David Felipe Arranz | Martes 20 de marzo de 2012
Entregado de lleno a la literatura, Francisco Umbral expresó en más de una ocasión que, en realidad, lejos de lo que pudiera parecer a simple vista o de lo que se deja traslucir en su obra, él no había vivido con plenitud. Umbral, asiduo lector de poesía, creía que era precisamente la actitud que había adoptado la que había ejercido de máscara de esa intensidad vital que, en realidad, siempre le había quedado por vivir. La poesía brota en Umbral de esa angustiada experiencia de la consagración literaria, de la laboriosa búsqueda de la palabra precisa y sus olores distintos, y de la muerte de su hijo. La vida para él fue esa solitaria celda de la literatura, en el sentido que le da O’Neill, que se cierra con muros a manera de espejos; en el caso de Umbral, esos espejos constituyen su compromiso con la literatura.
La poesía de Umbral bebe de algunos de los otros géneros que el escritor frecuenta: el columnismo y la crónica subyacen en el hálito de muchos de sus poemas. En un poema, por ejemplo, prima –como en el periódico– el comentario social, la crónica poética del vestuario de la mujer del presidente Aznar, Ana Botella, que se abre con un elevado tono metafórico sobre el color del atuendo femenino “memoria de un crepúsculo”, “visita de un poeta”, “aquello que se olvida”, “lenta fiebre”, “rubor dulce”… concluye con el elogio ambiguo de quien lleva el vestido: “lo malva es un perfume que se ve, / el rastro de una bella, / o ya su ausencia”, fino apunte sobre el paso del tiempo que Umbral traza sobre el personaje retratado. Lo aparentemente frívolo esconde una reflexión amarga y quevediana sobre la fugacidad de la vida.
La forma escogida por Umbral abarca desde el verso impar al alejandrino, pasando por el heptasílabo, que va construyendo y dando materia a una tristeza cotidiana que proviene de la oxidación lenta de los cuerpos, del destrozo del amor, del peso de los días y de un crepúsculo de fuego que se consume a sí mismo en hogueras de remordimientos, tan sólo atenuados por el recuerdo de la infancia. El sexo y la noche conforman un binomio por el que el poeta se explica el mundo y sus lodos, en el que incluso el odio embellece una autobiografía que el autor no duda en calificar de “venenosa”. Su producción poética, que abarca Crímenes y baladas (1981) y Obra poética (2009) –que a su vez contiene al primero–, resulta indispensable para completar una visión de conjunto de su prosa.
Francisco Umbral, antes que nada, fue un hombre solo “en el laberinto duro del pensamiento”, levantado contra sí mismo, muy a su pesar, que sublimó la conciencia de una existencia “real” extraordinariamente prosaica, elevándola a una altura lírica que pide una urgente revisión. Gracias al esfuerzo de la Fundación Francisco Umbral, que preside María España, viuda del autor y depositaria de la memoria humana y testimonial del gran escritor, y dirige con paso firme Leticia Espinosa de los Monteros, sabemos cada día más arcanos del complejo autor de La noche que llegué al Café Gijón. Saben que el patrimonio que conforma la obra de Umbral, la literaria y la periodística, ha de ser preservado y estudiado; que esa labor conlleva a la vez el fomento de la cultura literaria y el periodismo en todo el mundo de habla hispana –que falta les hace a las dos con la guerra a muerte que hay abierta contra estas dos dedicaciones románticas–; y que divulgar el estilo umbraliano es igual que hacerlo del fomento de las letras y de nuestro rico idioma.
María España, con ese verbo cercano y sencillo de quien ha bregado durante décadas con el titán, ya lo dijo durante la presentación de la Fundación en Valladolid: “Paco hubiera estado orgulloso de su Fundación y del esfuerzo que hemos hecho, él hubiera sido feliz hoy aquí”. Es importante que después de muchos años y muchas vidas volvamos a pisar el Mediterráneo de Umbral como si fuera la primera vez, saboreando cada una de sus palabras, su agua y su sal, sus mieles y, por qué no, también su acíbar, el que nos hace contemplar el mundo tan distinto y distante a través de sus lentes, las que un buen día les tomó prestadas a Quevedo y a Valle-Inclán.