RESEÑA
Domingo 11 de marzo de 2012
Daniel Innerarity y Javier Solana (eds.): La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales. Paidós. Barcelona, 2011. 336 páginas. 19,90 €
La idea o visión fue inicialmente propuesta por dos de los sociólogos que ganaron mayor renombre durante la década de 1990: el británico Anthony Giddens y especialmente el alemán Ulrich Beck. A su vez, el planteamiento respondía al afán que se apoderó de un buen número de académicos e intelectuales occidentales tras 1989: había que poner etiquetas y elaborar diagnósticos originales que sirvieran para distinguir el comienzo de una nueva era. Cundía entonces la impresión de que la caída del Muro de Berlín ponía fin al siglo XX, como dijera algún afamado historiador. Los politólogos vaticinaron una época distinta, ya estuviera marcada por tintes optimistas (“Fin de la Historia”) o sombríos (“Choque de civilizaciones”). Los economistas y gurús de management venían hablando ya de una revolución en el comercio, los negocios y las empresas. Y los filósofos daban vueltas a la idea de una condición posmoderna que venía a demoler los principios y esperanzas nacidas con la modernidad ilustrada. Pero los sociólogos tampoco se quedaban atrás proponiendo categorías, como la de “globalización” (popularizada al alimón con economistas y periodistas), sociedad del conocimiento o “era de la información” (expresión planteada y explicada con brillantez por el profesor español Manuel Castells en una conocida trilogía), “modernidad tardía” (Giddens) o “líquida” (Zygmunt Bauman), sin olvidar el concepto de “sociedad del riesgo”, precisamente el enfoque que sirve de base al volumen que vamos a comentar.
En efecto, en cada una de las páginas del texto coordinado por el filósofo Daniel Innerarity y el político Javier Solana subyace la idea de que la evolución de la modernidad ha acabado configurando una sociedad mundial abocada a riesgos de dimensión global que podrían poner en juego la supervivencia de la misma humanidad. Por consiguiente, lo que ofrecen los diversos autores que colaboran en La humanidad amenazada es una profundización en la teoría de la “sociedad del riesgo (global)”.
Sintéticamente expresado con términos de su propio autor, la tesis de la sociedad del riesgo (global) advierte cómo “en el curso de las fuerzas productivas que crecen exponencialmente en el proceso de la modernización, se han desatado peligros y potenciales amenazas hasta un punto hasta ahora desconocido”. Se sostiene, en suma, que desde hace años vivimos en sociedades confrontadas a un tipo muy específico de riesgos cuyas características distintivas serían su carácter autogenerado (es decir, generado a partir de la acción humana y sus efectos no deseados), su potencial desenlace catastrófico, su posible alcance planetario y, lo que quizá resulte más inquietante, una fenomenología científicamente incalculable (en términos de probabilidad). En la formulación teórica inicialmente concebida por Beck el referente inspirador era el de los riesgos asociados a determinadas tecnologías como la energía nuclear o la ingeniería genética, junto a las amenazas medioambientales (calentamiento global, capa de ozono) o problemas de salud como los desprendidos de pandemias globales. El libro demuestra que estos focos de peligro siguen constituyendo el paradigma de la teoría de la sociedad del riesgo global. Empero, ello no impide que sus defensores hayan incorporado a la lista algunos problemas de más reciente consideración: en particular, el terrorismo asistido con armas de destrucción masiva y la actual crisis económica y financiera u otras por venir.
Debe apuntarse, no obstante, que La humanidad amenazada es un libro eminentemente teórico en el que la descripción de las amenazas enunciadas ocupa muchos menos párrafos (en realidad solo unos pocos), en comparación con el espacio dedicado a afinar y adensar la matriz conceptual de la teoría subyacente y reflexionar sobre las complicaciones morales y las soluciones políticas e institucionales derivadas de la necesidad de gestionar los riesgos globales. Conviene señalar que, además de incurrir en no pocas reiteraciones, no se aporta ninguna conclusión excesivamente original ni resolutiva. Nos quedamos, en todo caso, con una advertencia planteada en las páginas finales, escritas con la vista vuelta sobre Europa: “No hay liderazgo, no hay pensamiento a largo plazo; otros están en ello. Si no lo hacemos nosotros, perderemos”. Que el autor de estas palabras sea un político tan experimentado como Javier Solana y que él mismo incluya en su reflexión respectivas prevenciones contra “el cortoplacismo, el electoralismo y la demagogia” da bastante que pensar.
Por Luis de la Corte Ibáñez