Miércoles 14 de marzo de 2012
El asesinato de 16 civiles -entre ellos 5 niños- a manos de un soldado norteamericano en Kandahar ha encrespado los ánimos de una población afgana cada vez más reticente hacia las tropas de la coalición internacional. Nunca hasta la fecha se había producido un hecho de estas características, aunque sí ha habido ya demasiadas víctimas inocentes por culpa del llamado “fuego amigo”. Todo lo cual hace que se vea como comprensible la ira de los afganos hacia quienes presuntamente están en su país para traer la paz y la seguridad cuando, hasta la fecha, no parece haber nada de eso.
Dicho lo cual, hay que decir que la matanza de Kandahar parece haber sido perpetrada por una persona con problemas mentales. Si esto es así, estamos ante una desgracia que podía haber sucedido en cualquier parte -aunque, por otro lado, habría que preguntarse quién había declarado apto para el servicio a alguien con sus condiciones psíquicas perturbadas. Así las cosas, este hecho no dejaría de ser una tragedia con un claro componente accidental. Ocurre que ha habido ya demasiados “accidentes” como para que los afganos vean a la coalición internacional como aliados, más que como un enemigo de la misma ralea que los talibanes. Unos talibanes a los que acontecimientos así -junto con la quema de ejemplares del Corán o las fotos de soldados norteamericanos vejando a cadáveres de insurgentes- les benefician sobremanera. Obama se apresuró a telefonear a Karzai para mostrarle sus condolencias, pero debe hacer algo más que una simple llamada. Se impone depurar responsabilidades. Caso contrario, podría echarse por tierra todo el enorme esfuerzo humano y económico hecho en Afganistán durante la última década.
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