no hay duda: la paloma. Está la leyenda del padre del artista, el severo don José, que encomendaba a su hijo que les pintara las patas. Pero luego vendría su consagración iconográfica vinculada a la paz, a petición de Louis Aragon, con el Cartel del Congreso Mundial de la Paz del año 1949. O, tampoco la echemos en el olvido, la posterior serie de Los pichones del Museo de Cataluña. Pero dicho esto, hay un precioso y muy anterior cuadrito, Niña con paloma, ejecutado en París en el año 1911, perteneciente a su época azul, y de tamaño medio (73 x 54 cm.), hoy en la colección de los herederos de Lady Christabel Aberconway -quien fuera amante de Samuel Courthauld, su primer comprador probablemente-. Una obra que sus herederos han resuelto poner en venta a través de la casa Christie´s en Londres. Y para que nada faltara en esta inquebrantable comunión entre el artista y el pájaro, ¡el malagueño ponía el nombre de Paloma a una de sus hijas!

Así que ya saben: están a tiempo de poder hacerse con una obra iconográfica, como pocas, del pintor y de su animal alado. El único problemilla, la cuestión me temo que crematística: no piense en gastar menos de 60/70 millones de euros. Todo sea por las palomas. ¡Eso sí, de Picasso!