Antonio Hualde | Miércoles 21 de marzo de 2012
Este pasado fin de semana moría en Alemania John Demjanjuk, a los 91 años de edad. Sobre el papel, nada de particular en la muerte de un anciano con nombre impronunciable, salvo porque dicho nombre escondía un seudónimo tristemente conocido por muchos durante la Segunda Guerra Mundial: Iván el Terrible. Iván Mikoláiovich Demianiuk -así se llamaba en realidad- nació en Ucrania, aunque cuando tuvo ocasión renunció a su nacionalidad, pasando así a convertirse en apátrida. Y en un monstruo. Sería en 1943, durante su etapa como guardia de seguridad en el campo de concentración de Sobibor -Polonia- cuando se ganó a pulso su reputación. Se le acusaba de haber participado en la muerte de 29.000 prisioneros, nada menos. Sus abogados consiguieron sembrar la duda sobre su verdadera identidad, aunque él mismo reconoció que estuvo destinado hasta en 3 campos de exterminio diferentes, lo que da idea de lo “apto” de debía ser para semejante “servicio”.
Iván el Terrible fue de los pocos que el gran Simon Wiesenthal no pudo poner a disposición de la justicia, aunque hubo alguno más. Aribert Heim era el médico del campo de Mauthausen. Los apelativos de “doctor Muerte” y “el Banderillero” -éste último puesto por los presos republicanos españoles- revelan la fama que tenía. Sus experimentos alcanzan el mismo nivel de aberración que los de su colega Josef Mengele en Auschwitz, y no se sabe a ciencia cierta el número de personas que mató con sus propias manos -y del modo más horrible-; muchas, en todo caso. Aún así, fue puesto en libertad al poco de ser detenido tras acabar la guerra, e incluso llegó a abrir una clínica en Viena, de donde huyó en 1962. España, Uruguay, Argentina o Egipto son algunos de los lugares donde se le vio, aunque nunca se le pudo encontrar.
Es un caso parecido al de Alois Brunner, mano derecha de Adolf Eichmann, el artífice de la “solución final” por la que más de seis millones de judíos fueron asesinados. Eichmann, en cambio, sí fue capturado por el Mossad en Argentina y llevado por la fuerza a Israel, donde fue ejecutado. Pero Brunner no. Logró huir y establecerse en Siria, donde en 1985 concedió una entrevista en la que afirmaba no sentía remordimiento alguno sólo había exterminado “basura”, lamentando no haber podido deportar más judíos. Dos años más tarde, esta vez en una entrevista telefónica al Chicago Sun Times, se reafirmó en que “los judíos merecían morir. No me arrepiento de nada, si tuviera la oportunidad lo haría otra vez".
Después de la Segunda Guerra Mundial se detuvo a más de 1.100 criminales de guerra nazis gracias a la labor de Simon Wiesenthal. El testimonio de sus atrocidades aún hoy sobrecoge y, lo que es peor, parece inspirar todavía a dementes que asesinan en nombre de su legado. Otros, en cambio, como el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, niegan que fuera para tanto. No es posible saber a ciencia cierta si con Iván el Terrible se va el último de los criminales de guerra nazis; en cualquier caso, ojalá no vuelva a haber nunca nadie de su calaña.
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