Martes 13 de marzo de 2012
El enviado especial de la ONU y la Liga Arabe para Siria, Kofi Annan, ha regresado con las manos vacías. Era de esperar, por cuanto ha fracasado donde antes ya lo hicieron los países árabes, Turquía, la Unión Europea y Naciones Unidas. Mal tienen que estar las cosas como para que alguien que siempre se ha expresado de un modo sereno y prudente alerte ahora sobre “informaciones graves y terribles de atrocidades y abusos”. Kofi Annan ha reclamado igualmente que cese de forma inmediata “la muerte de civiles”, algo que el gobierno sirio achaca a “elementos terroristas”.
Dicha excusa no se sostiene pues, de ser así, el país entero estaría tomado por terroristas. Claro que la represión hacia la población civil llevada a cabo por Bashir al Assad bien puede ser calificada de terrorista, a tenor de los miles de fallecidos de forma violenta y las imágenes enviadas desde ciudades como Homs, que hablan por sí mismas. Parece haberse llegado a un punto de no retorno, donde el heroísmo de la resistencia siria contrasta con la impotencia de la comunidad internacional a la hora de parar una conflicto que se ha cobrado ya la vida de miles de personas inocentes.
Son comprensibles las reticencias occidentales a la hora de una intervención militar en la zona tan compleja a nivel operativo como político, a lo que hay que añadir la irrupción de grupos afines a Al Qaeda infiltrados entre la resistencia. Dichas reticencias tienen que ver también con el hecho de evitar más fricciones con Rusia y China, verdaderos soportes del régimen de Al Assad y únicos capaces de detenerlo. Su actitud ante la muerte de inocentes en Siria les convierte, como mínimo, en cooperadores necesarios de semejante atrocidad.