Luis María ANSON | Lunes 19 de marzo de 2012
Juan Carlos I ha hecho bien en presidir el bicentenario de la Constitución de 1812, un hito en la lucha por la libertad no solo en España sino en el mundo entero. Se han publicado ya muchos centenares de artículos sobre la celebración. En muy pocos se aborda lo que de verdad importa ahora: la reforma de la Constitución de 1978. Desde hace 10 años vengo propugnando la necesidad de esa reforma constitucional. Si no se hace a tiempo, asistiremos a la fractura de un régimen que está ya agotado. El primer artículo que escribí en este periódico digital, en su número uno, se titulaba Reforma constitucional y decía así:
“Ortega y Gasset, en el debate parlamentario que mantuvo con Manuel Azaña, le advirtió de la voracidad insaciable de los partidos nacionalistas. Nada nuevo bajo el sol. Si no se cierra definitivamente el Estado de las Autonomías, la fractura de la unidad de España se hará inevitable. Los nuevos Estatutos, sobre todo en determinadas regiones, no son más que peldaños en la escalera de las independencias. No se trata de especulaciones periodísticas. Los protagonistas de las reformas estatutarias, desde el centro derecha de Mas al radicalismo de Carod, lo han proclamado de forma explícita.
Sólo existe una vía razonable para cerrar el Estado de las Autonomías: la reforma de la Constitución de 1978. El consenso de los dos grandes partidos de centro derecha y centro izquierda, más del 80% de la vida nacional, establecería el punto final de las transferencias y la recuperación para el Gobierno de la nación de algún sector como la educación, clave para la cohesión general. La reforma constitucional supone la consulta popular, el referéndum en el que todos los españoles manifestarían su voluntad de cerrar el Estado de las Autonomías, clausurando la posibilidad de nuevas concesiones y transferencias”.
Hasta aquí, en fin, lo que escribí en el primer número de El Imparcial.
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